“Reflejo de lo invisible” la exposición retrospectiva de Arnaldo Coen, actualmente en exhibición en el Museo de Arte Moderno, hace una mirada a la trayectoria de un pintor cuya edad e inquietud le llevó a evolucionar constantemente a lo largo de las décadas. La inauguración, llevada a cabo el 17 de mayo, convocó a gran cantidad de amigos, admiradores y estudiosos de quien es el artista plástico en activo más importante de nuestro país.

Usualmente clasificado como un miembro de la “generación de la ruptura”, las exploraciones de Coen han pasado por tantas transfiguraciones e inquietudes que es muy difícil ubicarlo como parte de una sola corriente estética. Un artista que se balancea entre la abstracción y la figuración, un creador de la forma pura, pero también de la historia, del lenguaje y de la figura humana. El recorrido de “Reflejo de lo invisible” nos muestra a un joven cercano al expresionismo geométrico, para después entrar de lleno al “hard edge”, una propuesta de contrastes cromáticos duros.

Posteriormente es el cuerpo lo que toma protagonismo. Arnaldo no se queda inmutable en el arte abstracto, o incluso en su disciplina, su quehacer artístico es nutrido de modo continuo de distintas artes, una disposición probablemente adquirida desde la niñez. Hijo de Arrigo Coen, estudioso de la lengua y nieto de una mezzosoprano de fama notoria, la amplitud del arte era desde entonces un hecho fáctico que devendría en la madurez en una obra que se abre a una serie colaboraciones interdisciplinarias. Así es como llegan a la exposición registros de la “Danza Hebdomadaria” donde el cuerpo de la actriz Pilar Pellicer es primero el lienzo y luego es ella quien rompe la jerarquía al apropiarse de los patrones grabados en su piel durante su espectáculo.

Esta es apenas una de las instancias en las que el artista rebasa los márgenes de la pintura y erige puentes no sólo con otros ejercicios artísticos, sino con distintos campos del saber. Basta notar la vela que se extiende en el techo del museo, réplica de la que pintó originalmente para el experimento del antropólogo Santiago Genovés, un viaje marítimo que partía del puerto de Las Palmas, España, con destino a Cozumel, el cuál buscaba descubrir el origen de la violencia.

Su horizonte intelectual despertó el interés de otras figuras importantes, no es de extrañar que entre sus amigos de toda la vida estén el compositor Mario Lavista, el escritor e investigador Guillermo Sheridan y el director de cine Nicolás Echeverría. Es aquí donde una de las cualidades personales de Arnaldo se traslapa a su pintura: es un excelente anfitrión tanto de exposiciones como de reuniones. Te hace sentir un amigo de años.

La hospitalidad destaca en su trabajo pues, aunque técnicamente prodigioso y complejo, es completamente honesto al respecto de sus propias estrategias formales, siendo así un pintor que no sólo busca ser contemplado, sino que enseña a observar. Una serie de pinturas tan rica como “Las batallas de Uccello” se distingue por su tendencia a indicar dónde están sus puntos de fuga, esos caminos normalmente ocultos o semi ocultos en los que el espacio se vuelve inabarcable.

En el texto que le dedica a Coen, Salvador Elizondo habla de una “existencia muda”, con esto refiere a la imposibilidad de interpretar un mensaje discursivo. La obra no necesita decir nada, la obra es. “Reflejo de lo invisible” es un recorrido de propuestas artísticas que llegan a su realización a partir de su propia existencia en el espacio.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame
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