A un mes, el miedo sigue ahí, el dolor no termina

La burocracia también se ha vuelto un problema para los afectados
A un mes del sismo, muchas propiedades de la colonia Condesa permanecen inhabitables, como este inmueble de Ámsterdam 25, casi esquina con Cacahuamilpa (LUCÍA GODÍNEZ. EL UNIVERSAL)
19/10/2017
03:10
Juan Arvizu
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La gente tiene miedo. Pero también está enojada por obstrucciones que levanta la burocracia y complica el vivir sin techo desde el 19-S. Los damnificados ya no interesan y se saben abandonados; les enoja recordar promesas que a un mes del sismo ya son cascajo.

En las áreas de derrumbes, los vecinos tienen rostros de dolor. Miran el vacío donde antes hubo edificio. Otros están impedidos de entrar a sus departamentos a tomar documentos y objetos de valor. Hay quienes duermen a ratos porque los sobresalta el temor.

En los mil 964 kilómetros cuadrados de superficie de la Ciudad de México, las áreas de siniestro mayor tienen una estela de construcciones con daños de diversa índole, desde Lindavista hasta Tláhuac, con miles de edificios y casas que, al menos, requieren de peritajes confiables para saber si se puede o no vivir allí.

Listones amarillos y rojos, inmuebles bajo resguardo de la Policía Preventiva, hasta en predios donde ya no hay nada; edificios que son fantasmas de ladrillo y varilla que pueden caer en cualquier momento caracterizan los escenarios donde hace un mes la ciudad de México libró batallas entre la vida y la muerte.

Silvia García, habitante de Huichapan 20, la Condesa, se enorgullece de la gente, de cómo actuó de inmediato frente a la catástrofe. “Yo vi cómo en Ámsterdam y Laredo, donde se cayó el edificio y árboles encima, se juntaban entre todos para remover los escombros. Pura sociedad civil”.

La voz de Silvia García está en boca de muchos. “La gente que fue rescatada, lo hizo la sociedad civil. Es un orgullo ver a los jóvenes cómo salieron sin importar nada y salieron al rescate y quitaron piedra por piedra. Nunca vi a ningún funcionario. Los políticos son una vergüenza, no están preparados, ellos están en el 2018, echándose tierra unos a otros”, dice.

Un mes ha sido tiempo suficiente para recordar la grandeza de la sociedad. La Condesa, Roma Norte, Roma Sur, Del Valle, Narvarte, Coapa y muchas otras colonias son referencia de la solidaridad de todos con todos: las señoras que preparaban comida para los rescatistas, los comerciantes y restauranteros que trabajaron para la causa común, un ferretero que dio las herramientas necesarias para las labores de rescate.

Hoy, un mes después, vivir se complica, como ocurre a los vecinos de Ámsterdam 28, un edificio de 10 pisos rodeado de construcciones de tres pisos y que en la danza telúrica golpeó bardas contiguas con fuerza demoledora.

Jacqueline González Guerra vivía de la renta de dos departamentos en Ámsterdam 32.

Los azotes que recibió del edificio del número 28 causaron daños que le impiden rentar y tampoco tiene dinero para reconstruir (cuando se pueda); además, está fuera del mapa de los damnificados que ayudaría el gobierno de la ciudad, “porque vivo en la Condesa”.

Ámsterdam, una de las avenidas más cosmopolitas que pueda haber, registra la salida de vecinos. Todos los días hay mudanzas. Los negocios han caído en vida vegetativa. La idea de mucha gente es irse y ya no volver a vivir a la Condesa, por miedo a otro sismo devastador. Es el temor que no deja dormir y descansar. “Literal, nadie duerme”, como dice Tania Ibarra Mújica, a cargo de la estética en la que extraña la alegría de muchas personas que daban vida a esta zona.

Los DRO son esperados por doquier, pero no llegan, y los afectados dependen de sus inspecciones para contar con una certeza técnica que les permita dormir tranquilos, y reconstruir.

“Ni a mi peor enemigo le desearía que viviera lo que vi en el temblor”, dice Córdula Reséndiz Franco. Escuchó el estruendo del derrumbe del edificio de Álvaro Obregón 286, los gritos desesperados de los que de inmediato empezaron a ayudar y las sirenas de las ambulancias.

Hoy, Viaducto y Torreón es un baldío con arreglos florales secos y veladoras apagadas. Lo que allí ocurrió es digno de las mejores páginas de la historia de la Ciudad de México: por lo menos unas 500 personas entraron a las tareas de rescate. Formaron un gigante que a una voz movía cuerdas y retiró un anuncio panorámico que había quedado encima de todo.

Ese lugar fue la confluencia de jóvenes. Las clases medias y populares que trabajaron juntos por la causa de todos.

 

 

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