El aspecto del Zócalo capitalino siempre está en boca de todos. Que si está cercado con vayas, si hay un plantón de manifestantes, si habrá un concierto o exposición o si cerrarán la estación del Metro más cercana.

De la misma forma, hace 150 años una de las modificaciones más controvertidas fueron los árboles que se colocaron para adornar la Plaza de la Constitución, para sorpresa de algunos de sus habitantes.

En entrevista para , la doctora en Letras por la UNAM, Pamela Vicenteño Bravo, comparte datos históricos de un escritor y diplomático mexicano del siglo XIX, quien en su escrito “Apólogo Nocturno” imaginó un diálogo entre árboles y arbustos del zócalo acerca de los contratiempos a los que estaban expuestos.

Una toma desde lo alto de la Catedral Metropolitana hacia la arbolada Plaza de la Constitución y sus alrededores. Al fondo se aprecia el famoso Callejón de la Diputación que desaparecería unas décadas más tarde para abrir la avenida 20 de Noviembre. Imagen: NYPL.
Una toma desde lo alto de la Catedral Metropolitana hacia la arbolada Plaza de la Constitución y sus alrededores. Al fondo se aprecia el famoso Callejón de la Diputación que desaparecería unas décadas más tarde para abrir la avenida 20 de Noviembre. Imagen: NYPL.

También aprovechó esta alegoría para criticar el desacierto de las autoridades capitalinas al plantar y revolver especies de otros climas y distintos tamaños en este lugar y, por otra parte, las reacciones de los capitalinos de la época.

En la imaginaria plática una Acacia se queja con un Floripondio de estar enferma, mientras una Mimosa externa su cansancio por no poder dormir a causa del alumbrado público que tiene junto y dice que todas las plantas necesitan la oscuridad de la noche para reponerse y hacer el intercambio de dióxido de carbono a oxígeno, en beneficio de la raza humana.

El floripondio, también conocido como trompeta de ángel, es un arbusto muy usado en América Latina por la belleza de sus flores, pero hay que recordar que éstas son muy venenosas al consumo humano. Foto: Wikimedia Commons.
El floripondio, también conocido como trompeta de ángel, es un arbusto muy usado en América Latina por la belleza de sus flores, pero hay que recordar que éstas son muy venenosas al consumo humano. Foto: Wikimedia Commons.
La acacia es un género de árboles propios de África y Oceanía. Su madera ha tenido mucho valor para diversas culturas pero como especie exótica puede ser aún más amenazante que el eucalipto. Foto: Wikimedia Commons.
La acacia es un género de árboles propios de África y Oceanía. Su madera ha tenido mucho valor para diversas culturas pero como especie exótica puede ser aún más amenazante que el eucalipto. Foto: Wikimedia Commons.

Una Bignonia exclama “¡qué crueles son los hombres!”, al quejarse del “tormento” en el que viven, mientras el Floripondio opina que no son los hombres, sino los regidores los causantes de sus penas, ellos son los que los tienen en aquel “purgatorio” de plantas que las gentes siguen llamando jardín”.

Las bignonias son plantas robustas de América que pueden convertirse pronto en árboles de hasta diez metros de altura. Foto: Wikimedia Commons.
Las bignonias son plantas robustas de América que pueden convertirse pronto en árboles de hasta diez metros de altura. Foto: Wikimedia Commons.

Un periodista exiliado que regresó y lo sorprendieron los árboles en el zócalo

José Tomás de Cuéllar, dice la doctora Vicenteño, fue un escritor, periodista y diplomático mexicano del siglo XIX: “cuando ocurrió la Invasión Norteamericana, él era uno de los cadetes que estaba en el Colegio Militar, así que le tocó presenciar la batalla del Castillo de Chapultepec”.

Lo curioso de ese episodio de su vida es que el resultado de aquel terrible suceso, contrario a lo que podría imaginarse, fue que decidió abandonar las armas y dedicarse por completo a las letras.

Cuéllar se preparó en escuelas como el Colegio de San Ildefonso y la Academia de San Carlos. Fue uno de los mayores costumbristas mexicanos de su tiempo. Imagen: Wikimedia Commons.
Cuéllar se preparó en escuelas como el Colegio de San Ildefonso y la Academia de San Carlos. Fue uno de los mayores costumbristas mexicanos de su tiempo. Imagen: Wikimedia Commons.

“Su obra fue relevante porque desde el periodismo y la literatura se sumó a un proyecto cultural que buscaba crear una literatura nacional, de y para mexicanos, al mismo tiempo que quería instruir al escaso público lector”, explica.

En sus novelas, comenta Pamela, José Tomás retrató a la sociedad, sus defectos, sus problemáticas, sus crisis. “Ensalada de pollos”, “Historia de Chucho el Ninfo”, “Las jamonas”, “Los mariditos” y otras más, hablaban de la actualidad de aquel entonces.

Otra cualidad de sus libros es que buscaron dar una salida a los problemas cotidianos, desde un humor muy característico, pues de acuerdo con la doctora, él recurría a la parodia y a la sátira para endurecer su crítica.

Los jardínes, bancas y andadores del Zócalo alrededor de 1906. Imagen: Library of Congress.
Los jardínes, bancas y andadores del Zócalo alrededor de 1906. Imagen: Library of Congress.

Agrega que Cuéllar, como periodista, tuvo dos momentos: “El primero fue de 1867 a 1872: al caer el Imperio de Maximiliano de Habsburgo en 1867, Cuéllar se unió al equipo del El Correo de México, periódico oposicionista de corte liberal, el cual, pese a su efímera circulación (de junio a diciembre de 1867), operó como una contraparte del gobierno juarista recién instaurado”.

Debido a sus punzantes críticas a Juárez tuvo que abandonar la Ciudad de México en marzo de 1868. Por este "exilio" de motivos políticos se dirigió a San Luis Potosí, donde permaneció dos años y medio.

Al regresar a la capital del país, Cuéllar se encontró con una ciudad "modernizada". Sin embargo, este cambio se dio sólo en apariencia pues, de acuerdo con Vicenteño, en el fondo seguía habiendo el mismo retraso.

Una magnífica vista de la Plaza de la Constitución cercana a 1890. Entre muchos detalles destacan: los tranvías de mulitas y los kioscos; el primero, el de los tranvías de mulitas, y el segundo, escondido entre los árboles. Imagen: NYPL.
Una magnífica vista de la Plaza de la Constitución cercana a 1890. Entre muchos detalles destacan: los tranvías de mulitas y los kioscos; el primero, el de los tranvías de mulitas, y el segundo, escondido entre los árboles. Imagen: NYPL.

Señaló que “La elegante y fastuosa” Ciudad de los Palacios estaba llena de defectos: numerosas tiendas en Plateros –la calle principal–, abundancia de coches, peatones que abarrotaban los paseos, la deficiencia del alumbrado de gas, la diferencia de clases sociales y las enfermedades entre los jóvenes.

Ver árboles en el Zócalo, como ver milpa en la catedral

En ese contexto, parece que para José Tomás una de las transformaciones más llamativas fueron los nuevos árboles que adornaban el Jardín del Zócalo. “Este cambio en uno de los paseos más transitados en la Ciudad de México de 1870, realmente lo sorprendió”, afirma la doctora en Letras.

Los árboles que se plantan en las calzadas y paseos, aclaraba Cuéllar, “tienen por objeto dar sombra, y se procura que el follaje comience a cierta altura aglomerándolo en la copa para dejar el tronco esbelto y que no sea un obstáculo que se interponga entre los transeúntes como en un bosque”.

Una toma de la Plaza de la Constitución desde lo alto del Palacio Nacional. En el fondo se ven los arcos del Portal de Mercaderes y del lado derecho la abundante vegetación ocupando la antigua Plaza. Imagen: Library of Congress.
Una toma de la Plaza de la Constitución desde lo alto del Palacio Nacional. En el fondo se ven los arcos del Portal de Mercaderes y del lado derecho la abundante vegetación ocupando la antigua Plaza. Imagen: Library of Congress.

Los árboles del atrio de la catedral Metropolitana eran todo lo contrario para él, pues “El follaje de estos árboles, que algunos llaman “gigantes”, comienza desde el nacimiento del tronco. Las ramas son flexibles y propenden a languidecer e inclinarse como las de los “llorones (sauces)”.

Y es que le llama "gigantes" a unos pequeños arbustos que, de acuerdo con algunas opiniones vertidas en la prensa, aunque estaban “de moda” y eran de “fácil aclimatación y desarrollo”, no daban la sombra suficiente, explica la doctora Pamela.

El desagrado de José Tomás con los cambios lo llevaba al punto de decir, como fingiendo satisfacción, que “otra de las ventajas de estos árboles es que su copa, que es lo que se necesita, no sirve para nada, porque a más de ser muy fea, tiene el aspecto de una escoba”.

Hombres realizan labores en las vías del tranvía alrededor de 1900, del lado izquierdo se alcanza a ver el Kiosco de los Tranvías y al fondo la Catedral Metropolitana. Imagen: Library of Congress.
Hombres realizan labores en las vías del tranvía alrededor de 1900, del lado izquierdo se alcanza a ver el Kiosco de los Tranvías y al fondo la Catedral Metropolitana. Imagen: Library of Congress.

Conforme Vicenteño avanza, resulta menos y menos difícil estar de acuerdo en que las quejas del escritor sonaban como diálogo de telenovela. “No nos llega la camisa al cuerpo con este plantador de ‘gigantes’, porque una mañana mete yuntas al atrio para hacer una milpa”.

El periodista logró dejar de lado su humor para plantear preguntas razonables, con las que daba a entender que hubiera sido mejor plantar fresnos “que con el tiempo formarán una 'calzadita' homogénea y simétrica”. Las ventajas que encontraba era que así lo único entre la vista de los transeúntes y el templo eran delgados y erguidos troncos.

José Tomás de Cuéllar prefería los fresnos por esta razón: sus troncos tienden a ser rectos, un tanto más discretos que un árbol frodoso. Para él eso se prestaba más a embellecer una plaza pública. Foto: Wikimedia Commons.
José Tomás de Cuéllar prefería los fresnos por esta razón: sus troncos tienden a ser rectos, un tanto más discretos que un árbol frodoso. Para él eso se prestaba más a embellecer una plaza pública. Foto: Wikimedia Commons.

Su segunda faceta periodística se ubica en los ochenta: tras haber vivido diez años en Estados Unidos como parte de la Legación Mexicana en el país vecino, a su llegada, en 1882, Cuéllar notó serias problemáticas relacionadas con la reforma del Gobierno, así como con la puesta en marcha de un proyecto modernizador económico y político que desencadenó un fenómeno paradójico: renovación y crisis.

Esto también se vio reflejado en la "modernización" de los paseos públicos. En sus editoriales, publicados en el periódico La Época, criticó las decisiones del Ayuntamiento de la Ciudad de México para embellecer los paseos cercanos a la Plaza de Armas.

Un error sembrar eucalipto en la capital

Entre los errores de la administración que evidenció Cuéllar estuvo la plantación de árboles no endémicos que, puestos cerca de otros árboles, podían afectar el crecimiento y distribución de agua entre ellos.

En este aspecto, la académica expone que a partir de 1821 la Secretaría de Fomento y el Jardín Botánico de la Ciudad de México, bajo la influencia europea, comenzaron a introducir plantas exóticas de Oceanía.

De esta manera, continúa, en 1857 el Real Herbario de Melbourne distribuyó las semillas de eucalipto en Estados Unidos, Sudáfrica, Cuba e Italia; para 1869, el árbol de eucalipto crecía ya en las capitales americanas y en la Ciudad de México.

Un viejo árbol de eucalipto da su sombra al ganado de una granja en su tierra natal, Nueva Zelanda. Foto: Wikimedia Commons.
Un viejo árbol de eucalipto da su sombra al ganado de una granja en su tierra natal, Nueva Zelanda. Foto: Wikimedia Commons.

A partir de entonces, esta especie fue el centro de discusiones sociales, científicas y políticas. Según nos informa la doctora, la polémica giraba en torno a qué tan apropiado era darle espacio a tan exóticos árboles en la ciudad.

Con la intención de dar luz al entredicho en que quedó el eucalipto, Vicenteño cita al especialista en historia de la ciencia por la UNAM, Rodrigo Antonio Vega y Ortega, quien formuló sus propias conclusiones sobre los propósitos de su plantación.

De acuerdo con el también académico, las razones fueron: “ponderar el valor terapéutico de la especie para curar ciertas enfermedades; asumir la tendencia a plantar árboles para mejorar la higiene urbana; evaluar con pruebas la utilidad del eucalipto para las manufacturas de los artesanos y la industrialización nacional; y su empleo como elemento de ornato de los espacios públicos”.

El Zócalo, la Catedral y su entorno en una postal cercana a 1910. Se ve la plaza con árboles, además de la antigua estación de tranvías; a la izquierda está el Portal de Mercaderes con un anuncio de la tienda de sombreros Tardan. Imagen: Colección Villasana.
El Zócalo, la Catedral y su entorno en una postal cercana a 1910. Se ve la plaza con árboles, además de la antigua estación de tranvías; a la izquierda está el Portal de Mercaderes con un anuncio de la tienda de sombreros Tardan. Imagen: Colección Villasana.

En un primer momento, retoma Pamela, dicho árbol fue bien recibido en las clases media y alta, de ahí que dejara de usarse sólo para decorar espacios privados y pasara a los públicos. Así, durante la administración de Vicente Riva Palacio como ministro de Fomento, en 1879 se plantaron 50 mil árboles en los espacios públicos de la capital.

No obstante, científicos advirtieron en 1873, mediante el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, “que la estación de su crecimiento activo (en Australia) se caracterizaba por la abundancia de fuertes lluvias y una atmósfera consiguientemente húmeda”.

Por ello, nos comparte, ya en 1884 los árboles de eucalipto se encontraban tan descuidados que el Ayuntamiento prefería cortarlos, pues, en una ocasión, una rama cayó cerca de una joven y rompió parte del alumbrado público.

Otra denuncia estuvo centrada en la presencia de desocupados que vandalizaban las fuentes, las bancas y los espacios comunes del Jardín del Zócalo: “—Si la policía supiera su obligación, cuidaría de que nadie se sentara en el borde de las fuentes, pero el gendarme es el primero que lo hace.

El jardín ubicado frente a la Catedral hacia 1920. Al fondo se ve el Monte de Piedad, además de la avenida 5 de Mayo; también destaca el busto de Cuauhtémoc que aún existe. Imagen: Colección Villasana.
El jardín ubicado frente a la Catedral hacia 1920. Al fondo se ve el Monte de Piedad, además de la avenida 5 de Mayo; también destaca el busto de Cuauhtémoc que aún existe. Imagen: Colección Villasana.

“A los regidores no se les ha ocurrido todavía que, si bien es posible sentarse hasta sobre un hormiguero, el brocal de las fuentes no está hecho para que se siente nadie; y mientras el populacho se hace digno de tener paseos, se necesita mucha policía para tenerlo a raya”, continua en su escrito.

Al final se dificultó implementar un sistema de riego en el zócalo

La Plaza de Armas, también conocida como Zócalo, sufrió de diversos cambios desde su fundación. A partir de la década de 1880, los ayuntamientos se esforzaron por mejorar los jardines y paseos.

Un ejemplo que nos ofrece es el de Eugenio Barreiro, regidor del Ayuntamiento de la Ciudad de México, quien trabajó en la compostura de la Alameda Central, pavimentó cuatro calles, instaló una glorieta, construyó una cañería y ordenó plantar muchos árboles.

“Sus trabajos fueron muy celebrados debido a que se consideraba que invertir en la imagen de la ciudad era favorable para la higiene de sus habitantes”, nos narra, y señala que al Jardín del Zócalo se le hicieron composturas en la pequeña sección que se encuentra en el atrio de la Catedral.

Zócalo de la CDMX a fines de los años 40. Se observa que la plaza era como un jardín con pasillos. Colección Carlos Villasana.
Zócalo de la CDMX a fines de los años 40. Se observa que la plaza era como un jardín con pasillos. Colección Carlos Villasana.

En 1881, el jardín se encontraba en plena decadencia, por lo que se hizo un llamado al gobierno para que lo arreglara. Para agosto de 1884, se reportó la tala de varios árboles en el jardín. Debido a la presión periodística, la Comisión de Paseos destinó 2 mil 100 pesos para modificar únicamente las bancas de hierro.

En octubre de 1883 se aprobó la Sociedad de Mejoras Materiales, proyecto en el que participó Barreiro. Dicha sociedad tenía la finalidad de recrear la imagen de la ciudad y el encargado de desarrollarlo fue Pedro Rincón Gallardo.

A inicios de 1884 se autorizó la compra de una bomba de agua que surtiera a las oficinas del Ayuntamiento y a las fuentes del Jardín del Zócalo, no obstante, el abasto de agua en el Jardín del Zócalo era insuficiente, puesto que se extraía de un tinaco de la azotea del Palacio Municipal, a diferencia de otras plazas que contaban con tuberías provistas de los manantiales del Desierto de los Leones y Santa Fe.

Nuestra entrevistada finaliza diciendo que el periodista Cuéllar se quejó también de los gastos hechos por el Ayuntamiento en su artículo “El prestigio municipal”, donde explicó que todo se justificaba con la idea de mejorar la imagen de la ciudad; sin embargo, en 1884 muchas plazas se encontraban muy descuidadas.

Fuentes:

• Entrevista a Pamela Vicenteño Bravo, Doctora en Letras Mexicanas.

• Cuéllar, José Tomás de. APÓLOGO NOCTURNO. Nueva Biblioteca Mexicana. Universidad Nacional Autónoma de México.

• Artículos del especialista en historia de la ciencia por la UNAM, Rodrigo Antonio Vega y Ortega.



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