Desde su mirador, “nunca en más de un Siglo se había insultado tanto a un presidente de la República”. Esta afirmación, como muchas otras de las suyas, también es imposible de probar. Pero el periodo mencionado alude al presidente Francisco I. Madero, cuya gestión terminó en la Decena Trágica con el golpe de Estado encabezado por Victoriano Huerta. De modo que el repudio a cualquier cosa que se oponga a sus ideas, las confronte o las desmienta, trae veneno: no existe la crítica sensata ni el debate constructivo ni la deliberación documentada, porque el mundo que lo rodea se divide en dos: obedientes y golpistas.

Por supuesto que llama la atención que sea él, precisamente él, quien se duela de los insultos, que han sido pieza clave de su trayectoria. Es bien conocido el texto de Gabriel Zaid (“AMLO, Poeta”, en Letras Libres, junio del 2018), en el que aplaudía la impresionante capacidad creativa del personaje principal de la política vernácula para propinar apodos degradantes y zaherir a quien se pusiera enfrente. Una habilidad que le ha servido siempre para demostrar, a un tiempo, ingenio, valentía y desprecio hacia sus adversarios, en un juego tan exitoso como interminable de palabras.

En aquel artículo, Zaid, echando mano de su memoria y sus apuntes, hacía un recuento de los insultos utilizados hasta entonces por el poeta López Obrador: “Achichincle, alcahuete, aprendiz de carterista, arrogante, blanquito, calumniador, camajanes, canallín, chachalaca, cínico, conservador, corruptos, corruptazo, deshonesto, desvergonzado, espurio, farsante, fichita, fifí, fracaso, fresa, gacetillero vendido, hablantín, hampones, hipócritas, huachicolero, ingratos, intolerante, ladrón, lambiscones, machuchón, mafiosillo, maiceado, majadero, malandrín, malandro, maleante, malhechor, mañoso, mapachada de angora, matraquero, me da risa, megacorrupto, mentirosillo, minoría rapaz, mirona profesional, monarca de moronga azul, mugre, ñoño, obnubilado, oportunista, paleros, pandilla de rufianes, parte del bandidaje, payaso de las cachetadas, pelele, pequeño faraón acomplejado, perversos, pillo, piltrafa moral, pirrurris, politiquero demagogo, ponzoñoso, ratero, reaccionario de abolengo, represor, reverendo ladrón, riquín, risa postiza, salinista, señoritingo, sepulcro blanqueado, simulador, siniestro, tapadera, tecnócratas neoporfiristas, ternurita, títere, traficante de influencias, traidorzuelo, vulgar, zopilote”.

Desde que tomó posesión, esa lista ha crecido considerablemente gracias a las conferencias mañaneras que prueban, esas sí de manera indiscutible, que no sólo tenemos al presidente más locuaz de la historia mexicana sino al más habilidoso para inventar e improvisar insultos (y otros datos). Sin embargo, en un audaz “machetazo a caballo de espadas” e investido por el cargo que ostenta, el agresor se convierte en agredido, para subrayar enseguida la bondad de su política de tolerancia y no censura. Dudo que haya alguien con dos dedos de frente que caiga en esa trampa, pues nadie que haya vivido en México durante dos años seguidos podría ignorar quién insulta a quien.

La consecuencia más evidente de ese juego de ida y vuelta ha sido, sin embargo, la creciente degradación de la discusión pública que se ha llenado de adjetivos y mentadas cada vez más ofensivas. Si la deliberación abierta, informada y libre es una de las condiciones sine qua non de la vida democrática, en estos años ha sido sustituida por la mecánica de los agravios. Ya nadie se entiende hablando, porque el más poderoso del país ha ordenado la inexistencia de la pluralidad y ha desdeñado cualquier posiblidad de diálogo para optar cada mañana por el vituperio, la descalificación y la mofa, de las que ahora se duele, mirándose al espejo. En un debate con el presidente, como dicen en su tierra, pierde el que respira.

Investigador del CIDE

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