No obstante los al parecer interminables intentos de Alejandro González Iñárritu por autoboicotearse mediante sus pedantes y francamente estúpidas declaraciones (“Mi película debe verse en un templo”, “es pintura sónica”, “yo ya no hago cine popular”)*, The Revenant, el sexto largometraje de su cada vez más sólida carrera, atrapa inevitablemente desde los primeros instantes con un esplendor visual que no se detendrá durante toda la película.

La estrella de este show, sin duda, es Emmanuel Lubezki, su cámara nos sitúa en medio del infierno (una batalla campal entre colonizadores e indios, filmada con lujo de detalle, violencia y sangre) y sin embargo es capaz de arrancar auténtica belleza de la barbarie que nos muestra, ya sea mediante planos secuencia que siguen a los personajes incluso montados a caballo, una cámara que lo mismo se mueve con libertad sobre tierra firme que bajo el agua, tomas de gran angular que nos dan una panorámica 360 de lo que sucede y fotogramas que por sí solos son auténticas pinturas.

Pocas veces el infierno, la desesperación y la muerte se habían retratado con tal mezcla de belleza y horror como lo hacen Emmanuel Lubezki y su cámara.

Lo que estamos presenciando es la fundación de los Estados Unidos de América. Es el año 1823.  En las grandes llanuras, un grupo de cazadores-expedicionarios recolecta pieles de animales para luego venderlas. De improviso, una tribu de indios los ataca obligando a cambiar de rumbo y estrategia. De todo el grupo, Hugh Glass (DiCaprio) es el único que conoce el lugar como “la palma de su mano” por lo que le toca ser el guía.

En una tarde de cacería, Glass es atacado brutalmente por un oso. Aunque el primer impulso es ayudarlo y llevarlo consigo en una improvisada camilla, las condiciones del lugar hacen imposible seguir por lo que el capitán Andrew Henry (Domhnall Gleeson) le encarga al joven e inocente Bridger (Will Poulter) junto con el escéptico Fitzgerald (extraordinario Tom Hardy) cuidar al pobre de Glass y, llegado el momento, darle cristiana sepultura.

Basada “levemente” en el libro homónimo de Michael Punke (2002), no es la primera vez que esta historia se lleva al cine; en 1970, el cineasta Richard C. Sarafian filma Man in the Wilderness, donde Zachary Bass (Richard Harris) es atacado de igual forma por un oso y dejado a su suerte al pensar que estaba muerto.

¿Por qué el interés de Iñárritu en hacer el remake de esta historia? Tal vez porque una anécdota tan simple daba espacio para que el mexicano vertiera ahí sus obsesiones más personales (y que invariablemente han estado presentes en toda su filmografìa): una sentida apología al amor paternal, la odisea iniciática y obsesiva del hombre solitario en contra de la adversidad absoluta, la visión del mundo como una Babel que mezcla razas y creencias, la obsesión por la imagen como un personaje más que vive, respira e impregna emociones y, sobre todo, esta alegoría religiosa de un personaje crístico que vive su propio viacrucis en la búsqueda del yo. La película es un western lleno de alegorías religiosas donde DiCaprio, cual sufrido Odiseo, pasará toda una serie de duras pruebas antes de encontrar la redención.

Si todo director de cine es el dios que crea y destruye en el universo que filma, Iñárritu siempre se ha comportado en sus películas como un dios implacable e intolerante ante aquellos que se alejan de la fe. ¿Dejas a tu esposa por una modelo? un coche le pasará encima y perderá sus hermosas piernas (Amores Perros, 2000). ¿Traicionas a tu hermano por una mujer? Terminarás perdiendo todo (Idem). ¿Peleas con tu esposa y dudas de tu matrimonio? Una bala le atravezará el brazo (Babel, 2006).

De todas sus películas, esta obsesión cristiana encuentra aquí mejor puerto. DiCaprio será sometido a un tremendo castigo, cual cristo en la cruz, pero justo cuando pareciera rendirse, la fe lo hará recobrar fuerzas y rumbo (aquella imagen alegórica de una iglesia semi destruída pero que se aferra a mantenerse de pie, con la campana aún en lo alto).

La fe -pareciera decirnos Iñárritu- es lo único que nos distingue de los animales. Porque incluso aquella osa que casi mata a Glass no hace sino lo mismo que él o que el implacable jefe de la tribu india: proteger a sus hijos; la fe es lo único que nos salva de convertirnos en salvajes.

Es aquí donde adquiere un peso particularmente interesante el personaje de Tom Hardy. Fitzgerald es el hombre completamente amoral y alejado de dios (“dios es una ardilla”); en el universo Iñárritu ese pecado es imperdonable, pero curiosamente el director permite a Hardy hacer de este “villano” un personaje fascinante dentro de su propia amoralidad, al grado que es Hardy -y no DiCaprio- quien se lleva la película.

El resultado es efectivo e impresionante. El flujo de imágenes bellas pero terribles nos embriaga, el despliegue técnico es tal que por momentos ya no sabemos si lo que vemos es real o se trata de magia digital, el engaño es tan efectivo que uno quiere pensar que tal belleza no puede sino ser real.

Obviamente, Iñárritu no puede alejarse de los excesos. Su obsesión por hacer de esto un tour de force para DiCaprio provoca los únicos momentos de hastío en la cinta: vean cómo DiCaprio casi se congela, veanlo comer un pescado crudo, observen cómo engulle vísceras, sean testigos del actor comprometido con su arte. El exceso -casi barroco- es tal que la prueba de resistencia deja de ser para el personaje y se traslada al espectador.

Iñárritu insiste en que admiremos su cinta por lo increíblemente difícil que fue filmarla, por su necedad de hacer sus tomas únicamente con luz natural, por la osadía de pasar meses enteros en locaciones a la intemperie en Canadá y Argentina, por pedir hasta lo imposible a sus actores. Pero por cada frase estúpida sobre lo complejo que fue filmar esto, Herzog, Coppola y George Miller (por mencionar a algunos), se carcajean.

No señor González, The Revenant no es grande por su dificultad técnica (ninguna película lo es), The Revenant es grande porque sus temas (sus obsesiones autorales) nos pegan como en ninguna otra de sus cintas. Porque todos somos padres o hijos, porque todos hemos perdido o vamos a perder a alguien, porque en ese viacrucis del dolor mal que bien nos hemos encontrado, porque queremos creer que en efecto no todos somos unos salvajes, porque lo de Lubezki es ya una locura inimaginable y porque Tom Hardy es un gran maldito.

The Revenant es grande por usted, señor González, por usted y a pesar de usted. Eso hay que aplaudirlo.

* El Financiero, 4 de enero de 2016. / Milenio, 13 de enero de 2016 /El Informador, 1 de enero de 2016

Twitter: @elsalonrojo

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