Mis lecturas recientes tienen puntos de coincidencia. Escritas desde la madurez de sus autores, sus protagonistas visitan la memoria de otros días: como compartí aquí sobre la infancia y la Ciudad de México en La infancia cristalina, de Rafael Pérez Gay; o Antonio Muñoz Molina en su entrañable novela No te veré morir, que visita el amor de juventud y el Madrid de los años 70. Hernan Lara Zavala acaba de publicar El último carnaval (Alfaguara), una novela de crecimiento, bildungsroman —como se le llama— pero también una novela del encuentro con la vocación de escritor, además de ser un documento de época. Cumplidos más de 60 años, Adrián se dirige a su primer amor, esa chica que le gustaba desde la secundaria, y hace un recuento de su vida en la colonia Del Valle, las pugnas entre grupos y territorios, cómo se quería parecer a su hermano Jorge hasta que su imagen venerada se desploma después de una pelea callejera en el último carnaval del Club Italiano de 1959 (¡había carnavales con carros alegóricos en la colonia Del Valle!). Se pregunta si Magdalena todavía vivirá y si acaso se acordará de él.

Asistimos a los detalles de una paulatina pérdida de la inocencia mientras el protagonista se forma en escuelas como el Instituto México o el CUM, donde Adrián descubre ciertas lecturas y arma un grupo con el nombre El desarmador, en honor a la bebida de una época. El telón de fondo de los años 60 es punto de quiebre de un cambio global que dio voz a los jóvenes, y una libertad que la música y el atrevimiento del rock and roll permitió hasta llegar en México al desenlace trágico del 68. El último carnaval hace hincapié en los distintos momentos en que Adrián se despoja de una y otra máscara porque tal vez crecer es encontrar y serle fiel a nuestra esencia. Adrián encuentra en la escritura el mejor destino para un estudiante de ingeniería que luego deviene especialista en letras inglesas, (cualquier parecido con la con el autor deriva de la propia experiencia del Lara Zavala). Así Hernán, cuya novela anterior se llamó Macho viejo, que se abrió pasó en la literatura con las novelas yucatecas como Charras o Península península, ahora toca su circunstancia y su tiempo y confiere a la colonia Del Valle, a la clase media católica, a un mundo dividido entre lo que hacían los hombres y las mujeres, una presencia literaria. Esta es una novela de madurez que se refiere a la juventud, en cuya Obertura (la novela cierra con una Coda inesperada) el narrador afirma: qué complejos son la memoria y el corazón. Una novela escrita desde el corazón de la memoria, donde los hallazgos del escritor se reflejan en la propia forma de la novela, un primera parte dickensiana desde el yo, en palabras del propio autor, y una segunda parte que ensaya formas literarias diversas, mientras Adrián transita por la universidad, donde los anhelos de cambio, la conciencia política, la experiencia del amor y el sexo se reflejarán en textos donde hay juego de voces narrativas, crónica, y la culminación con un relato en reversa, que aunque podría leerse con independencia del resto, es una contundente muestra de que el protagonista se ha convertido en un escritor de cuerpo entero.

Sin duda, la educación sentimental de cada generación tiene sus particularidades, pero ser un adolescente y devenir adulto en los años 60 es haber estado en el parteaguas de dos formas del mundo y tener el rock como eterno acompañamiento. Aquel anhelo de libertad, rebeldía, cachondería, desprecio hacia la parte convencional del mundo que transformó a Adrián al escuchar a Elvis tendrá que ver con el camino elegido: un escritor no puede acatar el orden del mundo, de algún modo debe ser rebelde.

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