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Sing Street: el dulce autoengaño

Sing Street: el dulce autoengaño
30/09/2016 |09:09
Redacción El Universal
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Nota: Este texto contiene mínimos “spoilers” sobre el final de la trama. Si usted es muy sensible a esos temas, evite la lectura antes de ver la película.





En la más reciente fábula cómico-mágico-musical del irlandés John Carney, Sing Street (Irlanda-GB-EU, 2016), un chico irlandés de 15 años llamado Connor (Ferdia Walsh-Peelo) se enamora de Raphina (Lucy Boynton), una chica auténticamente hermosa, presumiblemente mayor que él, y que dice ser modelo.

Para tratar de conquistar a Raphina, Connor decide hacer lo único que procede en estos casos: tratar de impresionarla. Para ello (de la noche a la mañana) Connor arma con sus amigos un grupo musical al estilo Duran Duran (estamos en pleno apogeo del videoclip, en la década de los ochenta), para así tener un pretexto que le permita entrar en el radar de  Raphina.

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Hasta aquí, no hay sorpresas; como es costumbre en el siempre complaciente cine de Carney, todo le saldrá bien al buen Connor: armará de un día a otro su banda, sus amigos (que apenas conoce puesto que lo acaban de cambiar a una nueva escuela) resultan músicos versátiles y competentes, de la nada Connor se convierte en un buen letrista y cantante, e incluso demuestran un buen manejo de la cámara al momento de hacer el videoclip de su primer “sencillo”, una rola pegadora en realidad compuesta por el propio Carney (quien es un músico frustrado y un cineasta sumamente frustrante).

Carney, (quien también escribió el guión) quiere demasiado a sus personajes como para maltratarlos con dosis de realidad. Así, todos sabemos que al final Connor se quedará con la chica, enfrentará en fantasiosa vendetta al terrible sacerdote que  dirige la escuela (quien lo reprime prohibiendole que se maquille o que vaya de pelo largo), pasará sin pena ni gloria por el divorcio de sus padres (un divorcio tan terso como la seda), y tendrá bajo la manga las suficientes canciones (todas incapaces de no arrebatar una sonrisa a quien escuche) como para armarse un disco sumamente exitoso.

El guión pide a gritos algo de punk, algo de conflicto, pero Carney insiste, una y otra vez, en resolver todos los problemas con altas dosis de pop, azucaradas y melosas, en una feelgood movie que se mueve a marchas forzadas pero predecibles, que exige demasiada suspensión de la credibilidad a cambio de algunos instantes de felicidad artificial y efímera; tal y como los que entregaría un videoclip ochentero.

Afortunadamente, en medio de todo esto existe una película muy lograda, pero que se ahoga en el marasmo de felicidad y buena ondita que la rodea: el hermano mayor de Connor, Brendan (Jack Reynor), es en realidad el artífice de todo lo que su hermano ejecuta. Es Brendan quien, cual copia vil de un Lester Bangs (Philip Seymour Hoffman) en Almost Famous (Crowe, 2000), le aconsejará a Connor formar la mentada banda, escuchar a otros grupos, encontrar un estilo, luchar por la chica. En resumen Connor le enseñará del poder liberador de la música. Este es el único punto en el que Sing Street realmente resulta brillante, en proyectar una relación entre hermanos que es entrañable, memorable y sumamente conmovedora.

Pero todo esto queda en segundo plano.  Esta película tipo Hallmark, que por ningún momento quiere tocar a sus personajes ni con el mínimo pétalo de un conflicto difícil de resolver, tampoco quiere poner un pie en la realidad. El único momento cien por ciento auténtico en toda la película es aquel donde Connor intenta besar a la chica, pero esta se hace a un lado porque está comiendo una galleta.

El dulce autoengaño de Sing Street es simple y bien montado. Una película que es imposible tomar en serio, chantajista por momentos y completamente deshonesta. Una telenovela ambientada en Irlanda y con música que nos gusta, por lo que es difícil no generar simpatía.

La cara opuesta resulta en todo caso la sueca ¡Somos lo mejor! (Vi är bäst!, Moodysson, 2013), donde un grupo de pre adolescentes, casi niñas, forma una banda de punk nomás para probar su punto frente a unos bullys. Las chicas no tienen menor idea de cómo tocar un instrumento, pero ello no las detiene en su afán por gritar: ¡aquí estamos!

Plena de humor y con varias secuencias donde el director permite que sus pequeñas protagonistas improvisen secuencias completas, ¡Somos lo mejor! resulta en una exhibición mucho más honesta de la música como elemento liberador y contestatario, un coming of age menos derivativo, más simpático y consecuente. Las chicas de esta cinta nunca lograrán tocar bien, jamás harán un video musical y probablemente no alcancen siquiera a llegar a la gran tocada del final; pero lo habrán intentado, habrán dado de tamborazos y guitarrazos, eso ya las hace mejores personas. ¡El punk no ha muerto!

@elsalonrojo