Las células del Estado Islámico (EI) responsables de los ataques en París y Bruselas, no son las primeras a las que se ha enfrentado la Europa rica.
En los años 70 y 80, los servicios policiacos y de inteligencia europeos también combatieron a terroristas inspirados en ideologías fundamentalistas y en el odio sectario. Incluso, aquel fanatismo que golpeó particularmente a Italia, Alemania, España y Gran Bretaña, acumula un record mucho más sanguinario al protagonizado por Al-Qaeda durante la década pasada (Londres y Madrid) y en la actualidad por el Estado Islámico (Francia y Bélgica).
Tan sólo en 1972, el Ejército Republicano Irlandés se cobró la vida unos 308 civiles, de acuerdo con información del Global Terrorism Database, en tanto que el grupo separatista vasco ETA sumó la muerte de 829 personas durante su campaña de terror, según estadísticas del Gobierno de España.

Tras años de represión policiaca y de búsqueda y captura de miembros y simpatizantes, las revoluciones invocadas por estos grupos se fueron apagando por falta de apoyo de la sociedad.
Ahora queda por ver si ocurre lo mismo con el terrorismo islámico que golpeó el corazón de Europa la mañana del 22 de marzo y aterrorizó las calles de París el 13 de noviembre, dice a EL UNIVERSAL Edwin Bakker, experto en el tema en la Facultad de Asuntos Globales de la Universidad de Leiden. “Es muy difícil saberlo”. A diferencia de lo ocurrido en as décadas de los 60, 70 y 80, explica, “los grupos yihadistas necesitan menos apoyo de la sociedad para justificar y financiar sus crímenes terroristas”.
“No buscan simpatía o aspiran a una movilización de masas. Esta es la gran diferencia en comparación con la denominada ola de terrorismo de izquierda. Sin embargo, esta nueva ola es altamente individualizada y no colectiva en defensa de igualdad y más derechos”.
Hermandad islámica. A pesar de la creciente presencia del EI en internet, en especial las redes sociales, el proceso de reclutamiento y radicalización en Europa continúa siendo fuerte en entornos familiares y delictivos.
De acuerdo con las investigaciones de los atentados en París y Bruselas, de los 12 yihadistas hasta ahora identificados como suicidas, por lo menos cuatro actuaron en compañía de un hermano, Brahim y Salah Abdeslam; y Ibrahim y Khalid el-Bakraoui. Muchos de ellos crecieron juntos en vecindarios como Molenbeek, o se conocieron en circuitos delictivos especializados en el robo de autos y de casa habitación.
Para Edwin Bakker, experto en terrorismo de la Facultad de Asuntos Globales de la Universidad de Leiden, no es sorpresa que en la célula suicida que aterró Bruselas y París tenga un marcado componente familiar.
“Muy probablemente pasaron juntos por el proceso de radicalización, al haber crecido en un contexto similar y enfrentado los mismos eventos traumáticos”, dice Bakker.
Para el experto, es precisamente el factor familiar y de amistad el que evita que estos grupos sean rastreados por la policía y permite que no den marcha atrás ante la muerte.
“El problema es que muchos padres que emigraron desde el norte de África y en otras partes del mundo islámico, tienen poca idea de lo que hacen sus hijos cuando no están en casa. Este es un problema incluso mayor al de la radicalización. Las tasas de criminalidad entre los musulmanes de segunda generación es muy elevada”, sostiene.
Al investigador tampoco le extraña que el perfil de muchos terroristas de París y Bruselas sea uno criminal.
“Alguno de ellos se unen a grupos yihadistas para convertirse en ‘personas mejores’ y así compensar su mal comportamiento en el pasado [...] al sacrificar sus vidas les brinda la oportunidad, bajo sus ojos, de ir al cielo y volver ser aceptados por Dios”.