A Federico García Lorca –y su Verde que te quiero verde– en el 125 aniversario de su nacimiento, 5 de junio de 1898

, precipitándose, evaporándose, transpirándose, llorándose, bebiéndose. Agua que regresa a la mar, a la tierra, a los ríos, a los lagos, a los humedales, a los desiertos, a la selva.

Selva que te quiero selva, verde, amarilla, ocre, multicolor. Selva femenina, tenaz, misteriosa, no escuchada e incomprendida que lucha por ser. Selva fría, magallánica, monzónica, ardiente, selva lírica, siempre amorosa, indómita, irrenunciable.

La misma selva amazónica del onomatopéyico Ay, ay, mama —espíritus abandonados de chiquillos transmutados en ariscos pájaros bruja que en noches de luna cantan sin dejarse ver y añorando retornar a sus madres. En donde la alucinógena ayahuasca convive con las afrodisíacas cumaceba y huacapú.

Selva seca, húmeda, alta, baja, montana, frondosa y climática que paraliza y absorbe la luz solar. Selva que nos protege, que se nutre de dióxido de carbono y exhala oxígeno dando vida a torrentes. Desde siempre. Jungla impenetrable que nos conmueve, que minúsculos como somos nos hace humildes en la inmensidad biológica planetaria. Bosque húmedo nublado de hojas anchas caducas sobre suelos ácidos someros, en donde torrencialmente llora el cielo para dar sentido a la existencia. Para dar sentido a todo lo vivo.

Selva sagrada y suntuosa de Yo soy aquel de Rubén Darío, selva de Tres nocturnos de la selva en la ciudad de José Emilio Pacheco, selva madre macondiana de Gabriel García Márquez y de versos de Pablo Neruda que coronan de amor toda selva virgen.

Selva de tigres y la ley de la selva. Del rey de la selva y símbolos y sombras de El otro tigre de Jorge Luis Borges, y del tigre villano y la pantera sabia que acechan y cuidan a Mowgli —bebé humano adoptado por lobos que habla con los animales— del Libro de la selva de Rudyard Joseph Kipling. Selva del caucho y las minas de oro de la Orinoquía venezolana, la de la Canaima amarga de Rómulo Gallegos, la de brujos que cazan tigres y leen las estrellas, con o sin ayahuasca.

Selva que te quiero selva.

Selva de amantes nocturnos que se fugan para ser devorados por ella en La vorágine de José Eustasio Rivera –una de las novelas favoritas de mi madre, sólo después de María de Jorge Isaacs y la Montaña mágica de Thomas Mann. Selva de morichales venezolanos, repleta de palmas moriches. La de lazos de plata y esmeraldas rizos que parecen barco en una selva habitada por erizos, de Félix Lope de Vega –a quien Pedro Pablo, mi profesor de literatura, nos forzaba a leer a tierna edad.

Selva de fronda parlante en que se mece el pecho germinal del bardo druida, con la selva por diosa y por querida, en El son del corazón de Ramón Pérez Velarde. Selva de ni a las palomas de tu selva diste, en Ten piedad de mí de Jorge Isaacs. Selva Jardín del Edén de Sumaumeiras, orquídeas y ollas de mono, palos de rosa, palmas y chuchuhuasa.

Selva fotosintética mancillada, quemada, talada, sufrida, llorada, violada cada día.

Selva Maya y Selva Lacandona mexicanas asediadas. Selvas acorraladas del río Plátano en Honduras, de Barro Colorado en Panamá y del Darién entre centro y Suramérica. Selvas amazónicas perseguidas en Brasil, Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Guyana, Surinam y la Guayana Francesa. Selvas hostigadas del Pantanal, los Yungas, el Gran Chaco y la Mata Atlántica en Bolivia, Brasil, Paraguay, Argentina y Uruguay.

Selvas africanas acosadas en la Cuenca del Congo —República Democrática del Congo, Congo, Angola, Burundi, Camerún, República Centroafricana, Ruanda, Tanzania y Zambia. Selvas sacrificadas de Asia Pacífico —Papúa Nueva Guinea, Borneo, Indonesia, Tailandia, China, India, Brunéi, Camboya, Laos, Malaysia, Myanmar, Filipinas, Tailandia, Vietnam y Australia.

Selvas, todas nuestras selvas.

Basal, aluvial, nimbosilva, riparia, selva pantanosa de vientos alisios. Exuberante, confusa, marañosa, medicinal, misteriosa selva ecuatorial. Selva isotérmica, multicromática, latitudinal. Selva caducifolia que pierde todas sus hojas cuando no llueve, selva que no sólo es matorral con montones de árboles.

Selva que desde un cielo azul y las copas de árboles gigantes vigila su piso verde tapizado de helechos, musgos y hongos –para eventualmente trepar triunfante como liana que ha germinado en el suelo. Selva de bacterias, protozoarios, insectos, anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Selva iluminada, selva en tinieblas, selva obscura. Selva de agua, selva tropical y subtropical que con su sola presencia avasalla dominios desérticos.

Selva, selva, selva. Selva freática en donde 80% de la biodiversidad terrestre planetaria nace, vive, muere, se transforma. En donde más de 1,000 comunidades y 50 millones de indígenas viven o dependen de las selvas tropicales. Esta es la selva que te quiero selva.

Morada de caobas, caucho, kapok, guanábana, palma, balsa, gaboon, utile, canela, jelutong, dipterocarpos, higo estrangulador agresivo, árbol paraguas y el gigante brasileño angelim vermelho de 88 metros de altura, 10 metros de circunferencia y 500 años de edad. Hogar de gorilas, mariposas y okapis, tigres, tapires y perezosos, jaguares, jaguarundis, monos aulladores y capibaras, cacatúas, ranas y orangutanes, anfibios, hormigas, manatíes y delfines rosados, nutrias, caimanes, anacondas y el cuscús ursino, un marsupial que solo habita la isla de Célebes.

Selva negra, verde, selva coloreada. Selva sonora, silenciosa, sinfonía de biomasa. Femenina, madre cariñosa salvaje, incondicional –la que nos alimenta, nos irradia, nos arropa, nos sana a pesar de todo. Selva de todos.

Si algo hemos de amar hoy, 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, amemos a la selva.

Epílogo. , las selvas y bosques cubren casi un tercio de la Tierra –4,060 millones de hectáreas, o media hectárea por cada persona. El planeta perdió 178 millones de hectáreas de selvas y bosques desde 1990. En las últimas décadas México perdió la mitad de su cobertura vegetal natural y cada año pierde 128,000 hectáreas de selvas y bosques.

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