El poder solo lo es de verdad cuando se ha conseguido apoderarse de la palabra. La palabra es tan importante, que por eso quienes la consiguen la usan y mucho. Hablan los políticos y hablan los empresarios, hablan los eclesiásticos y hablan los intelectuales, habla todo aquel que puede, así sea en las redes sociales a las que ahora muchos tienen acceso.

El presidente Luis Echeverría hacía informes que duraban seis horas, durante las cuales nunca paraba de hablar, y en tiempos del rector Jorge Carpizo, las reuniones de Consejo Universitario duraban hasta catorce horas porque todo mundo quería opinar y había puntos en la orden del día en los que se apuntaban más de sesenta oradores que podían hablar sin tiempo límite.

¡Cómo nos burlamos de Martha Sahagún de Fox, porque de todo opinaba, por igual de las transformaciones de la familia que de las formas para ser feliz, de los principios de la comunicación social que de la espiritualidad personal, de cómo resolver la violencia doméstica que de la salud reproductiva, de la educación de los padres que de formas para aliviar la pobreza extrema! Allí estaba la señora apelando a “los principios” y a “los grandes valores”, impermeable a las opinones y a las críticas, decidida a seguir por el rumbo que eligió y del modo en que decidió hacerlo: “Lo seguiré haciendo digan lo que digan y le pese a quien le pese”, “Nada ni nadie me detendrá.”

El problema está en que en el afán por soltar más y más palabras, nuestros poderosos terminan por enredarse, por no decir nada aunque parezca que dicen mucho, por cambiar por completo lo que supuestamente quieren decir y lo peor, por decir lo que no deberían decir.

A AMLO le gusta hablar. Lo ha hecho siempre. En 2006 esto les respondió a los reporteros que le reclamaban porque dosificaba la información: “Espérense. En vez de decirles vamos a ver, ¿si?, y no soy categórico porque yo no tenía todos los elementos. Y les digo no. Y resulta que sí. Ahí, ayer, no, pues imagínense, no digo nada, ya, retiro lo dicho, imagínense, ¡Miren, dijo que no, y miren! Entonces, yo no tengo que actuar”.

Y lo sigue haciendo hoy en conferencias todos los días, algunas que duran más de dos horas, y en las cuales llega a decir cosas increíbles como que tenemos menos muertos que otros países y pide perdón por eso, o que en la cultura lo importante son las becas para jóvenes pobres y lo demás “es accesorio”, o diciéndole a los jueces de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que no se dejen intimidar y acepten la consulta sobre el juicio a expresidentes, siendo que el único que los puede intimidar es precisamente el gobierno, ese que antes, según sus propias palabras, los maiceaba.

Pero la suya es una narrativa que una y otra vez nos recuerda su singularidad y sus principios, de modo que como escribe Andrés Pola, no aparece como un hombre con ideales, “sino que es el ideal mismo de hombre: el sujeto social total cuya buena voluntad basta para poner las cosas en orden”.

El resultado está a la vista: tanto rollo no solo confunde y enreda, sino que enquista los enconos y hace inevitables las confrontaciones. Un poco de moderación en el uso de la palabra nos haría mucho bien. Porque como dijo alguna vez Elena Poniatowska: los políticos hablan demasiado y no saben ni freír un huevo.

Escritora e investigadora en la UNAM. sarasef@prodigy.net.mxwww.sarasefchovich.com

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