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Las recias vaqueras de la península

Sandra trabaja sola desde las seis de la mañana hasta que su cuerpo le pida descanso. Sueña con tener en su rancho 100 cabezas de res y 100 de chivo. (VALENTE ROSAS)
05/11/2017
00:34
Íñigo Arredondo
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Para Leonor Farldow, los hombres están echados a perder. Las mujeres son las que hacen el trabajo fuerte y lleva tiempo así. “Ellas son más fuertes que el hombre. Porque hablando de verdad, está muy echado a perder. Y las mujeres son las que trabajan más tiempo y en más lugares, en casa, en el campo”.

Leonor, de 80 años, no monta a caballo ni arrea las vacas. Pero antes atiende el ganado y hace quesos, como lo hicieron en su juventud su padre texano y su madre kiliwa, quienes les enseñaron a sus hijas el poder de la mujer. Sandra, su hija mayor recibe en su rancho la visita de su madre una mañana de octubre. Harán pastel de manzana y necesita ayuda para pelarlas. En la cocina, que está en una construccion diferente del cuarto donde descansa, hay una cubeta profunda llena de manzanas, una mesa y un par de sillas. Un lavabo con ollas y sartenes sucios y limpios. Ventanas cubiertas por cortinas, una estufa que tiene caldo de costillas de mapache que se calienta con leña. Se comunican con algunas palabras en kiliwa, pero pronto llega el español. Dicen cuántas mujeres quedan en la comunidad kiliwa: “Una, dos, tres, cuatro, Polita, Leonor, Sandra, Virginia”, se detienen en seco y... son todas.

Para ellas, las mujeres kiliwas siempre han movido a la comunidad. Sandra sueña en el día en que su rancho localizado en el Arroyo del León, municipio de Ensenada, Baja California, tenga 100 cabezas de res y 100 cabezas de chivo. Sobre la tierra donde alguna vez corrió un arroyo, se encuentra el rancho Grano de Oro. Ella trabaja sola de las seis horas hasta que el cuerpo le pida descanso. Así le enseñaron, así le gusta.

Su madre tiene el papel de conservar la cultura kiliwa. En la última década ha trabajado con antropólogos, historiadores y funcionarios para poder salvar la lengua. Actualmente sólo cinco personas la hablan, con un promedio de edad mayor a 70 años. Tres son hombres y dos mujeres. De ellos, uno dejó la región kiliwa, se fue tras quedarse solo después de que su hermano muriera, a uno más le hablan en kiliwa y responde en español y el otro, el más joven, no tiene con quién hablarlo. De ellas, una tiene más de 95 años de edad y está Leonor, de 80. Sus hijos, nietos y bisnietos al menos saben expresiones en kiliwa. Ella ha elaborado diccionarios redactó leyendas kiliwa y hace muñecas de trapo y de palma tradicionales.

Por sus actividades ha podido viajar por la República y señala que una vez llegó a Oaxaca para una reunión de artesanos indígenas y se sorprendió del papel de la mujer en la comunidad. No hablaban ni opinaban, todo era manejado por los hombres. “El hombre manda más que la mujer allá. Aquí mandamos parejo. Manda el hombre y la mujer también”. Ha sido testigo de la muerte lenta que ha tenido su cultura.

Expertos indican que se debe a la pérdida de territorios antiguos, la emigración hacia otros poblados o centros urbanos, venta o traspaso de tierras ejidales, matrimonio de indígena hablante con indígena no hablante o mestizo de otra comunidad, el desuso de la lengua materna al interior de la etnia, a la soltería de los indígenas hablantes, a que el kiliwa es una lengua socialmente discriminada y sin pleno reconocimiento oficial.

Leonor se queja de que su hija ha trabajado todo el día. Es la una de la tarde y no se ha detenido un segundo. Prende la leña, cocina, pela manzana, sale a darle de comer a las vacas. Les cambia el agua. Va con las chivas y les da de comer. Lleva de una lado a otro la carreta cargada. Entre el camino de un lado al otro se detiene, sonríe y se quita el sudor de la frente. Regresa luego a la cocina, se lava las manos y escucha a su madre quejarse porque no descansa y le responde: “Así también le hacía usted”.

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