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Trump: un año de pesadilla

Desde que asumió la presidencia, los altibajos y escándalos se han vuelto cosa de todos los días: su base política alaba la congruencia con sus promesas de campaña; sus detractores denuncian el golpe de imagen
14/01/2018
03:40
Washington.
Andrew Selee
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Vivir en Estados Unidos en el primer año del gobierno de Donald Trump es como subir a una montaña rusa especialmente violenta, que sube y baja vertiginosamente, da vueltas súbitas y nunca parece tener rumbo claro. Cuando crees que ya vas a descansar un momento, te lleva por otra curva que no veías venir y te echa al aire de nuevo. Es como vivir en un parque de diversiones que no divierte.

Para entender a Trump, quien asumió el poder el 20 de enero de 2017, hay que comprender que él es parte político, parte actor de teatro. El rumbo del país, sin duda, ha cambiado con él, pero a veces hay que separar la realidad del show que estamos viviendo. Entre el uno y el otro, el país (y quizás el mundo entero) vive de vaivén a vaivén cada día. Es cierto que no todo cambia tan rápido como parece, pero al mismo tiempo sí hay cambios profundos que se están dando. Y a veces la realidad es el show y el show es la realidad.

Trump puede, sin duda, declarar victoria en algunos temas de política pública que él buscaba. Recortó los impuestos y propuso un aumento en el gasto militar, sacó a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre Cambio Climático y echó para atrás un sinfín de reglas medioambientales, aumentó la persecución de los indocumentados, redujo el número de refugiados aceptados y logró minar las bases de la reforma de salud que había logrado Barack Obama, sin destruirla por completo. Y, sea obra de él o no, la Bolsa de Valores sigue para arriba y el desempleo para abajo.

Para su base política, un grupo leal que es escéptico del poder del Estado y de los acuerdos e influencias globales, estos son logros que muestran su congruencia con lo que ofreció en su campaña electoral. Para sus críticos y opositores, que son muchos en ambos partidos, Trump ha golpeado la imagen y socavado la influencia del país en el mundo y seguido una estrategia doméstica sin rumbo. Pero nos guste o no, ha tomado decisiones de importancia y ha tenido algunos logros que son consistentes con las promesas de su campaña.

Pero es quizás en el terreno mediático donde Trump se mueve con más facilidad y más rapidez. A veces usa los medios para comunicar sus agendas, a veces para despistar y a veces para sacar sus demonios personales, y no siempre es claro dónde empieza uno y termina el otro. Es ahí donde te das cuenta que estás en un parque de diversiones sin diversión.

El tema central de su juego mediático ha sido redefinir lo que significa ser estadounidense. Ha jugado hábilmente con la idea de promover un país no contaminado ni asediado por el mundo, fuerte pero aislado, con una herencia común y única. Es un juego dirigido a los estadounidenses mayormente blancos y mayormente (pero no exclusivamente) sin estudios universitarios que sienten que el país ya no es el que fue, que la diversidad en su alrededor los ha dejado menos potentes que antes, que el mundo ha despreciado su cultura y su historia, que la economía se ha estancado.

Su lema, Make America Great Again (“Hagamos que Estados Unidos Sea Grande de Nuevo”) llama a la memoria de un tiempo en el pasado en que el país era el más poderoso del mundo, crecía la economía sin parar y ciertos grupos fueron favorecidos sobre otros. Sus embates contra los inmigrantes, los tratados de libre comercio, los acuerdos internacionales son parte de este juego. Su propuesta del muro en la frontera con México es el símbolo perfecto y acabado para expresar esta visión, una muralla que deja fuera a los males del mundo, la gente, los productos, las ideas.

Es un juego que divide, ciertos estadounidenses contra otros, su país contra los demás, los buenos contra los malos. Esto, sin duda, es lo más preocupante del año. El legado será de un país dividido, polarizado, quebrado en dos. Habrá logros y habrá desaventuras, pero sobre todo habrá división.

Y aquí el último juego en este parque de diversiones es jugar con la verdad. De atacar a los medios por falsear notas, mientras él falsea datos y realidades, jugar en la raya entre lo que es y no es, afirmándonos que él sí es un “genio estable”. Al final, terminamos sin saber la diferencia entre lo cierto y lo falso, todo es juego, nada es firme ni real ni tangible.

Temo que los logros reales —porque los hay, independientemente de si uno está de acuerdo o no con ellos— se pierden en medio de estos juegos, en el sube y baja y virajes de la montaña rusa que hoy es la política de Estados Unidos y la manera en que se gobierna el país que alguna vez fue el más influyente en el mundo.

Presidente del Instituto de Políticas Migratorias

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