La situación en Gaza es motivo de creciente preocupación entre la comunidad internacional. Esto quedo sobradamente demostrado en una reciente Asamblea General de Naciones Unidas en la que 153 de los 193 países de todos los signos, culturas e historias, votaron por un cese al fuego entre Israel y Hamás y por elevar dicha resolución al Consejo de Seguridad, responsable de promover la paz y la seguridad mundiales.

En la reunión del pasado 8 de diciembre del Consejo de Seguridad, se planteó y discutió esta iniciativa entre los 15 países que lo integran. De los 15 miembros, 13 votaron a favor del cese al fuego, Gran Bretaña se abstuvo y Estados Unidos votó en contra. Dado el poder de veto con el que cuentan los cinco miembros permanentes, el voto Estados Unidos fue suficiente para enterrar la iniciativa. En su ya acostumbrada retórica sobre el tema, el presidente Biden se pronunció después en contra de los “ataques indiscriminados de Israel” que hasta ahora han dejado 18,600 muertos y más de 50 mil heridos, sin contar con la destrucción de infraestructura, la mayor conocida en esa parte del mundo en más de un siglo. Israel ha perdido 150 militares desde que inició la guerra.

Frente a las declaraciones de Biden, Eli Cohen, ministro de relaciones exteriores de Israel, declaró que “continuarán la guerra contra Hamás con o sin el apoyo internacional”. Netanyahu, primer ministro de Israel, declaró “no cometeremos el error de Oslo, de reconocer la existencia de un Estado palestino gobernado por la Autoridad Palestina”, la antítesis de lo que propone Biden. En otra palabras, Netanyahu y sus fuerzas de seguridad continuarán con su guerra de exterminio a pesar de tener en su contra a toda a la opinión pública internacional; mientras Estados Unidos lo siga apoyando con armas, lo que declare Biden públicamente, no parece preocuparle.

Para el resto del mundo, Estados Unidos y su presidente aparecen ya como el principal cómplice de Israel en su guerra contra los palestinos. El discurso de casi un siglo de la defensa de los derechos humanos y las mejores causas, con Estados Unidos como su principal promotor, son ya cosas del pasado. Entre Biden y Trump, ya no parece haber mayor diferencia.

¿Será parte de un cálculo político difícil de entender o es que simplemente Estados Unidos ya perdió la brújula? En este siglo Estados Unidos orquestó ya dos guerra sin victoria (Afganistán e Irak) que poco sirvieron para solucionar problemas del mundo o de esos países (sirvieron para expandir la industria militar y generar pingues ganancias a miles de proveedores privados).

Ucrania entra más dentro de los valores de la defensa de la democracia y la soberanía frente a un ejército invasor pero hasta ahora sin ningún resultado concreto. Quizás lo más grave sea la pérdida de la capacidad que tuvo Estados Unidos en sus buenos tiempos para formar alianzas en torno a las buenas causas y que ahora ha perdido por completo. En el Consejo de Seguridad solo Gran Bretaña estuvo medianamente a su lado y en la Asamblea General más del 90% de los países miembros no votaron con EUA. Israel y Estados Unidos se han quedado solos en esta guerra.

La historia está llena de paradojas. Israel se precia de ser un país educado, civilizado, ordenado y profundamente religioso. Después de los ataques de Hamás del 7 de octubre, altos funcionarios de Israel llamaron a los integrantes de Hamás “animales y bestias, que no merecen ningún respeto”. ¿Como debemos llamar y que tanto debemos respetar a quienes han hecho una matanza indiscriminada de niños, mujeres y ancianos indefensos? ¿La nación de los educados, civilizados y dignos del mayor respeto?

No hay forma de justificar la masacre que se lleva a cabo día con día en Gaza. Es una pena que Estados Unidos, que otrora hizo grandes aportaciones a la paz mundial y a la llamada civilización occidental, quede ahora como la superpotencia que apoya las peores causas, acabando así con el escaso liderazgo mundial que le restaba.

Jaques Attali, en su libro La historia del futuro (2006) anticipa un futuro catastrófico en el que, entre otras cosas, los Estado acuden a prácticas que parecían olvidadas (por primitivas o salvajes) para promover sus intereses sin que nada ni nadie los detenga. Las actuaciones de Rusia en Ucrania y de Israel en Gaza, parecen estar dándole la razón.

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