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A 6 años de San Fernando, no muere el sueño americano

Estados 21/08/2016 03:30 Con información de Concepción Peralta, Texto: LEOBARDO PÉREZ Actualizada 19:38
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Los migrantes no cesan en su afán de llegar a EU, pese a los peligros que enfrentan y que han derivado en casos como el de San Fernando, una masacre de la cual se cumplen seis años

En este refugio para migrantes la tragedia de San Fernando, Tamaulipas, sigue presente. Los centroamericanos que esperan la llegada de “La Bestia” para seguir su sueño no la olvidan. Por aquí atraviesa el Usumacinta, uno de los ríos más caudalosos del país, y es también uno de los lugares con más presencia de indocumentados por ser frontera con Guatemala.

A esta casa hogar sólo se puede acceder con el permiso del director, Ramón Márquez, quien determina qué se puede grabar y hasta dónde. Dice que la casa del migrante La 72 nació en honor a los muertos en San Fernando y decidieron nombrarla con el sexo femenino para resaltar el valor de las mujeres migrantes.

Al ingresar, un gigantesco mapa de México da la bienvenida. Traza toda la ruta que los llevará al norte, con los albergues que pueden ayudarlos a lo largo del país. De lado izquierdo: un altar en forma de iglesia con 72 cruces hechas con madera de la región, en honor a los hombres y mujeres migrantes que los antecedieron y fueron asesinados el 21 de agosto de 2010, aunque la noticia se conoció el día 23.

No es cualquier hogar. Por todas partes hay murales alusivos a los 72 migrantes muertos en San Fernando hechos por indocumentados o por artistas de la región. Uno de ellos es el que se ubica en el dormitorio de hombres, donde sólo se ven pies que reflejan el dolor de caminar cientos de kilómetros; otros más reflejan la muerte o un mapa de los Estados Unidos, en el que resaltan los nombres de las ciudades en donde hay más indocumentados.

En la 72 conviven ciudadanos de Honduras, Salvador, Guatemala y algunos, en menor medida, de países sudamericanos. Acostumbrados al calor, los 36 grados de Tenosique no les molestan. No se conocen, pero conviven en la comida o juegan futbol como si fueran familia: platican y planean cómo seguir su camino.

Apostados en diversas áreas al aire libre, miran con miedo y desconfianza el equipo de grabación. Es normal porque, cuenta Ramón, muchos temen ser identificados por las bandas criminales de su país.

Carlos Alfredo López, de origen hondureño, se anima a hablar con EL UNIVERSAL porque para él es importante que se conozca lo que pasó en aquella ciudad del norte: su primo José forma parte de esas 72 cruces.

Sentado en el patio, viste una camiseta amarilla y una gorra. Su rostro refleja tristeza al relatar cómo ambos llegaron a México con la intención de llegar a Estados Unidos. Entonces no existía La 72, los migrantes recibían apoyo en la parroquia de Fray Tomás González. Pero él no subió al tren, la llamada “Bestia”, porque aún no tenía dinero suficiente y decidió quedarse; días después, como todo el mundo, se enteró del asesinato de decenas de indocumentados en Tamaulipas, entre ellos su primo José.

Pese a la masacre, Carlos logró cruzar la frontera norte por Arizona, donde trabajó tres años, hasta que en 2014 fue deportado. Este mes regresa de nueva cuenta: “No me doy por vencido, pienso seguir adelante, con la ayuda de Dios, mientras tenga vida voy a seguir”.

De Honduras, dos ciudadanos han sido identificados con el nombre de José: José Yovani Hernández González y José Francisco Velasquez Lozano; ambos repatriados y entregados a sus familias el 5 de noviembre de 2010. José, primo de Carlos, fue sepultado en Juticalpa, Honduras, de donde ambos son originarios.

El director de la Casa del Migrante La 72, Ramón Márquez, dice que las cosas no han cambiado para los migrantes, por el contrario han empeorado porque el gobierno mexicano toma la política migratoria como seguridad nacional y no como una política de derechos humanos, lo que hace que el territorio se convierta en un auténtico infierno para los centroamericanos.

“Las personas aún son víctimas de todo tipo de delito: secuestros, desapariciones, asesinatos y esto no hace nada más que crecer; desde nuestro trabajo diario podemos decir que está tremendamente insensibilizado”, advierte.

El refugio para migrantes lo conforman varios edificios: uno donde se encuentra el área administrativa, otro donde está la enfermería y los dormitorios de mujeres y niños. También hay otro dormitorio para varones y uno más para la comunidad lébisco-gay. No hay restricción de tiempo. Pueden quedarse unas horas y hasta muchos meses. Luis, por ejemplo, lleva más de un año y medio esperando refugio porque está amenazado de muerte por los grupos criminales de su país.

El refugio cuenta con asesoría de consulados, área para deporte y una zona acondicionada con teléfonos y computadoras para que los migrantes puedan llamar y seguir en contacto con sus familiares. También hay extranjeros: españoles, norteamericanos y sudamericanos que hacen trabajo de voluntariado.

“Somos iguales”

Fernando también dio sepultura a su primo Catalicio, muerto en esa misma bodega donde encontraron a los 72. Cantalicio fue entregado a su familia el 1 de septiembre de 2010. Fue de los primero migrantes identificados y repatriados. No tuvo la desgracia de que su cuerpo fuera confundido o entregado a otra familia, como sucedió a otros de los 72, o que malas prácticas forenses lo llevaran a la fosa común luego de no poder identificarlo, pues tras el asesinato, los cuerpos fueron expuestos al sol una semana, desvestidos, bañados con cal y finalmente enviados a la Ciudad de México para someterlos nuevamente a pruebas de identificación.

Fernando conoce esta masacre porque su primo Cantalicio murió ahí, en Tamaulipas. No cuenta su historia porque tiene miedo a ser identificado, dice que sí conoce y sabe lo que pasó en 2010:

“Sí, la masacre que pasó ahí en Tamaulipas fue cuando los secuestradores tenían a un grupo de personas, llegaron unos ahí y empezaron a matar personas. Hicieron una masacre, incluso hondureños, salvadoreños, guatemaltecos. Ahí en la matanza hubo una familia también que murió y para nosotros fue muy duro”, cuenta con tristeza, mientras su rostro denota impotencia, ganas de llorar.

“Llevaron el cuerpo a Honduras, incluso aquí tienen su cruz y eso me hizo recordar”, dice mientras sus compañeros lo miran sin acercarse.

Fernando huyó de Honduras porque lo querían matar por unos terrenos que, según él, los pagó, pero al final resultó un fraude. Junto con su esposa salió de su país en busca de asilo político, en tanto que sus tres hijos se quedaron en su país con otros familiares.

Sólo pide a los mexicanos apoyo, que no los vean con desprecio: “Somos iguales, somos de la misma raza, somos los hijos de un solo Dios y que se ponga la mano en la conciencia”.

Carlos y Fernando participarán en la representación de esta tragedia que prepara el albergue y que busca mostrar al mundo el sufrimiento que viven los migrantes en su paso por México. Unos harán el papel de migrantes y otros el de criminales. Carlos iba a ser un zeta, pero lo pensó mejor y prefiere representar a un centroamericano. Este domingo saldrán al parque Central de Tenosique para que todos puedan observar lo que ocurrió en San Fernando.

Víctimas de la violencia

Según Jorge Zavala, jefe de oficina de terreno del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) —cuyo trabajo inició en Tenosique apenas en noviembre del año pasado— en el primer semestre de 2016 se han atendido 320 solicitudes de ciudadanos extranjeros que buscan la protección del gobierno mexicano. En 2015 fueron 150 en todo el año.

“Esta oficina se abre en respuesta al incremento del número de personas que huyen de situaciones de violencia, principalmente en esa ruta de Honduras y de El Salvador. Realizamos un trabajo cercano a las casas de los migrantes y los albergues de la sociedad civil que se encuentran en el área de cobertura que cubrimos en Tabasco y Veracruz”, explica.

Aclara que hay dos tipos de ciudadanos extranjeros que ingresan por la frontera sur: los migrantes y los refugiados, estos últimos son los que vienen de una situación de peligro en su país de origen y a quienes las oficinas del ACNUR brindan asistencia legal y apoyos; en algunos casos, de vivienda y alimentación en lo que las autoridades correspondientes deciden si le dan refugio o no.

“El número de personas que cruzan la frontera se ha mantenido en los últimos años, incluso parecería, de acuerdo con la información de las casas de Migrantes, que hay un incremento y esto también se está dando en el número de solicitudes de la Comisión de Refugiados que se están recibiendo en México”.

Ante todo este panorama que viven los migrantes y refugiados, el director de La 72 sólo pide al gobierno mexicano mayor sensibilización: “Este tráfico de personas está pagando a todo tipo de elementos que están involucrados dentro del negocio con personas inmigrantes y refugiadas, las personas están buscando otras rutas un poco más seguras”.

De acuerdo con cifras de esta casa hogar, cerca de 150 personas cruzan diariamente por la frontera de Guatemala a Tenosique y cada indocumentado paga hasta 8 mil pesos sólo para pasar la frontera sur al municipio que los acerca a tomar a la bestia. En la masacre de San Fernando Tamaulipas, ocurrida el 21 de agosto de 2010 murieron 72 personas. Hasta la fecha hay 11 restos humanos no identificados.

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