Zack Snyder no sólo es un mal director, es también un ladrón mediocre. Intenta robar a los mejores, planea el golpe y al final se lleva lo menos relevante. Es como si un ladrón logra entrar al Louvre y en vez de llevarse la Mona Lisa se robara el extinguidor a lado de la puerta y algunas postales de la tienda de recuerdos. Snyder sale del lugar y se congratula a sí mismo. Cree que es un genio.
En Batman v Superman: Dawn of Justice, Snyder roba a toda una multitud: toma cosas de Frank Miller (The Dark Knight Returns), de John Byrne (Man of Steel), de Alex Ross y Paul Dini (Superman: Peace on Earth), de Dan Jurgens (Superman #75), de Guillermo del Toro (Pacific Rim) e incluso se hace el chistosito haciendo una referencia medianamente oscura a Kubrick (Eyes Wide Shut). De todos ellos roba apenas algunas viñetas y algo de música, pero jamás extrae esencia alguna. Un ladrón mediocre que no se lleva la Mona Lisa, prefiere robarse la litografía.
Hay también aquí un robo que no podría calificarse como tal porque sucede bajo consenso; Snyder, confundiendo oscuridad con profundidad, quiere en todo momento robar/emular a Christopher Nolan, pero lo hace bajo su aprobación al tenerlo como productor de la película. ¿Por qué permite esto Nolan? Las razones probablemente sean exclusivamente monetarias, pero me gusta pensar que el director de The Dark Knight se divierte viendo trastabillar a Snyder de la misma forma que un adulto se divierte viendo a un bebé tropezar cuando intenta dar sus primeros pasos. Seguro no es así, pero me divierte pensarlo.

No es extraño entonces que, habiendo tantas referencias y ante la probada torpeza de Snyder al momento de armar historias (en responsabilidad compartida con los guionistas Chris Terrio y David S. Goyer) esto resulte en un desastre de grandes proporciones: una cinta que tiene al menos tres intentos de inicio, está sobrepoblada de personajes, dura demasiado tiempo y que mantiene -por razones comerciales- muchas subtramas innecesarias y varios cabos sueltos.
Con todo, en medio de este amasijo existe el germen de al menos una buena idea: mediante un inicio francamente poderoso vemos como Bruce Wayne (Ben Affleck) llega justo en el momento de la gran destrucción de Metrópolis ocasionada por la pelea entre Superman (Henry Cavill) y el General Zod (Michael Shannon), ocurrida en la cinta anterior, Man of Steel (Snyder, 2013). Desde el punto de vista de los civiles, la destrucción de Metrópolis es aún más terrorífica, es veinte veces el 9/11. Wayne, entre la ira y el dolor de ver a tantos civiles muertos, se da cuenta que Superman es un foco rojo, un peligro para Metrópolis y el mundo, por lo que destinará todos sus recursos a buscar la forma de detenerlo. Inteligentemente, los guionistas utilizan la principal crítica a Man of Steel para usarla a su favor.
Extrañamente, la misma idea que tiene Batman respecto a Superman es la que sostiene el villano, Lex Luthor (Jesse Eisenberg), respecto al kryptoniano: es peligroso pensar que haya un extraterrestre supra poderoso por las calles sin que tengamos una forma de detenerlo cuando se vuelva contra nosotros. Tanto Luthor como Batman no tienen empacho alguno en reconocer que la única vía es matar a Superman.
Del lado de Superman las preocupaciones son casi metafísicas. Perseguido por la sombra de todas las muertes en Metrópolis, Kal-El ya no sabe siquiera cómo debe actuar Superman. La mitad de la población lo considera un héroe y la otra mitad un monstruo; ambos quieren algo de él por lo que su desconexión humana es cada vez más peligrosa.
En medio de todo ese conflicto resulta tonto que a Superman le preocupe más lo que sucede en Ciudad Gótica (en este universo son ciudades cercanas a tiro de piedra, como Cozumel y Playa del Carmen) que en casa. Cual buen superpolicía del mundo, acosa a Batman por ser un vigilante que aterroriza a los criminales operando fuera de la ley. Como bien le dice su editor en el diario El Planeta, Perry White (Laurence Fishburne): a nadie le interesa lo que Clark Kent opine de Batman. Y tiene razón.
En manos de otro director todo esto hubiera sido una buena piedra angular para levantar esta cinta. Incluso Snyder, quien llevó al cine Watchmen (2009), uno de los cómics que mejor trata el tema de la responsabilidad ética de los superhéroes, podría pensarse como el hombre adecuado para la tarea.
Pero, inevitablemente mediocre, los recursos de Snyder son tan limitados que no alcanzan para hacer algo más allá de lo estético y rimbombante. Con nulo entendimiento de los espacios y un ritmo desastroso, el director sólo sabe hacer tres cosas: poner todo en ralentí para que la cosa se vea más cool (aunque no sirva de nada), abusar del close-up extremo y del fuera de foco como medio para ocultar que no sabe manejar espacios, atiborrar todo de piezas musicales horrendas, dramáticas y manipuladoras, así como obligar a que sus actores reciten diálogos pretendidamente profundos aunque la más de las veces no se les entienda nada.
Si se quejaban de la densidad de Christopher Nolan, espérense a ver esto. Snyder es tan pesado, tan pretendidamente oscuro, dramático e intenso que pareciera que su preparación para antes de esta cinta fue chutarse la filmografía completa de González Iñárritu: otro universo donde la sufridera, la intensidad y el nulo sentido del humor son la regla.
Y es que todos los personajes en esta cinta son insufriblemente miserables. Batman tiene pesadillas constantes (otro mal truco para ocultar un guión frágil), Lois Lane es una tonta que está en peligro todo el tiempo (¿cuántas veces la rescata Superman?), Perry White se la vive regañando a Clark Kent quien nunca va a trabajar (¿por qué no lo han corrido?), y tanto Batman como Superman se la pasan haciendo cara de enojados todo el maldito tiempo. No hay rango en Cavill y Affleck, ambos dejan que las líneas de su ceño fruncido hagan todo el trabajo.
Es curioso el nuevo matiz con el que Snyder trastoca a dos de los héroes de historieta más reconocibles en el planeta. El Batman de Ben Affleck no tiene como principal arma el intelecto, prefiere el uso de los gadgets (todos hechos por un sobreexplotado Alfred que no sólo le hace sus juguetitos sino que le sigue sirviendo el café) y el peso de sus músculos (ridícula escena donde hace crossfit con una llantota de camión). Lejos estamos del detective de los cómics, este nuevo Batman es un millonario enojado con el alienígena que viene de fuera, lo quiere matar; ¿les suena conocido?
A Superman no le va mejor, a pesar de que Snyder le concede vida sexual (un privilegio del que Batman no presume), resulta algo impredecible en sus actos. El Superman de Snyder es un héroe que sólo se ocupa de las grandes tareas, jamás gastará su tiempo rescatando gatitos de un árbol (como si lo hacía el Superman de Christopher Reeve). En este mundo denso donde todo es mega importante, Superman sólo está presente cuando va a explotar una nave espacial, cuando hay que rescatar un barco o cuando en Ciudad Juárez una niñita queda atrapada en un incendio. Por cierto: Snyder entiende a nuestro país como un pueblote de sombrerudos, bigotones vestidos de mariachi donde nos la pasamos festejando Día de Muertos.
Sólo hay dos personas que se la pasan bien en esta película: Luthor y Wonder Woman, a.k.a. Diana Prince (Gal Gadot). El primero, megalómano y con los peores diálogos, al menos tiene rango; Jesse Eisenberg es definitivamente el único actor entre toda esta multitud de ceños fruncidos. Gal Gadot se la pasa tres cuartas partes de la película paseando su esbeltisima figura (skinny bitch!) en fiestas cual socialité de Polanco, pero cuando finalmente tiene que hacer sus labores de heroína, las hace con gracia, sin tanta pesadez como sus contrapartes hombres y además lo hace sin dejar de verse hermosa. Ella, Luthor y un chiste que se avienta la también sufridora mamá Kent (Diane Lane, relegada a poco más que un mueble) son la única luz en este mundo donde nadie ha pagado el recibo.
Esta pieza es el inicio de la estrategia de DC Comics (propiedad de Warner) para regresar al pódium del cine basado en superhéroes, lugar que con tenacidad y años de planeación le ha arrebatado Marvel (Disney). El papel de DC en todo esto debió ser el demostrar que hay otras formas, que no sólo la receta Marvel funciona, que el cómic como medio da para mucho más que simple entretenimiento de verano y explosiones fatuas. Hacer para todo el universo de DC Comics lo que Nolan hizo con Batman.
Desgraciadamente, es claro que DC no tiene idea de absolutamente nada y recurre a copiar la estrategia de Marvel: hacer de cada cinta un capítulo, una pieza de un rompecabezas que jamás veremos completamente armado, una escalera infinita donde lo que importa no es la historia sino la expectativa, donde el objetivo no es otro sino seguir vendiendo boletos, muñequitos y cajitas felices.
Batman v Superman no es sino un largo, tedioso, malhumorado teaser de lo que DC nos tiene preparado para el futuro, un futuro que, por lo que se ve, será oscuro, intenso, dramático y mal actuado. Ojalá alguien en Warner se de cuenta del craso error que están cometiendo. Ojalá y alguien le quite las llaves y el volante a Zack Snyder para que de una vez por todas lo manden a su casa. Ahí tienen mejor a George Miller, él sabe manejar hasta en el desierto, a toda velocidad y con música rock de fondo.
Twitter: @elsalonrojo