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La fiesta del Bote de Dragón
China fue por muchos años una sociedad completamente rural (y buena parte del país lo sigue siendo), de ahí que algunas de sus principales festividades estén asociadas con fenómenos naturales que rigen los ciclos de la agricultura.
A pesar de aquel crimen de lesa humanidad llamado Revolución Cultural que pretendió aniquilar la voluntad humana de los chinos, algunas fiestas tradicionales sobreviven en China, porque los “usos y costumbres” son muy fuertes y están tremendamente arraigados en la gente, los llevan en el ADN.
Una de las festividades más grandes acaba de pasar, fue el 20 de junio, y se llama el Festival de Duan Wu, también conocido como Fiesta del Bote de Dragón. La razón es celebrar el solsticio de verano. Durante este día se celebran carreras en botes que están decorados con la cabeza de un dragón y se comen una especia de “corundas” chinas llamadas zongzi.
En Beijing hay muchos canales y lagos harto espaciosos como para hacer estas regatas, pero este año no hubo ninguna, la más cercana se llevó a cabo en el condado de Yanqing, a 82 kilómetros de Beijing. A pesar de haber pasado ya tres de estas fiestas en China, nunca había visto una carrera de botes de dragón, así que este año decidí ir a Yanqing junto con mi amiga inglesa Jayne.
Lo primero fue averiguar cómo llegar. Hay autobuses de larga distancia que hacen tres horas de camino. No sonaba como una buena opción. Después, una amiga me dijo que también había un tren que va de Beijing a Yanqing, y decidí averiguar más.
Resulta que es un tren “viejito”, a comparación de los ultra-modernos trenes bala que salen con rumbo a grandes ciudades como Shanghai o Tianjin. Pero Yanqing es un condado más bien rural, así que no vale la pena usar tremendo tren para tan modesto destino. Los trenes salen de la estación del norte, afuera del metro Xizhimen. Esta estación de trenes es más bien emblemática, porque es la más antigua de Beijing y nunca tiene las hordas de gente que inundan las otras tres estaciones (sur, oeste y este).
El boleto cuesta... bueno, en realidad no supe cuánto cuesta, porque traté de comprarlo con anticipación pero me fue imposible, porque la mecánica para abordar este tren es de la manera siguiente: hay que llegar bien tempranito a la estación (yo pensé que con una hora de anticipación era suficiente, pero la realidad me mostró que para nada), luego hay que “formarse en bola” en un espacio determinado para ello, a esperar a entrar a la estación. Esta “fila-bola” es única de los chinos: el espacio para esperar es largo y no precisamente angosto, así que en vez de hacer una línea, hacen como “bolitas” de gente, de amigos, de familiares que viajan juntos, y así vamos avanzando.
Al entrar a la estación, hay que usar la tarjeta de transporte urbano, con la que se paga el metro y los autobuses, para pagar el viaje, y como Yanqing es el único destino, no hay problema, siempre se cobra lo mismo. Pero pasamos todos en bola y tan rápido, que ni me fijé cuánto me descontó la máquina en mi tarjeta.
Luego viene otra segunda espera, en esta peculiar “fila-bola”, hasta que por fin abren las puertas para pasar al anden, y entonces comienza lo más folclórico del viaje: ¡a correr! Por eso no se forman los chinos, porque no sirve de nada, una vez en la plataforma, hay que correr para tratar de ser de los primeros en entrar a alguno de los vagones y alcanzar asiento.
Como dice el dicho: a la tierra que fueres, haz lo que vieres, y así hicimos mi amiga y yo, corrimos a toda velocidad, y las dos alcanzamos asiento, aunque no juntas, pero bueno, lo importante era no hacer el viaje de hora y media de pie, como hicieron muchos, o sentadas en el suelo, como hicieron otros tantos.
Afortunadamente nos tocó un día esplendoroso, despejado, soleado, con cielo azul (los días con cielo azul son muy valorados en Beijing, porque son muy escasos) así que me dediqué a ver por la ventana y disfrutar el viaje.
A pesar de no ser modernos, los trenes son bastante cómodos, para los que vamos sentados, y eficientes. Llegamos a tiempo a la estación, y con mi magro chino tomamos un taxi y nos trasladamos hasta el parque donde serían las consabidas carreras en bote de dragón.
Cuando llegamos alcanzamos a ver lo último de la que después nos dijeron era la última carrera. Al parecer, tanto correr y madrugar habían sido en vano. Pero ya estábamos en Yanqing, hacía un día estupendo y el ambiente festivo se sentía por doquier, así que lejos de enojarnos, decidimos disfrutar del parque, de las vistas y de la comida.
Y hablando de comida, quisiera ahondar un poco en los zongzi, el platillo estrella de esta fiesta. Son una especie de corundas, porque van envueltas en hojas que parecen ser de plátano, y tiene forma piramidal, pero no son de maíz, como mis bien amadas corundas, sino de arroz glutinoso. La verdad es que no me gustan nada, ni dulces ni salados, porque no soy fan de la consistencia pegajosa de este tipo de arroz. Por ello, a pesar de que había zongzi por montones, Jayne y yo nos decantamos por sendos platos de jiaozi, también conocidos como ravioles chinos, rellenos de vegetales, con salsa de soya, picante, ajo y condimientos, que nos supieron a pura gloria.
Luego de tan delicioso almuerzo, tomamos un transporte muy peculiar: un triciclo motorizado, como los llamados tuk-tuk que abundan en Tailandia, y llegamos hasta un parque con lago y pagoda que parecía arrancado de una postal china. Ahí decidimos descansar a la sombra y disfrutar de la vista, cuando escuchamos a lo lejos el crepitar de tambores, lo que sin duda indicaba que las carreras en bote se habían reanudado. ¡Pero si nos habían dicho que no habría más! en fin, esto sólo nos comprobó que los chinos, aunque no sepan, se hacen los que saben y te contestan, aunque no estén seguros.
Como no queríamos quedarnos con las ganas de ver las famosas regatas, corrimos de regreso, tomamos otro tuk-tuk, este mucho más rudimentario, y en el que íbamos totalmente expuestas a la intemperie, y en dos minutos estábamos de nuevo frente al lago por donde avanzaban los botes, mientras los tambores marcaban el ritmo y los participantes le daban a los remos con todo. La gente los animaba a todo lo largo de la orilla, era una carrera entre los equipos representantes de dos universidades de Beijing. Había muchos jóvenes, y Jayne y yo ya no éramos las únicas extranjeras.
Alcanzamos a ver lo último de la carrera... y esta vez sí era la última. Pero después comenzó un espectáculo de danzas hermosas, que disfrutamos con tremendo rayo del sol sobre nuestras cabezas. A las 5 de la tarde salía el tren de regreso a Beijing. Llegamos a la estación con media hora de anticipación, pues ya sabíamos que para alcanzar asiento en este tren: “no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar.”
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