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roberto.jimenez@eluniversal.com.mx
Ignacio Calderón forma parte de una familia de fabricantes de calzado que hace 40 años decidió competir contra las zapaterías que estaban en el centro de Guadalajara, en donde se ofertaban los productos más finos de la ciudad.
Se instaló en Plaza del Sol, que abrió en 1969 y que se distinguió por ser uno de los primeros centros comerciales de América Latina.
“Entramos con el objetivo de desplazar el zapato de dama que fabricábamos, y le ‘rentamos’ el departamento de caballeros a Michel Domit, cobrándole una comisión”, recuerda el director general de Gran Vía.
A 40 años de su fundación, la empresa dejó de fabricar calzado y se especializó en importar las mejores marcas. Emplea a alrededor de 140 personas y cuenta con cinco sucursales en Guadalajara, tres en la CDMX, dos en Cancún y una en Playa del Carmen.
Un momento que marcó su historia fue en 1986, con el ingreso de México al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por su sigla en inglés), que sentaría las bases de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que implicó importar calzado europeo con un impuesto de sólo 20%.
“Europa tiene una tradición de producir calzado de lujo. España era importante. Ahora el líder es Italia. Fuimos los pioneros en traer mercancía de lujo importada”, dice.
Desde entonces, la relación entre zapaterías Gran Vía y los centros comerciales más exclusivos ha sido uno de los factores clave para su éxito.
La gran crisis. “En 1994 me incorporo de lleno a la empresa con la consigna de diferenciarnos. Decidimos inundarnos de mercancía importada”, recuerda.
Antes de que llegara el primer embarque ocurrió el “error de diciembre”, al inicio de la administración de Ernesto Zedillo, y la cotización del dólar se disparó. El precio de los productos representaba cuatro o cinco veces el de un par de zapatos de calidad equivalente hechos en México. “Se empezaron a vender”, dice Calderón. “No era mucho, y el margen de utilidad era pequeño, pero compramos un poco más, eventualmente con un mayor margen, hasta que se normalizó el negocio”. En cinco años, Gran Vía fue el único importador mexicano de calzado de lujo, declara.
A diferencia de esa época, la incertidumbre que se vivió a finales de 2016 e inicios de este año con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos se ha podido sobrellevar, afirma, e incluso espera que 2017 sea un año favorable.
Estilo y moda. El siguiente hito para Gran Vía llegó en 2000, cuando se firmó el Tratado de Libre Comercio entre México y la Unión Europea, que significó pasar de 35% a cero en materia de aranceles aplicables a la importación de zapatos. La relación con Salvatore Ferragamo le permitió a la empresa distinguirse y a la fecha cuenta con la única franquicia en el país para vender la marca; le abrió puertas y llevó mercancía a Palacio de Hierro y Saks Fifth Avenue.
En el mercado de calzado de alta moda uno de los elementos clave tiene que ver con el manejo adecuado del inventario, considerando que por tratarse de productos de costo elevado, elegir adecuadamente los modelos a los que se va a apostar incide en tener o no buenos resultados.
Hace cinco años se integraron dos consejos de moda —en Guadalajara y CDMX—, en los cuales participan los encargados de compras, fashion bloggers y socialités. “Nos juntamos tres veces al semestre”, dice. Aunque la empresa no descarta regresar a Monterrey, apunta a la CDMX.
La inversión requerida para abrir una nueva sucursal es de casi 10 millones de pesos. “En Ciudad de México estamos por abrir una tienda por año”, dice. “Está el proyecto de Artz Pedregal y también Mitikah”.
Pese a que una de sus fortalezas es la atención a sus clientes, a partir de 2015 el comercio electrónico se consolidó: al cierre de 2016 registró un crecimiento de 300% en las transacciones realizadas.
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