Hace poco tuve la oportunidad de visitar de nuevo Tianjin. Para quienes vivimos en Beijing resulta una muy conveniente escapada de fin de semana, pues gracias al tren de alta velocidad, en media hora recorremos los casi 114 kilómetros entre las dos ciudades, y estamos frente a una estampa urbana totalmente diferente a la que nos ofrece la capital china, Tianjin se ve... europea.
Me resulta un poco incómodo decir que la belleza le viene a Tianjin de esas construcciones europeas que se extienden por varios kilómetros a la redonda a ambos lados del río Hai, que atraviesa la ciudad de este a oeste.
Supongamos que tengo un negocio grande y próspero, y un empresario, ni siquiera vecino, que también tiene su negocio pujante con mercancías diferentes de las mías, se entera de mi éxito, y me obliga, mediante malas prácticas a comerciar con él. Y no solo eso, viene a mi negocio, se instala en mi casa, y para colmo otros empresarios hacen lo mismo.
Algo parecido le pasó a China a finales del siglo 19,cuando el entonces imperio de Inglaterra obligó, mediante el tráfico de opio, a China abrirse al comercio internacional. No todo fue malo para China, gracias a ello pudo conocer y aprovechar algunas de las tecnologías más importantes de occidente.
Después de la Segunda Guerra del Opio, en 1860, británicos y franceses se establecieron en Tianjin y comenzaron a hacer buenos negocios, y a Japón, Alemania, Rusia, Austria-Hungría, Italia y Bélgica se les antojó una rebanada del pastel, y ¿por qué no? también se apostaron en Tianjin, en sus concesiones.
Ni duda cabe de que el establecimiento de estas nueve concesiones extranjeras contribuyó tremendamente al desarrollo de la ciudad. Y cada una contribuyó a la estampa de la ciudad con sus propias construcciones, pues cada una contaba no sólo con sus propios complejos habitacionales, sino también con edificios administrativos, escuelas, cárceles e iglesias.
En 1947 se le regresó a China la última concesión. Hemos tenido tiempo de sobra para ver que los beneficios económicos del desarrollo que impulsaron dichas concesiones beneficiaron tremendamente a China, hoy la segunda economía más grande del mundo. Pero me parece que aún queda un asunto pendiente para Tianjin, el de su belleza.
Los visitantes, chinos y extranjeros, llegan y se maravillan con los magnificos edificios de estilo europeo que otrora albergaran bancos, hoteles o las casas de cónsules. De los chinos, puedo entender que se maravillen al ver estos edificios, pues muchos de ellos quizá no hayan tenido la oportunidad de ir a Europa, y esta ciudad es 100 por ciento europea, con río en medio y todo. Pero camino por la que fuera la concesión británica con un amigo inglés, y se siente feliz y maravillado, porque le recuerda Londres, pero sin lo caótico.
¿De verdad? ¿los extranjeros venimos a China a admirar las construcciones que NADA tienen que ver con la cultura china? eso me parece un poco descarado y triste. Y además me crea sentimientos encontrados, porque no quiero decir que no me guste Tianjin, al contrario, me fascina, voy cada que puedo, es una ciudad hermosa.
Algunos de estos edificios de finales de siglo 19 han caído totalmente en el descuido, otros brillan con el esplandor original de su época, mientras que la mayoría se encuentra en reparación, como la Iglesia de Saint Louis, que data de 1872, y a la que ni siquiera pudimos pasar, pero nos percatamos que osteta nuevos y coloridos vitrales. Tal vez pronto vuelva a abrir sus puertas, aunque el catolicismo no es lo fuerte en China.
Todos los edificios de las concesiones ostetan una plaquita que indica el grado de protección bajo el que se encuentran, que va de muy alta a normal. Uno de los pocos que se conserva en buenas condicioes y además en uso, es, curiosamente otra iglesia francesa, que en chino se llama Xikai, y es muy concurrida porque en ella desemboca la calle peatonal comercial más grande de Tianjin, Binjiang Dao (me recuerda la peatonal Florida de Buenos Aires, o Stari Arbat de Rusia, o nuestra ilustre Francisco I. Madero).
Hoy, diversos y modernos puentes cruzan sobre el río Hai, (en cuyas aguas heladas se baña un grupo de ancianos entusiastas, fanáticos de las prácticas extremas para mantener la buena salud), pero a princpios de siglo 20, específicamente en 1927, la novedad era el Puente Internacional, pues se trata de una estructura de acero diseñada para abrirse y permitir el paso de barcos grandes. Y fue diseñado por Gustave Eiffel. Aún sigue abierto a la circulación de autos y peatones, y se ha convertido en un emblema de la ciudad, pero la gente lo conoce por su nombre en Chino, el Puente Jiefang.
De hecho, la estampa de este puente es con lo primero que se encuentra el viajero al salir de la estación de trenes. Esto y el enorme Reloj Centenario que mide 40 metros de alto, ostenta visibles figuras del sol y la luna y está adornado con los símbolos del zodiaco chino.
Y al parecer, mi amigo inglés no fue el único que se sintió en Londres al visitar Tianjin, pues las autoridades abrieron en 2008 el Tianjin Eye, una enorme rueda de la fortuna, al más puro estilo del London Eye, que mide 120 metros de altura, se extiende por encima del puente Yongle.
Pero si bien todos los edificios gritan "¡Europa!", los vendedores callejeros que ofrecen a grito pelado sus frutas caramelizadas "tang hu lu", el aroma del camote cocido al carbón, los pastelillos de harina de arroz servidos sobre una oblea, y las decenas de personas que practican taichi a orillas del río Hai, no dejan lugar a dudas de que estamos en China. Al final del día, creo que se puede disfrutar de ambas cosas, China y Europa, por un solo boleto.