“Ser primer bailarín no es el meollo de la vida”

El mexicano Pablo von Sternenfels, quien destaca en el Ballet de Stuttgart en Alemania, habla de su ascenso en el mundo de la danza

El joven de 22 años, en la imagen en el Stuttgarter Staatstheater, inició a los nueve años; también estudió en EU y Cuba. (FOTO: CORTESÍA CARLOS QUEZADA)
Cultura 25/10/2016 00:20 Alida Piñón Actualizada 17:53
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A Pablo von Sternenfels le encantaba jugar futbol. El arte era parte de su vida, su padre es actor, uno de sus hermanos es músico y el otro, cineastea. Entre la escuela y el deporte, la danza llegó a su vida y comenzó a ser un sueño mientras veía una y otra vez videos de Mijaíl Barýshnikov. “Yo quiero sentir lo que él siente cuando está en el escenario”, se dijo a los nueve años de edad.

“En mi familia a todos nos gusta bailar. Mi papá es actor. Mi mamá hace de todo, es promotora cultural, trabaja en cine. Mis hermanos crecieron con todas esas influencias y cada uno de nosotros empezó a tener intereses en distintas ramas del arte porque era lo único que veíamos desde pequeños, era lo que nos daban de comer y de cenar. Recuerdo que íbamos a ver las presentaciones de mi papá y desde pequeños estuvimos acostumbrados a ver los escenarios. Además, a veces mi papá nos integraba a sus obras y reunía los talentos de cada uno. Mi hermano pequeño es saxofonista, mi hermano Emilio es actor y cineasta, y a mí me tocaba bailar. Así empezó todo. Creo que no vi de otra”, dice el artista en entrevista.

Pablo nació en la Ciudad de México hace 22 años. Comenzó sus estudios de ballet en Chicago, en el Taller Coreográfico de la UNAM, en la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBA y en la Escuela Nacional de Ballet en Cuba.

Se graduó en 2012 después de dos años en la academia de la John Cranko Schule de Stuttgart y se convirtió en aprendiz en el Ballet de Stuttgart; una temporada más tarde fue tomado en el cuerpo de baile. En 2014 fue ascendido a demi solista. Y en 2015 se convirtió en solista, uno de los puestos más relevantes de una de las compañías más importantes del mundo.

 

¿Cuándo el ballet se convirtió en un objetivo profesional?

Empecé a estudiar en Chicago y me gustaba mucho la atmósfera, me encantaba ir a un lugar y bailar con otras personas. Creo que desde niño supe que me iba a dedicar a la danza porque me gustaba, entre más danza veía más me convencía de que era lo que yo quería hacer. Todo se me dio de manera natural. Antes de entrar a la Nacional de Danza mis días se dividían entre mis clases de futbol y mis clases de ballet. Yo estaba muy metido en el futbol. A los nueve o 10 años pensé que si ya estaba metido en una academia de ballet, entonces a eso me tenía que dedicar. ¿Qué sabe uno a esa edad? Creo que tuve suerte y salió todo muy bien.

 

¿Cuándo es que entra Cuba en el panorama?

Siempre tuve maestros cubanos en México, Alina Castillo, Álvaro Carreño, Gustavo Echevarría. Desde muy pequeño me educaron con la técnica cubana. Escuché tantas cosas sobre ese país, que para mí fue muy natural ir a allá para seguir estudiando. Yo debía ir a Cuba.

 

¿Y qué pasó cuando descubriste otras técnicas en Alemania?

Me sorprendió mucho mi maestro, era tremendo. Era mayor, tendría más de 80 años, era ruso y no hablaba inglés ni alemán, sólo ruso, así que todos debíamos entenderle a como diera lugar. Aprendimos sólo un par de palabras en ruso, pero comprendimos sus gestos, sus ademanes, sin palabras podíamos entender qué es lo que quería. Fue muy exigente y aprendí muchas cosas con él. Fui muy afortunado. Mi grupo era increíble, todos teníamos tantas ganas de aprender, éramos muy diferentes entre nosotros, pero cada uno era muy bueno en su propio estilo, de tantos; con jóvenes de tantos países y culturas diferentes, uno puede comprender muchas cosas. Además, vivía en un país nuevo para mí en todos los sentidos. El primer año fue muy padre para mí. No sabía alemán, llegué diciendo hola y adiós, tarde mucho tiempo en agarrarle la onda al alemán. Hoy me siento más cómodo, puedo tener una conversación y soy capaz de comunicarme, esto lo cambió todo, entender qué te dicen y poder expresarte ayuda a sentirte mejor.

 

Fue un cambio radical en todos los sentidos...

Sí, desde el idioma hasta la comida o la temperatura. Llegué a Alemania en el momento correcto. Soy muy joven y uno no puede dudar de hacer las cosas. Me sentía muy bien en Cuba, no podía estar mejor, era muy feliz, pero entonces llegó la oportunidad de irme a estudiar a Alemania y me pregunté ¿por qué no? Decidí echarme el salto y por fortuna todo ha salido bien. Tuve el apoyo de toda mi familia, de mis padres y de mis hermanos somos como una uña y carne, pese a la distancia. Mi hermano Santiago irá a Ámsterdam al Conservatorio, así que lo tendré cerca y podré ir un fin se semana a visitarlo, es genial. Aquí he conocido mexicanos, no sólo en el ballet, sino en distintas ramas, que podrían estar en donde quisieran, hay mucho talento de este lado. Es muy bonito toparme con los compatriotas.

 

Cuando empezaste querías ser como Barýshnikov. ¿Y ahora?

Siempre seré admirador de Barýshnikov, pero cuando yo empecé a bailar a los nueve años, él era todo para mí, yo quería bailar como él, quería ser como él, quería subirme a un escenario y sentirme como yo creía que él se sentía. Yo veía sus videos una y otra vez. Hoy ya no es así. Ya no hablo tanto de él como cuando era pequeño, pero creo que será siempre una gran inspiración para mí, fue y es un genio, estoy seguro de que su danza inspiró a muchísimos chavos a bailar, yo fui uno de ellos. Ahora mis referencias son más amplias. Con el tiempo he conocido a muchos Barýshnikovs, a mucha gente muy talentosa, a cualquier lugar que voy con la compañía me encuentro con gente que admiro, admiro a mis amigos, a la gente con la que trabajo en el Stuttgart, a gente de otras compañías. Uno puede alimentarse del talento de la gente y en cada rincón y en cada país hay artistas hermosos. Las influencias no llegan sólo de la gente de danza, deben llegar de todo ser humano. Y al final, con todo eso, uno busca ser como uno mismo.

 

¿Y qué clase de bailarín eres o quieres ser?

No lo sé, nunca me lo he preguntado. Cuando salgo al escenario espero darle gusto a las personas porque yo lo estoy disfrutando mucho. No quiero que me recuerden como el bailarín que hizo tal cosa, sino que recuerden la emoción que sintieron conmigo, que les queden en la memoria todos los sentimientos que tuvieron mientras veían cómo yo les estaba contando una historia o transmitiendo una emoción. Sólo espero tener la suerte de ser capaz de lograr que el público sienta algo con lo que hago.

 

Viste a la Compañía Nacional de Danza durante tu reciente visita a México. ¿Qué te pareció?

Me emocionó mucho porque conozco a muchos de los que bailan ahí, son amigos míos. Me puse muy nervioso, ansioso. Me encantó ponerme del otro lado y disfrutar del talento de mis amigos. Pude ver Giselle y es un ballet que me gusta mucho. Hace mucho que no lo veía. Bellas Artes es uno de mis teatros preferidos, quizá es mi favorito, tiene una atmósfera hermosa, es un teatro con poder, con peso. Yo bailé ahí en mi primer año en la Escuela Nacional, hace muchos años. Ojalá algún día pueda volver como un profesional. Estuve a punto de ir, pero no se pudo, no nos organizamos correctamente, pero espero que pueda suceder.

 

¿Ser primer bailarín es una aspiración?

No lo creo. No es el meollo de la vida. No es lo más importante que nos puede pasar a los bailarines. Lo que realmente debe importarnos es bailar y ser felices al hacerlo. Yo, por ahora, quiero bailar y no me importa si es como cuerpo de baile, aprendiz, solista o primer bailarín. Si bailar me hace feliz y me da para comer, ¿qué más puedo querer de la vida?

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