Es una sangrienta paradoja que el error conceptual más grave del gobierno de Felipe Calderón —llamar guerra contra el narco al despliegue de fuerzas federales para contener el avance territorial de las organizaciones criminales— hoy se convierta en una fantasmal pero igualmente pegajosa contraparte: la paz. ¿Guerra o paz? ¿Es tal nuestro dilema? Nunca hubo una guerra y por lo tanto la paz es una quimera.

Es curioso que los más certeros críticos de la idea de una guerra, hoy se pliegan plácidamente a la idea de una amnistía pacificadora, como si fuera efectivamente la otra cara de la moneda. Si conceptualizar como guerra fue un grave error, hablar de paz para concluir un conflicto que jamás existió es inane. Hablar de guerra fue equívoco por tres razones fundamentales: la primera es que no había un único enemigo operando como actor unificado en contra de México, el gobierno o la sociedad; la segunda es que no había un teatro de operaciones definido, la descomposición era nacional y en muchos frentes y la tercera es que no había un escenario de terminación de la guerra que es típicamente la rendición del enemigo o el acuerdo de paz. Lo erróneo de la formulación bélica llevó al gobierno de Calderón a una impotencia explicativa del despliegue federal y a terminar arrinconado por las voces de las víctimas y de los sectores cercanos a ellos (además de sus malquerientes políticos) gritando “no más sangre”, como si efectivamente el derramamiento de sangre fuera responsabilidad del Ejecutivo. No hubo mesa de diálogo que cambiara esa perspectiva. La guerra era la suya.

Hoy desde el buenismo hay quienes piden explorar la amnistía como un recurso para reducir los niveles de violencia. A mi juicio, incurren exactamente en el mismo error de quienes crearon la narrativa de la guerra. No hay, tampoco hoy, un actor unificado que lesione a la sociedad mexicana. El incremento de robos de vehículos, piratería, extorsión y robo de combustible, no están sistemáticamente en el mismo frente de quien trafica con drogas. Por tanto, no hay un escenario de salida creíble pensando en que el enemigo se va a rendir ante la magnanimidad del Ejecutivo y el Legislativo, ofreciendo una amnistía. En 2012 fue Vicente Fox (desaforado crítico de Calderón y su estrategia) quien planteó algo parecido y nunca pudo vertebrar una propuesta seria, como tampoco aquellos sectores del PRI que añoraban por el famoso pacto para controlar a los criminales y que fue duramente criticado por la tentación restauradora de la pax narca. Hoy se habla de abrazos y no balazos, digna expresión de una concursante de Miss Universo, pero poco tranquilizadora si se concibe como política de Estado.

La economía criminal en este país tiene dimensiones que superan la insustancial dicotomía entre guerra y paz. El dilema mexicano no es el de Tolstoi. Nuestra elección es entre el imperio de la ley y el orden o la corrupta zona gris e impunidad en la que hoy vivimos.

Mientras nos desgarramos las vestiduras discutiendo si queremos guerra o paz, yo me pronuncio por leer el documento que los expertos de Comexi han publicado, bajo el liderazgo de nuestro compañero en estas páginas, Luis Herrera Lasso, y que, entre otras cosas, habla de la construcción de instituciones y estrategias con un horizonte de 25 años tal como se hizo para enfrentar el desafío de la protección civil o como he comentado en otros artículos, con la edificación de instituciones económicas que nos sacaron de la secuencia de crisis sexenales.

Ni pactos, ni guerras, ni amnistía; orden y reducción de la impunidad es lo que este país requiere.


Analista político.
@leonardocurzio

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