Bernardo Esquinca urde una novela con terror, espiritismo y crímenes

Con Carne de Ataúd, el escritor viaja al pasado para darle seguimiento a la saga Casasola

El autor toma la historia del asesino serial conocido como El chalequero (LUCÍA GODÍNEZ. EL UNIVERSAL)
Cultura 29/03/2016 00:20 Yanet Aguilar Sosa Actualizada 00:20
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En el corazón mismo de Carne de ataúd, la nueva novela de Bernardo Esquinca, hay una variedad de obsesiones, de temas y géneros literarios que le interesa trabajar a este escritor mexicano nacido en Guadalajara, Jalisco, en 1972. Está desde luego la Ciudad de México, el Centro Histórico, una saga literaria, un personaje, lo sobrenatural; está el terror, el thriller, la novela de suspenso; el México del pasado y el origen de la nota roja con sus crímenes y asesinos seriales.

“De entrada, para mí era fundamental contarme a mí mismo una ciudad que yo no viví porque la Ciudad de México es una de mis obsesiones. Esta Ciudad de finales del XIX y principios del XX es la ciudad de mis bisabuelos, una ciudad que heredaron mis abuelos. Esta indagación me permitía varias cosas: continuar la saga Casasola que empezó con La octava plaga y continúo con Toda la sangre en la época actual, pero poder contar los orígenes de estos Casasola”, afirma el narrador en entrevista.

Esquinca fue al pasado para encontrar la Ciudad de México de entonces y conocerla mediante el abuelo del protagonista de su saga literaria: Eugenio Casasola, que también es un periodista de la nota roja en la época en la que nace la prensa amarilla. “Me permitía indagar en el pasado de la Ciudad de México, en una época que me parece fascinante porque ese cambio del XIX al XX, que son las bases del país, un país que está entrando a la modernidad con la invención del telégrafo, con la luz eléctrica, con los ferrocarriles, pero que a la vez siguen las supersticiones muy a flor de piel, es algo que me fascina”.

En la ciudad retratada por Bernardo Esquinca todavía se escuchan los ecos de La Llorona, Pachita La Alfajorera, Don Juan Manuel que va por ahí peguntando la hora, de la Mulata de Córdoba que se fugó de la prisión de San Juan de Ulúa, del espiritismo

“Cuando armé todo esto en mi cabeza, me di cuenta que podía funcionar en mi saga y en mis intereses personales hablar de los orígenes de la nota roja y por qué mi Casasola del presente se puede comunicar con los muertos. Esta novela tiene lo mismo que las otras, aunque es una saga se puede leer independiente, el lector no necesita ni ir en orden ni leerlas todas, si las lee todas tiene en espectro más amplio, pero cada novela de la saga es autoconclusiva, tiene una trama que empieza y termina, se puede leer separada de la saga, si lees la saga tienes los orígenes y entonces esta es como una precuela”, señala Bernardo Esquinca.

En Carne de ataúd (Almadía), Esquinca toma la historia de Francisco Guerrero Pérez, el asesino serial mexicano de finales del siglo XIX, conocido como El chalequero, para emprender su historia. El chaquelero es como el trasfondo de la novela, luego hay otra trama que se impone sobre la misma trama que es otro asesino, éste sobrenatural, que el pueblo llama La Bestia.

“Lo que ocurre es que El chalequero me dio justo las pautas de los tiempos en que iba a ocurrir la trama, porque empieza a matar en 1888, lo atrapan, está preso 20 años en el castillo de San Juan de Ulúa, y regresa en 1908 y vuelve a matar: Había que contar esos dos momentos en los que El chalequero está cometiendo sus crímenes que curiosamente y sobre todo significativamente enmarcan el auge y la caída del Porfiriato; o sea en 1888 Porfirio Díaz está en su mejor momento y en 1908 estábamos al paso de la Revolución”, agrega Esquinca.

El autor de Belleza roja y La octava plaga quería contar los dos hechos y lo que había en medio, eso convirtió su novela en una historia no lineal que va saltando nerviosamente por épocas; un rompecabezas. “Además, al gobierno de Porfirio Díaz le convenían este tipo de asesinos porque servía para resaltar que el pueblo era una amenaza, porque El chalequero viene de extracción humilde y los criminalistas de la época creían que existía el asesino nato. El chalequero cubría con eso”, afirma Esquinca.

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