Hace unos días, Peter Bradshaw, crítico de The Guardian, escribió con emoción sobre la nueva película de Star Wars, El despertar de la fuerza (The Force Awakens, 2015). “Hay muy pocas películas que me dejan facialmente exhausto después de sonreír por 135 minutos pero esta es una de ellas”. En ese momento quise dejar de leerlo. Su reacción como espectador no debería ser relevante en su crítica. Bradshaw no debería compartirnos una crónica de sus sentimientos sino enseñarnos a mirar el cine. ¿Soy un amargado? No, soy un crítico. Al contrario de lo que los espectadores imaginan, el crítico no es un cineasta frustrado. La Nouvelle Vague nos mostró que el crítico es, en todo caso, un cineasta en construcción. Tampoco es el crítico un mutante parido por el miedo y la furia, dueño o esclavo de un desdén incontenible. Nunca he sentido lo que los alemanes llaman schadenfreude, o placer malicioso, por atacar una película. Al contrario, lamento el fracaso de un cineasta, sobre todo de los grandes. A veces escribo con desilusión pero no la convierto en un criterio ni de evaluación ni de análisis.
La imagen popular del crítico, como lo mostró Jesse Eisenberg en su cuento An Honest Film Review, es la de un nerd arrogante y ansioso, vil, ignorante y estúpido. Más preocupado por acostarse con una muchacha que por concentrarse en la película que está reseñando, el protagonista es una venenosa caricatura pero no un reflejo de la vocación. Quizá represente lo que son muchos críticos —a quienes también desprecio—, pero de ninguna manera expresa lo que es idealmente ni la crítica ni el crítico. Eso lo manifiestan, para mí, Richard Brody y Jean-Michel Frodon, críticos; Philip Lopate y Luc Sante, escritores. Frodon me obsequió la que será, mientras viva, mi definición de la crítica: L’aventure de la pensée. La aventura del pensamiento. Carlos Bonfil me dijo una vez algo similar: La crítica debe ser lo que los anglosajones llaman food for thought. Comida para el pensamiento. En una época de imaginaciones desnutridas cuando nuestra memoria la cuida un teléfono que responde quién apareció en tal película o en qué año se publicó tal libro; cuando la opinión es homogénea y depende de lo que diga el de al lado o el muro de Facebook, urge que la crítica se reconcilie con su objetivo esencial: crear, a través del arte, un mosaico que contenga el rostro de la humanidad, de nuestras culturas y de nosotros mismos.
En El espacio del reconocimiento, Octavio Paz escribe: “Su misión [de la crítica] no es tanto transmitir informaciones como filtrarlas, transmutarlas y ordenarlas. La crítica opera por negaciones y por asociaciones: define, aísla y, después, relaciona”. La función de la crítica es definir la apariencia y el carácter de una cultura eligiendo a sus mejores representantes y garantizando así la continuidad de nuestras tradiciones y nuestro pensamiento. Nuestro arte, expresión esencial de la realidad —y a veces su rival—, requiere de estudiosos que indaguen en el fenómeno de la creación, que descubran y definan su excelencia para después compilarla y compartirla. Ese ha sido el propósito de los libros de antología, que recopilan las lecturas esenciales para conocer el panorama literario de un pueblo. La labor monumental de Christopher Domínguez Michael en su Antología de la narrativa mexicana del siglo XX, por ejemplo, nos ayuda a reconocer un canon de la escritura mexicana.

Pero la noción de canon se ha vuelto controvertida y despreciada. Según estudiosos del feminismo, del marxismo, del posestructuralismo, los cánones anteriores al siglo XXI no han sido lo suficientemente incluyentes. Faltan obras de negros, de mujeres, de pobres. Es completamente cierto. En una cultura que suprimió a las minorías debe haber centenas o miles de grandes obras que se quedaron en un cajón. Pero lo que debería ser un llamado a la reforma se ha convertido en un grito de rebelión. En las universidades estadounidenses, la democratización extrema hace pensar a académicos y estudiantes que toda obra realizada por los integrantes de una minoría racial, sexual o económica merece nuestra atención. Difiero. Todas las obras creadas por el genio, independientemente de donde venga, merecen ser experimentadas y estudiadas. Es decir, Spike Lee no me parece brillante por negro sino por genio —y en la última década cada vez menos. Este pensamiento ha llevado a las academias a rechazar el canon literario como existe porque representa, según ellos, una concepción del mundo limitada a lo blanco, masculino, heterosexual y aristocrático. Una cosa es que la mayoría de nuestros creadores provengan de esas características, otra que el “opresor” Tolstói no haya sido un genio. El crítico literario Irving Howe murió defendiendo el canon, no por su exclusividad sino por su relevancia cultural. Harold Bloom morirá igual. A final de cuentas, vivimos en el mundo que inventaron Cervantes y Shakespeare, y también Wharton, Woolf y Ellison. El canon como existe no debe morir. Debe expandirse, pero no por motivos de corrección política. Mucho menos por sonrisas de 135 minutos.
Las lecciones de la crítica literaria no son aplicables para la cinematográfica porque su edificio no está completo. Aún son los expertos de la recomendación quienes quieren decirnos qué ver o qué no. En mi caso, podría recomendar Qué difícil es ser un dios (Trudno byt bogom, 2013), de Aleksei German. Es claramente la película más original y más espectacular que se haya estrenado en salas mexicanas este año. Sin embargo, me pregunto qué pensaría de mí la audiencia después de tres horas de una trama casi transparente, en blanco y negro —que no entiendo por qué causa pesadez—, abundante en imágenes escatológicas y, para ser breve: aburrida. Por supuesto, nunca volverían a escuchar una recomendación mía. Pero no quiero que lo hagan. Prefiero que se acerque el lector curioso a averiguar por qué y cómo entender Qué difícil es ser un dios. Que sepa qué es, no si le va a divertir o no. El cine es más que entretenimiento. Es revelación.
El juicio del crítico es otro tema esencial. Por supuesto que es necesario. Nos pueden gustar películas sin importancia para la historia del cine pero no vamos a defenderlas. No voy a defender El diablo viste a la moda (The Devil Wears Prada, 2006), que me hipnotiza cada vez que se aparece en mi televisor. El gusto es privado, reflejo de la esencia individual. El genio es público, sujeto al escrutinio de estudiosos y admiradores, al desprecio del consumo masivo en muchos casos. El crítico no ataca aquello que no comprende ni despedaza por envidia o porque incumple con sus selectas expectativas. Ese es trabajo de los nerds. Sólo los fanáticos tienen derecho a esperar algo de Star Wars. En su crítica, que empezó esta reflexión, Peter Bradshaw intenta balancear su amor por la franquicia y sus responsabilidades como crítico pero falla. Presa del efecto Star Wars, Bradshaw se convirtió de nuevo en niño y escribió con la calidez de su afecto. No lo juzgo. Es un niño elocuente. El crítico, por el contrario, escribe desde la frialdad de la razón y desde la pasión por el pensamiento y la construcción artística. Leerlo no equivale a protegerse el bolsillo o garantizarse el entretenimiento. Equivale, más bien, a entrar a una clase. Como el profesor, el crítico es un inventor de sociedades y de futuros; un protector del pasado y la tradición.