En las circunstancias globales actuales, en las que hay un gran reacomodo del poder global, el brusco vaivén geopolítico hace que algunos navíos pierdan el rumbo y naufraguen, por lo que los países requieren un hábil timonel que con firmeza guíe el barco.

La política exterior no es un accesorio del gobierno; se trata de una herramienta fundamental para avanzar los intereses de un país y sus ciudadanos. Una política exterior bien entendida debe fortalecer la prosperidad nacional: los acuerdos comerciales y las alianzas económicas son clave para impulsar el crecimiento; la inversión extranjera directa genera empleos y derrama de divisas; y los mercados internacionales ofrecen oportunidades de crecimiento para las empresas nacionales. Además, en un mundo interconectado, la cooperación con otros países en materia de seguridad e inteligencia permite prevenir amenazas a la seguridad nacional; y el intercambio de información facilita la comprensión y atención de fenómenos transnacionales como la migración o el cambio climático. Adicionalmente, la política exterior permite a un país promover sus valores fundamentales y obtener apoyo para iniciativas específicas que sean de su interés; sin olvidar que el diálogo y la búsqueda de acuerdos siempre serán una alternativa preferible a los conflictos armados.

La forma en que un país se comporta en la escena internacional influye de manera relevante en su imagen y reputación global. Una política exterior coherente y respetuosa del derecho internacional fortalece la credibilidad de un país y amplía sus espacios de negociación, lo que es aún de mayor importancia cuando las aguas globales son turbulentas y los cambios inevitables.

Pero para que la política exterior sea realmente eficiente y cumpla con su deber, se requieren al menos dos elementos: visión y recursos humanos y financieros. Desgraciadamente, hoy en Palacio Nacional no se entiende para qué sirve la política exterior y, por tanto, no hay visión, y mucho menos recursos. La austeridad está matando de inanición al músculo diplomático mexicano; hoy no contamos con la infraestructura necesaria para impulsar a México y su visión en la escala global.

Desde el inicio de este gobierno, hace ya cinco años, la política exterior no ha reflejado de forma consistente nuestros intereses nacionales. En las semanas recientes, los ejemplos se han acumulado. A las ausencias ya habituales de López Obrador en los grandes foros internacionales, como la Cumbre del G20 y la Asamblea General de la ONU, se sumó la cancelación de la participación del presidente en la Cumbre del Foro de Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC), que se desarrollará en San Francisco la próxima semana, con el argumento de que "no tenemos relaciones" con Perú, país que este año preside el Foro.

La ausencia de López Obrador en este espacio y su negativa, a inicios de este año, a traspasar la presidencia de la Alianza del Pacífico a Perú, son solo dos ejemplos de la nefasta costumbre de la actual administración de manipular el principio de "no intervención" de la política exterior mexicana, para utilizarlo de manera intermitente de acuerdo a la ideología de los gobiernos. Ademas de Perú, a la vista están los casos de Bolivia, Venezuela y Nicaragua. Cuando las decisiones diplomáticas reflejan los intereses de una persona o un grupo de personas y no una visión de Estado, no podemos ni siquiera hablar de que haya una política exterior sino en todo caso un club de amigos; este es el caso.

Sumado a estos desatinos, la semana pasada tuvimos el episodio de "México se suma, luego no se suma, al G77 + China". Ante la sorpresa de muchos de nosotros, que consideramos que México estructuralmente no tiene lógica como miembro de este grupo de países y que sería anacrónico volver a sus filas, el pasado viernes 15 de septiembre en Cuba, la Canciller Alicia Bárcena, en su intervención en la Cumbre del Grupo, expresó el interés de México por reincorporarse a "los debates y los empeños" de esta alianza. Tan solo un día después, el gobierno cubano dio respuesta al interés de México, anunciando que de manera unánime los países habían aprobado la reincorporación de México al bloque. Apenas tres días más tarde, la cancillería mexicana publicó un comunicado de prensa que señalaba: "México llevará a cabo un análisis de la agenda del Grupo para encontrar aquellos espacios donde México pueda contribuir... Este ejercicio de identificación de temas resulta necesario previo a transmitir la solicitud de participar activamente en los debates del G77 más China". ¿Por fin, queremos o no queremos? ¿Llamamos a la puerta, nos la abren y nos hacemos a un lado? ¿Siempre no? ¿Tenemos dudas?

En una conversación reciente con un alto funcionario de Estonia, este me decía que la noticia de la participación de un contingente ruso en el desfile cívico-militar de México el 16 de septiembre había sido noticia de primera plana en algunos diarios de su país. Para quienes insisten en pintar la participación rusa en el desfile como un acto sin la menor relevancia, quizás considerar que fuimos noticia de primera plana en otros países debiera hacerles reconsiderar. La discusión no es si Rusia había sido invitada en otras ediciones a marchar en el desfile o no, sino en qué condiciones se dio su participación este año. No es ningún secreto la flagrante violación que del derecho internacional y de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas está haciendo Rusia con la invasión a Ucrania. De hecho, México la ha condenado correctamente ante la ONU. ¿Qué hacemos entonces invitando a casa a un ejército cuyas acciones hemos "condenado" frente a la comunidad internacional?

La clara visión que existe entre muchos de los integrantes del Servicio Exterior Mexicano contrasta con la miopía de Palacio Nacional. Y lo más triste no solamente es que se ha decidido ignorar las opiniones y consideraciones de diplomáticos de carrera, sino que además se les desprecia hasta en su vida privada. El hecho de que 185 diplomáticos y sus respectivas familias estén varados en Ciudad de México porque no hay fondos suficientes para echar a andar el programa de rotación de miembros del Servicio Exterior Mexicano es muestra de ello. Algunos diplomáticos mexicanos incluso han decidido renunciar a su derecho de menaje de casa, una de las pocas cosas que los acompañan en su andar por el mundo. Una absoluta falta de respeto a la labor diplomática.

Hoy, mientras los fuertes cambios geopolíticos nos presentan marejadas, el timón del Estado mexicano anda extraviado, el barco navega sin faro, no tiene herramientas y su tripulación ha sido vapuleada.

@B_Estefan

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