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Injerencia rusa, una piedra en su zapato

6 FUNCIONARIOS RUSOS podrían ser acusados por la fiscalía de Estados Unidos por el pirateo de los correos del Partido Demócrata durante la campaña presidencial.
Manifestantes salieron ayer en varias ciudades del país, incluyendo Nueva York, para protestar contra el gobierno de Trump, a casi un año de su triunfo electoral, y exigir su destitución por el Rusiagate (AFP)
05/11/2017
01:27
Víctor Sancho / Corresponsal
Washington.
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A las 2:29 de la madrugada del 9 de noviembre de 2016, Associated Press aseguraba que Donald J. Trump, magnate inmobiliario, estrella de reality shows y candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, tenía los votos electorales suficientes como para proclamarse vencedor de los comicios más brutales, esquizofrénicos,  sui generis y desconcertantes de la historia del país.

Muchos siguen pensando qué pasó. La primera, la candidata demócrata en esos comicios, Hillary Clinton, hasta el punto que tituló su libro de memorias Qué pasó, tratando de hacer un compendio de las razones que le imposibilitaron ganar una carrera en la que supuestamente no tenía rival. 

Clinton, ex secretaria de Estado durante el primer mandato de Barack Obama, hace un listado de posibles errores y componentes sociológicos que pudieron impedir su triunfo, pero dedica un capítulo de su bestseller a Rusia. Y es que, por primera vez —al menos que se tenga constancia—, hay un consenso generalizado que la intrusión de agentes coordinados desde el Kremlin potenciaron la victoria de Trump. Moscú encontró en la división de la sociedad estadounidense la base para influir en las elecciones, y las redes sociales fueron la fórmula perfecta. 

Es imposible determinar si las acciones rusas, contrastadas por los servicios de inteligencia de EU, tuvieron un efecto real sobre el resultado, en el sentido de si modificaron el sentido del voto de los electores. Especialmente en aquellos estados considerados clave para ganar la elección —los denominados bisagra, en los que el sentido del voto general varía en función de los comicios—; o en aquellos que finalmente se constituyeron como elementales por los estrechos márgenes de diferencia de sufragios. 

¿Pudo la injerencia rusa cambiar el pensamiento electoral de 22 mil 748 personas en Wisconsin, 44 mil 292 en Pennsylvania o 10 mil 704 en Michigan? En esos tres estados, la diferencia entre el candidato ganador —Trump— y el perdedor —Clinton— fue de 0.76%, 0.72% y 0.22% del total de votos emitidos, una mínima expresión, un margen tan reducido que de haberse producido hacia el otro lado, todo habría cambiado. Si los poco más de 77 mil votos repartidos en tres estados no hubieran sido republicanos, Trump no estaría sentado en el Despacho Oval.

El factor Comey. La demócrata reitera una y otra vez que el ex director del FBI, James Comey, fue uno de los grandes culpables de su derrota. Principalmente, por no hacer público que el Buró Federal de Investigaciones estaba investigando una posible conexión entre el magnate y el Kremlin desde el verano de 2016, en un momento álgido de la campaña.

“La investigación del FBI sobre los lazos entre Rusia y Trump deberían haberse hecho públicas”, reiteraba esta semana Clinton en una entrevista. En su opinión, muchos hubieran pensado dos veces antes de dar su apoyo a un candidato que maniobraba con el mandatario ruso, Vladimir Putin. Desde entonces, las versiones de injerencia de Moscú en las elecciones se hicieron inaguantables, al grado de que hay quien señala que, de probarse, podrían llevar incluso a un eventual proceso de destitución del mandatario, que por ahora luce improbable.

El entonces presidente Barack Obama ya había advertido a Putin que sabía qué estaba pasando, y en diciembre de 2016 impuso sanciones.

El 7 de octubre, la CIA y otras agencias de inteligencia confirmaban el interés de Rusia de influir en los comicios, por órdenes directas de Putin. No se hacía conexión con la campaña de Trump, pero que el programa electoral republicano virara a posiciones amigables con el Kremlin y que agentes rusos hubieran pirateado los servicios de correo electrónico del Partido Demócrata, daban pistas. La denuncia cayó en saco vacío: horas más tarde, se hacía público un video en el que Trump se vanagloriaba de acosar sexualmente a mujeres, levantando un escándalo que no acabaría con él, pero sí hizo olvidar el informe de inteligencia.

En enero de 2017, con el republicano ya como presidente electo, se desclasificaba un informe sobre lo que ya se conocía como Rusiagate: Moscú había coordinado una intervención “sin precedentes” con la intención expresa de “minar la confianza pública en el proceso democrático” y elegir a Trump. Todas las agencias de inteligencia de EU coincidían, sin duda.

Empezaban investigaciones por todos los frentes (la Cámara de Representantes, el Senado, el FBI), con la Casa Blanca involucrándose en decisiones que arquearon las cejas de más de uno y que sembraron todavía más dudas. La destitución de Comey el 9 de mayo, por insistir en investigar los lazos, fue el punto clave. Trump confesó que era por el “asunto ruso”, y las sospechas de los nexos entre su campaña y Moscú ya eran inevitables. Su fiscal general se recusó del caso. 

Ocho días después, Robert Mueller, un ex director del FBI, tomaba el mando de la investigación con carácter especial, con el objetivo de investigar “la interferencia electoral rusa y todo aquello relacionado”. Se le añadió la posible obstrucción de justicia de Trump al fulminar a Comey.

Desde entonces, han salido centenares de noticias tratando de encontrar los lazos: think tanks rusos controlados por Putin desarrollando planes para influir las elecciones; reuniones secretas de altos cargos de la campaña de Trump —su yerno, su primogénito, su jefe de campaña— con emisarios rusos para conseguir material “sucio” sobre Clinton.

Como en las películas, cuando menos se esperaba, el guión cambió por completo. Esta semana, tras meses de silencio, el equipo de Mueller acusaba formalmente al ex jefe de campaña, Paul Manafort, de fraude fiscal y conspiración contra EU en el marco de su investigación. Otro asesor, George Papadopoulos, confesaba haber mentido sobre sus contactos con Rusia para influir en las elecciones.

El Congreso, por su parte, retomaba sus audiencias públicas haciendo escrutinio de cómo las redes sociales (Facebook, Twitter, Google) facilitaron la difusión del mensaje, sin evitarlo. Se habló de millones de usuarios consumiendo información manipulada, cuentas falsas o robots controlados por agentes rusos, unos pocos miles de dólares gastados en publicidad que se aprovecharon de la facilidad de transmisión de mensajes para llegar a más gente. 

El jueves, según The Wall Street Journal, la fiscalía de EU estaba preparada para presentar cargos contra seis funcionarios rusos por el pirateo de los correos del Partido Demócrata. El Rusiagate, de forma oficial, ha resucitado.

La evidencia empírica no permite descubrir, e incluso señala que es improbable, que las acciones directas del gobierno ruso contribuyeran de forma decisiva a la victoria de Trump; sin embargo, sí pudieron influenciar sobre los temas de conversación en la opinión pública y cómo enfocarlos. 

Sea como sea, la investigación sobre el Rusiagate sigue con el objetivo no sólo de ver la posible coordinación entre Trump y el Kremlin, sino de evitar una situación como la actual en un futuro. El más cercano, las elecciones de medio mandato, dentro de un año.

 

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