Los despojos de la industria del oro blanco

Estados 16/10/2016 01:26 JOSÉ ANTONIO GURREA C. Actualizada 01:26
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La pestilencia golpea brutalmente los rostros como si se tratara de un bofetón. Un intenso olor acre invade el entorno. Huele a descomposición orgánica, a humedad, a orines, a excremento. Nubes de inmensas moscas pardas nos rodean y se posan en la piel, mientras decenas de buitres negros gruñen, cacarean y se disputan a picotazos y tarascadas el agua estancada en el suelo y los desechos ahí depositados.

En busca de imágenes dejamos atrás el malecón y caminamos más allá del mercado en permanente construcción. En un estrecho camino repleto de maleza nos adentramos a una zona de viejas bodegas donde hace décadas se almacenaba camarón. Hoy, en ese sitio sólo hay ruina y abandono. Desde ahí, en un recodo avistamos un cementerio de barcos camaroneros. Para llegar hasta él hay que atravesar un basurero, ese donde reinan los insectos, las aves carroñeras y la peste de olores entremezclados.

Ahí, carcomidas por el olvido, yacen una decena de naves que alguna vez fueron orgullosas integrantes de la flota camaronera de Campeche, una de las más grandes del país: casi 500 embarcaciones en su época de oro. Hoy los restos son meros cascos podridos, oxidados, despojos de una industria... la del oro blanco que entró en coma en los años 80 del siglo pasado, y que comenzó su auge tres décadas antes: en los años 40.

El historiador Efraín Caldera señala que era tal la producción del crustáceo en la zona que las bodegas no alcanzaban para almacenarlo.

“El teatro de la ciudad tuvo que ser utilizado como bodega. Al principio [los años 40 del siglo pasado] no había hielo para mantener en buen estado el camarón. Primero se traía de Estados Unidos en avión, después se tuvo que traer un barco-fábrica de hielo que se colocó a un costado de la bahía. Una vez empacado, el crustáceo se transportaba en avión hacia Estados Unidos. Más tarde comenzaron a llegar los tráileres con refrigeración propia que llevaban el producto hasta Texas.

Durante los primeros años, no había mano de obra local y se contrataba a los niños para que ayudaran a empacarlo. Después, llegaron las mujeres”.

La hotelera Victoria Álvarez Casanova cierra los ojos y se transporta hasta su infancia en los años 60: “Cuando era niña, aquí en el malecón había un gran congeladora. A la una de la tarde sonaba un silbato para el cambio de turno y numerosas mujeres vestidas de blanco salían de procesar el camarón, mientras otras más entraban a trabajar. Era una industria enorme.

“Todas las mujeres de Carmen laboraban en las congeladoras procesándolo, mientras los hombres salían en la madrugada a pescar el producto. Algunos permanecían en el mar hasta 15 días. Regresaban con las bodegas al tope. Recuerdo muy bien que había unos camarones enormes; parecían pescados”.

Caldera destaca que en la mejor época de la industria camaronera (1970) la isla del Carmen contaba con 14 congeladoras, 10 astilleros, nueve varaderos, nueve talleres mecánicos, 11 fábricas de hielo y 19 muelles.

Agrega que la crisis de la industria camaronera fue multifactorial: “El primer aviso llegó con la explotación desmedida del producto; el segundo, cuando el gobierno puso en manos de los trabajadores la flota camaronera, y éstos resultaron pésimos administradores. Finalmente, con la industria camaronera ya en declive, Ciudad de Carmen se decantó por el petróleo.

—¿Cuál es el peso de la contaminación petrolera en esta crisis?

—Hubo una etapa en que no se protegía el medio ambiente. No había una ley en la materia ni una norma de calidad. Además, en toda área petrolera se restringió la pesca. Había enfrentamientos entre los pescadores y Pemex. Eso también pesó.

“El camarón se acabó. Hoy de esa industria lo único que queda es un feo monumento”, ironiza el hotelero Leonel Ibarra, quien se refiere a la escultura kitsch de un crustáceo que se encuentra en una glorieta de Carmen y que fue construida como “homenaje” a un sector que marcó la economía carmelita durante varias décadas.

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