“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”

J.L. Borges

Mi abuela Mercedes murió de madrugada. Sin fuerzas para seguir luchando contra el diablo que la acechaba para robarle el alma. Eso es, al menos, lo que ella decía en medio de ese trance de agonía y oración que la acompañó mientras la vida se le escapaba.

No obstante la distancia, aún recuerdo su entereza como maestra de ceremonias de su propia muerte.

Desde la tarde, de la que sería una larga y decisiva batalla, mi abuela le había ordenado a José, el mayor de mis primos, que había tenido sus aventuras como marinero, y vivía continuamente prisionero del pulque y el alcohol, colocarse en la esquina de una habitación impregnada de desesperanza y miasmas .

Entre rezo y rezo, mi abuela le ordenaba con la mirada tañer, una y otra vez, una pequeña campana de plata que guardaba celosamente entre sus pertenencias.

Ella decía que, el repicar de esa campanilla, mantenía a raya al diablo y a los malos espíritus que la rondaban.

Después de varias horas de rezos, y del espasmódico tintineo de la campanilla, que mi primo agitó con diligencia y precisión inusitada, mi abuela lanzó su último estertor. Su lucha contra la muerte, sin lágrimas de por medio y sin desgarres de terror, me dejó impresionado.

Desde entonces, nunca he visto a nadie superar con tanta valentía y dignidad su tránsito hacia el más allá. Nunca he vuelto a contemplar semejante muestra de auto control para dejar esta vida e incorporarse con tanta serenidad a ese mundo que promete el cielo y el infierno.

Mi abuelo Concepcion, que adoraba a mi abuela, había contemplado a la distancia su agónica lucha contra lo inevitable. Incapaz de ocultar su dolor, se había mantenido alejado de la mirada de su esposa para que ésta no lo viera gimotear. Sabía que ella, que lo amaba con esa serenidad y entrega que sólo concede lo que se sabe eterno, no le perdonaría una sola muestra de debilidad en un momento tan crucial.

A mi abuela no le gustaban los hombres débiles. Decía que eran presa fácil de la concupiscencia y la adversidad.

Tras los últimos estertores, al final mi abuelo pudo acercarse a su lecho para llorar desconsolado a su lado. La separación de su amada, a la que trataba con ternura y devoción, le rompió el alma. Ella, la hija de un rico hacendado, le había sido leal y fiel a pesar de su origen humilde como campesino, y luego, como caporal de la hacienda donde los dos se conocieron y se jurarían amor eterno.

Casi 30 años después de este triste episodio, y con más de 106 años de edad, mi abuelo siguió a su amada esposa, en medio de un sueño del que jamás despertó:

“Murió como un bendito”, según me contaron mis primos que lo acompañaron en sus últimos días.

La muerte de mi abuela Mercedes coincidió con una etapa difícil en mi vida. Obligado a abandonar mi casa, tras una pelea con mi padre por defender a mi madre, me vi en la necesidad de pedirle refugio. Mi padre y yo, ya no podíamos seguir viviendo bajo el mismo techo.

Aún recuerdo su cara de sorpresa cuando me vio llegar pasada la medianoche y me recibió con un gran abrazo y sin pedirme ninguna explicación.

Durante mucho tiempo he tenido la tentación de pensar que ese episodio de desventura personal estaba escrito en los cielos para permitirme compartir los últimos días de mi abuela Mercedes, una mujer de carácter fuerte y con un don especial para transmitir a quienes la rodeaban la fuerza que se necesita para nunca claudicar.

Un ser de enorme fortaleza, a la que nunca escuché quejarse o llorar en público. Que consiguió superar los duros años de la Revolución en México. Que logró sobrevivir a éxodos y mudanzas que se antojaban eternos. Y, al final, lograr la formación de una extensa familia en la Ciudad de México, de la que fue su indiscutible matriarca.

La muerte de mi abuela se convirtió, con el paso de los años, en una de las mejores lecciones de vida. En un gesto que quedó grabado en mi memoria de adolescente para pasar a formar parte de mi experiencia y, sospecho, de mi carácter.

Con el tiempo, en uno de esos encuentros mágicos que siempre te ofrece la literatura, un día me topé con la frase de DH Lawrence en su obra “El Amante de Lady Chatterly”:

“Tenemos que vivir, por muchos cielos que se hayan derrumbado sobre nosotros”.

Nadie había definido mejor, hasta ese momento, el carácter de mi abuela, y por extensión de mi madre, que heredó la fuerza de mi abuela.

Mario Vargas Llosa escribió alguna vez que, la cultura, es un estilo de vida. Que la cultura es algo anterior al conocimiento y “una propensión del espíritu”. Tiene razón. No es el cúmulo de libros y tratados que hayas leído a lo largo de tu vida lo que te forma y enriquece como ser humano.

Al final, son las experiencias y las lecciones de vida que, para bien o para mal, has mamado de tus padres o de tus abuelos. Esa es la argamasa que te permite incorporar el conocimiento y las experiencias adquiridos para enriquecer tu estilo de vida y dar sentido a tu cultura que, ciertamente, condimenta el estudio y la lectura.

Realizarte, en suma, como ser humano y en los términos que tus ancestros te siguen dictando desde el más allá.

Con el tiempo, este bagaje te permite convertirte en mentor de nuevos seres; en artífice de espíritus con valores e inteligencia, seguramente más complejos, con más colorido y riqueza que los tuyos. Pero siempre con esos ingredientes originales de decencia, de ética, de carácter y entereza espiritual que heredaste de tus antepasados.

Por eso, cuando llega el día de muertos procuro rendir homenaje a mis ancestros. Evocar sus lecciones de vida. Recordar lo bueno y lo malo. Sus momentos de grandeza y, porqué no, también de miseria.

Reencontrarme con su memoria y, a través de ella, con mis raíces.

Platicar con todos ellos con un tequila o varios de por medio. Agradecer lo mucho o poco que hicieron por mí ante una modesta ofrenda de muertos que cada año les dedico con su comida y bebida preferidas. Invocando lo mismo a mi abuela Mercedes que a mi madre María de Jesús. Lo mismo a mi padre Jaime, al que despedí con una pesada carga de rencor cuando me entere de su muerte. Un rencor que, por fortuna, el tiempo se encargó de disipar entre sueños en los que mi padre siempre regresaba para pedirme perdón.

Un perdón que hoy se antoja innecesario ante esa eternidad que nos une a todos nosotros cuando la muerte termina por hermanarnos.

O, como habría dicho Francisco de Quevedo: “Uno a uno, todos somos mortales; juntos, somos eternos.”

Google News

Noticias según tus intereses

[Publicidad]