Tlacolula de Matamoros.— La mujer aparenta fortaleza, pero al final derrama lágrimas. “Lo único que pido es justicia. Pedimos su libertad, como esposa le dio vuelta a mi vida, me cambió todo. Aparentemente me veo bien, pero tengo diabetes y se me ha complicado la enfermedad. Mis hijos necesitan a su padre, es el único sostén”, dice.

Es Adela Soriano Aguilar, esposa de Heliodoro Morales Mendoza, quien inició su séptimo mes en una cárcel estatal acusado de matar tres conejos en su terreno, de propiedad comunal pero asentado en una zona declarada monumento natural por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp).

EL UNIVERSAL visitó el domicilio de la familia en el paraje Don Pedrillo, a un costado de la carretera federal 190 Oaxaca-Istmo, en el kilómetro 39, a una hora de la capital en vehículo.

Una casa amplia, sembradíos, un potrero, cocina rústica, criadero de conejos, marranos y pollos forman parte de los bienes de los Morales.

Al pie del cerro se ubica el predio donde supuestamente la víctima fue visto matando conejos mientras limpiaba un terreno.

“Nos tiene hasta el copete la injusticia contra Heliodoro”
“Nos tiene hasta el copete la injusticia contra Heliodoro”

“La verdad, la justicia no la hemos visto, estamos esperando que salga de la cárcel, no esperábamos que ocurriera un caso similar”, dice la mujer de 45 años, madre de Michael, Dinora, Heliodoro, Nohely y Feliciano, de 24, 23, 22, 20 y 19 años, respectivamente, todos estudiantes de una carrera profesional.

En el corredor de la casa, con mesas y sillas sencillas, se realiza la entrevista, en la que participan dos hermanos de Heliodoro, sus padres, la esposa y uno de los hijos.

La propiedad está rodeada de un tiradero de vehículos, propiedad de una aseguradora, así como árboles frutales, carrizales y milpas.

“Sí me ha afectado; como dice mi cuñado, por amor soportamos las humillaciones cuando visitamos a mi esposo en la cárcel; cuando voy, me digo: ‘Qué hace mi marido en la cárcel’, como si hubiera matado a alguien”.

“Tenemos sangre indígena”. Los padres del hoy encarcelado sacan una fotografía antigua de los abuelos:

“Mire, ¿qué no tenemos rasgos indígenas? Somos zapotecas; mi esposa es de Michoacán, por eso algunos de nuestros hijos salieron güeritos, pero yo nací aquí en Tlacolula, ¿cómo es posible que el juez diga que no es indígena? ¿Qué es pecado tener un carrito, tener un terreno para sembrar? ¿Qué el indígena debe andar siempre de taparrabo y huaraches?”, cuestiona Heliodoro Morales García, acompañado de su esposa Luisa Méndez.

Agrega que siempre se han dedicado al campo, al cultivo de básicos, a la crianza de animales domésticos. Dice que tiene un cargo en el ayuntamiento de Tlacolula, como regidor de Seguridad, pero eso tampoco es un delito, sino una responsabilidad.

“Es un delito que no es grave y no lo cometió; no sé el juez qué espere para actuar como debe ser, porque ha sido injusto con nosotros, nos piden una cosa, nos piden otra, nos piden dictámenes, aunque no lo usen ahí estamos buscando con tal de complacer al juez, y luego nos pone otros plazos, es un relajo, ya nos tiene hasta el copete la situación”, reprocha.

EL UNIVERSAL acudió a los predios de la familia, asentados en el área decretada como Monumento Natural Yagul, por haber en la zona cuevas prehispánicas y zonas arqueológicas. Algunos letreros viejos prohíben la cacería de animales menores, la recolección de leña, abrir caminos y la presencia de asentamientos humanos, otros marcan senderos que sirven para visitas ecoturísticas.

No obstante, en el área persisten varias viviendas e incluso una granja de pollos y un albergue para niños. Al pie de uno de los cerros se ubican los terrenos de los Morales, donde se preparan tierras para la siembra.

En otros predios han sembrado especies de la zona, como cactus y árboles frutales; en el suelo, rocoso en su mayor parte, se observan heces de conejos, que en la zona se consideran una plaga, debido a la proliferación y los daños que causan a los cultivos.

A lo largo de más de dos horas, no se encontraron vigilantes de la Conanp en la zona, que presuntamente están atentos a que no ocurran destrucciones o allanamientos.

“Dicen que vieron a mi hermano con una escopeta, que vieron que tenía a los pies el conejo; ¿cómo es posible, si estaban a más de 300 o 600 metros?, además de que hay muchos matorrales”, dice el hermano de Heliodoro, Jesús Morales.

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