Sentadas frente a una fogata sobre un lago artificial, en esta noche fresca, disfrutando de un coctel y mirando las estrellas, mi mamá me mira con esa sonrisa peculiar que me regala cada vez que se siente feliz.
Estamos en Los Cabos, Baja California Sur, uno de los destinos mexicanos más célebres en el ámbito internacional. Su secreto es la peculiar combinación del paisaje semidesértico con el extraordinario azul del Mar de Cortés, nombrado el acuario del mundo por Jacques Cousteau.
Para consentir a esta señora que amo, elegí uno de los hoteles all inclusive en Cabo San Lucas que recién abrió sus puertas, Hyatt Ziva, que además de contar con cómodas habitaciones, cinco albercas, una extensa playa y siete restaurantes con diversas opciones gastronómicas, tiene un spa donde programé una placentera sesión –que incluyó sauna, vapor y un masaje de hora y media–para que mi mamá se olvidara de sus preocupaciones y se relajara al máximo.

Caminatas, compras y ¡ballenas!
Aunque nuestro hotel es ideal para no salir a ningún lado, estas dos mujeres somos algo inquietas. Por eso decidimos salir a explorar la zona.
Muy cerca se encuentra el centro de San José del Cabo, un bonito sitio con arquitectura colonial donde hay tiendas de ropa, artesanías y productos orgánicos, además de restaurantes, heladerías y bares. Compramos algunas cosas y nos tomamos una cerveza fría para refrescarnos del fuerte sol del desierto.
La mejor de las sorpresas la guardé para el día siguiente. Le dije a mi mamá que teníamos que levantarnos temprano para un tour, pero jamás le mencioné lo que iba a suceder. Así que viajamos 20 minutos hacia Cabo San Lucas, al final de la península, para embarcarnos en una lancha rumbo a la inmensidad del mar.
Primero visitamos el famoso arco, que en esta ocasión estaba cubierto en un 25% por agua. Al lado, hay una colonia de lobos marinos que descansan plácidamente bajo el sol.
Logramos observar muy de cerca a uno que se había subido a una piedra y no se inmutó ni un segundo ante la mirada curiosa de sus visitantes.
Finalmente, logramos encontrar lo que deseaba que mi madre viera: una enorme ballena dando saltos junto a su cría, a quien enseñaba cómo mover la cola golpeando el agua; sorprendentemente el ballenato la imitaba.
Y al ver ese baile amoroso entre madre e hijo, lo único que se me ocurrió fue abrazar a mi mami y permitir que mis lágrimas se unieran a las suyas.
Aquello fue una experiencia realmente inolvidable en un viaje ideal.