Carlos F. Matute González

La ética política y el pasado. ¿Quién es inmoral?

15/02/2019 |05:20
Redacción El Universal
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Max Weber, en El Político y el Científico, afirma que lo que realmente corresponde al político es el futuro y la responsabilidad frente a él, pero que es ineficaz –pierde la brújula- cuando se distrae en cuestiones insolubles y políticamente estériles como cuando el vencedor escudriña en el pasado para culpar a los vencidos y conseguir mayores ventajas a cambio de una confesión de culpa. No hay nada más abyecto –dice el sociólogo– que la “utilización de la ética como medio para tener la razón” (Alianza Editorial, 1979, pp. 168-171).

La ética y la política tienen relaciones de responsabilidad y de convicción. La primera está vinculada con los resultados de un gobierno y éste es ético cuando en una sociedad desigual como la nuestra, sus acciones combaten eficaz y eficientemente a la pobreza y mitigan la desigualdad social. La segunda se asocia a la causa que se persigue y, desde esa óptica, un político es ético cuando es congruente con los valores que defiende y contundente contra las ideas de los adversarios a los que se opone.

Ambas relaciones son complementarias. La responsabilidad exige que la acción se lleve a cabo tomando en cuenta las consecuencias posibles, los fines no justifican los medios, y la convicción, en en una democracia, requiere que haya un espacio para incluir los intereses y puntos de vista del oponente político, el compromiso ideológico no debe ser excluyente. La eficacia o la adhesión a una causa extremas son incompatibles. Me explico.

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La creencia en que toda relación entre lo público y lo privado es corrupta o, por lo contrario, que toda acción de los órganos del Estado es ineficiente, conduce a la exclusión del otro y a que el ejercicio de la autoridad no tome en cuenta los efectos nocivos de llevar a las últimas consecuencias las acciones que derivan de un pensamiento único.

En ese sentido, si se sostiene que la cooperación con las organizaciones de la sociedad civil es mala por naturaleza e ideológicamente incorrecta y, en congruencia con este pensamiento, que se expresa como verdad absoluta, se procede a la eliminación de todo tipo de subsidio o convenio, lo que sigue es afectar a todas las personas beneficiadas por las asociaciones público-privadas, sin importar su condición, ni sus relaciones con lo político o los partidos.

Entonces, la causa se constituye en el único fin del político, es el faro de la moralidad política y la vara con la que mide a los demás: aliados y adversarios. Los conflictos que se provocan y sus efectos negativos pasan a un segundo plano y las “molestias” son parte del costo que se debe pagar para lograr su triunfo total. La aniquilación absoluta de la corrupción –la construcción del paraíso de los honestos- se asemeja a la propuesta marxista de la desaparición del Estado o a la promesa de la resurrección de los muertos. Ambas fuera de este mundo.

En estas condiciones, el discurso de los vencidos contra el vencedor exigiéndole resultados es arar en el desierto. Es estéril la crítica al político que funciona sólo por convicción y que mueve la pasión de la muchedumbre con promesas de una nueva ética. Esto conduce a que nadie sea capaz de ver más allá de su propia causa y suele dar origen a las épocas de conmoción social. El adversario paulatinamente se convierte en una persona hostil, en un enemigo, con el que el diálogo es imposible y el único camino es su sometimiento.

Lo dicho puede aplicarse a lo que pasó en Alemania, entre 1918 y 1933, que visionariamente bosquejó Weber. Cualquier relación con lo que estamos viviendo es pura coincidencia. La oposición al nuevo gobierno se desdibuja conforme avanza el sexenio porque carece de una causa suficientemente convincente y la integran los mismos personajes que fueron derrotados en las elecciones. No hay renovación de cuadros, ni de ideología. Representan el pasado que fácilmente es calificable de inmoral, aunque no haya pruebas jurídicas.

Esta circunstancia, en términos del análisis weberiano, es un terreno propicio para que la ética política se convierta en una exigencia absoluta de un movimiento transformador que utilice cualquier medio, incluso el “culto renacentista por el héroe”, para imponer un proyecto a cualquier costo. Aquí aparece el mayor riesgo en un político: la vanidad que lo vacía de su pasión por servir y merma gradualmente su responsabilidad frente a su causa. El argumento de la ética política contra el pasado es una ruta directa para la justificación de todo: los mayores costos sociales y económicos, el rechazo al reclamo de los afectados, la falta de resultados o la parálisis gubernamental. Estemos atentos.

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel I
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