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Los primeros diez minutos después del temblor

Si hoy volviera a temblar, aunque sólo fuera un temblor con una quinta parte de la intensidad del que sentimos el día 19, muchos nos moriríamos de susto. Los edificios que se dañaron con el sismo —y que aún nadie ha ido a derribar— se desplomarían inevitablemente. El miedo volvería como un grito que desciende por la montaña, frío, para congelarnos el pecho. Somos unos cobardes, aunque nos esforzamos por parecer fuertes
12/10/2017
16:04
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Carlos Wilfredo Trejo 
 

Parece que la vida regresa poco a poco al estado en que se encontraba antes del terremoto. Volvemos a levantarnos temprano para ir al trabajo, para llevar a los niños a la escuela, para pelearnos con el tráfico y el clima y contra la somnolencia que parece no tener fin. A pesar de que queremos volver a la normalidad, el miedo aún permanece. Cualquier movimiento pequeño de la tierra nos hace saltar, nos detiene el corazón. Somos unos miedosos, todos, aunque nos esforzamos profundamente por demostrar lo contrario.

 

Si hoy volviera a temblar, aunque sólo fuera un temblor con una quinta parte de la intensidad del que sentimos el día 19, muchos nos moriríamos de susto. Los edificios que se dañaron con el sismo —y que aún nadie ha ido a derribar— se desplomarían inevitablemente. El miedo volvería como un grito que desciende por la montaña, frío, para congelarnos el pecho. Somos unos cobardes, aunque nos esforzamos por parecer fuertes.

Esa tarde yo no hacía nada más que intentar con toda mi fuerza no pensar en que aún no consigo trabajo. Por eso me había sumergido en un videojuego dentro del cual he hecho algunos buenos amigos, el cual me sirve para no caer de lleno en la depresión. Así que estaba echando una partida con estos amigos, matando extraterrestres, protegiendo a la tierra de los invasores, cuando comenzó a temblar.
 

 

Primero fue un leve tambaleo. Mi edificio se cimbra un poco cada que un camión pesado pasa por enfrente, es normal, y yo con los audífonos puestos no podía escuchar nada del mundo exterior.

 —Parece que está temblando —le dije a mis compañeros de escuadra.   Seguido tiembla en México, temblores leves, de corta duración, que la gran mayoría hemos aprendido a ignorar. Pero este no se detuvo y siguió creciendo en intensidad. Comenzó a moverse el foco del techo, como un péndulo; comenzó a moverse el mueble sobre el que tengo colocado el televisor; comenzó a moverse incluso el sillón sobre el que estaba sentado.

 —Carajo. Está temblando —dije en voz más grave—. Voy a tener que dejarlos.

 No apagué la consola ni la televisión. Me puse de pie, dejé el mando y los audífonos a un lado, sobre mi cama, y me coloqué en el marco de la puerta. Es una acción que nos han enseñado a realizar, desde pequeños, cuando comienza un temblor. O bien desalojas o te metes debajo de una mesa o permaneces junto a un pilar o te paras debajo del dintel de la puerta. La otra opción es la de correr a la azotea de tu casa, si es que puedes hacerlo, ya que si el edificio se desploma es probable que habiendo estado arriba los rescatistas puedan encontrarte más rápido. Se supone que son zonas seguras. Pero si el edificio se cae no importa si estás ahí o huyendo por las escaleras: si se cae, te mueres. Eso es casi seguro.

 

Así que me puse debajo del marco de la puerta. El edificio en el que vivo, de 5 plantas, comenzó a crujir mientras se mecía de un lado a otro. Comencé a sentirme mareado, las piernas apenas y podían sostenerme, como cuando te levantas de tu asiento en un camión que va muy rápido sobre una calle empedrada y caminas buscando la salida, sólo que yo no estaba buscando la salida, al menos nunca lo hago cuando comienza a temblar y estoy dentro de mi casa.

En una ocasión, hace algunos años, me tocó sentir un temblor fuerte mientras me encontraba adentro de un viejo edificio en la zona centro de la ciudad. El centro tiene edificios muy viejos y en el terremoto de 1985 -el gran y famoso terremoto que cambió la vida de todos los capitalinos para siempre- fue una de las zonas que más daños sufrió. Se habrán caído no sé cuántos edificios en aquel año, pero fueron los suficientes como para cambiar el rostro de esa zona en una forma drástica.  Entonces comienza a temblar y yo adentro de uno de esos viejos edificios sobrevivientes, tuve de golpe la imagen de todas esas fotografías que año con año aparecen en los periódicos en la fecha en que conmemoramos el gran terremoto. Y yo en un edificio desconocido, sin saber qué hacer, para dónde correr, en qué sitio guarecerme, sin nadie de mi familia que supiera que yo estaba en ese lugar en ese momento.

Tembló y tembló y yo en un piso seis o siete, muriendo de miedo, rogando a todos los santos que el edificio resistiera. Y resistió. Por suerte.

Cuando estoy en casa sé en qué lugar debo colocarme. Es algo que todos sabemos hacer cuando estamos en un sitio conocido. Para eso se hacen simulacros de terremoto con cierta regularidad, para que todos sepamos en dónde se encuentran los puntos seguros, para que calculemos el tiempo que nos toma evacuar, para que nos vayamos acostumbrando al movimiento que necesitamos realizar para salvar la vida en el momento en que sentimos un sismo. Incluso en cada esquina el gobierno ha instalado bocinas que anuncian “Alerta, alerta. Esta es la alerta sísmica”. Y que nos da dos minutos para escapar.

Vi a mamá de pie al otro lado del pasillo central de mi departamento. “Está temblando” dijo, y asentí y le dije que tenía que bajar el switch de la corriente eléctrica. Yo lo hubiera hecho, pero ella estaba más cerca y yo, con el movimiento del edificio, sabía que no podría llegar hasta el apagador. Mamá estiró la mano y lo bajó, dejando con ese movimiento sin luz a mi televisor, mi consola y todo el departamento.

El temblor fue creciendo en intensidad, como si después de uno llegara otro cada vez más fuerte, como si fueran varios temblores, uno más furioso que el anterior. Y eso, en definitiva, no es normal.

Se movían los cuadros sobre la pared, se caían las decoraciones y los libros, los perros comenzaron a ladrar. En la calle, las alarmas de los autos sonaban, los árboles se mecían como si un fuerte viento los empujara de un lado para otro, y en muchos sitios, no podía adivinar en dónde, los vidrios se reventaron uno detrás de otro. El temblor seguía y seguía, cada vez más fuerte, y mi madre comenzó a rezar en voz alta mientras se sostenía con fuerza a uno de los pilares de la casa. Yo sólo deseaba, con toda mi fuerza, que el suelo se dejara de mover.

No sé cuánto duró el terremoto, pero me pareció una eternidad.

Lo primero que hago tras terminar cualquier temblor es revisar que mi familia esté bien y después veo que el departamento no tenga ninguna cuarteadura ni ningún daño importante. Se nos enseña a distinguir entre un simple daño a los acabados de la casa y daños estructurales que puedan poner en riesgo la vida. No soy ninguna clase de arquitecto, pero un daño importante siempre es visible y lo primero que se debe hacer en esos casos es abandonar la casa ya que nunca se sabe en qué momento podría venirse abajo. Revisé el departamento y, dejando a un lado los cuadros y decoraciones que se habían caído de los estantes, todo estaba en orden.

—Aún no conectes la corriente —le dije a mi mamá—. Voy a revisar el resto del edificio.

Lo segundo que hago es subir a la azotea. Ahí reviso que no exista ninguna fuga de gas y aprovecho para inspeccionar, desde arriba, que el exterior del edificio no presente algún daño importante que no se pueda ver desde el interior de mi departamento. Subí los escalones de dos en dos, agitado, con las piernas aun temblando. Hacía mucho tiempo que no sentía un temblor fuerte, mucho menos de la magnitud que mamá y yo sentimos que debió haber sido el que recién terminó. Mientras subía a la azotea noté que ya no me llegaba desde el exterior el ruido de los automóviles ni de la música de los vecinos. Todo estaba sumido en un profundo silencio.

Al principio creí que el silencio podía deberse a la falta de energía eléctrica. Pensar eso me dio una respuesta que me tranquilizó. “Tal vez en unos pocos minutos vuelva la luz y todo regrese a la normalidad, como siempre sucede” pensé. Me consoló no escuchar gritos ni llantos, pero pronto iba a aprender que la tragedia no siempre viene acompañada de esos signos de drama a los cuales la televisión, y sus programas llenos de datos falsos, nos tiene acostumbrados.

Los tanques de gas se encuentran de inmediato a la salida de la puerta que da a la azotea. Me acerqué a ellos, poniendo la nariz muy cerca de las llaves, moviendo un poco los tubos de cobre que llevan el gas a los departamentos. Revisé todos y para mi tranquilidad ninguno de ellos tenía fuga. Exhalé con alivio y fue hasta ese instante que me di un momento para ver la ciudad.

Hace treinta años llegué a vivir a este departamento. Llegué junto con mi mamá y mi hermano después del terremoto del 85, cuando la colonia aún estaba devastada y ya nadie quería vivir aquí. Las rentas eran muy baratas, el departamento es grande y por eso mamá decidió arriesgarse a vivir aquí.

Una de mis primeras cosas favoritas en este lugar era subir a la azotea para jugar y mirar la ciudad y las estrellas por la noche. En aquellos años no había edificios altos. El único edificio alto era el viejo Hotel de México, que hoy se llama World Trade Center, así que con la vista podías llegar hasta muy lejos; ver cómo por las noches la ciudad se convertía, con todas sus luces de color ámbar, en las brasas que quedan después de que se extingue una hoguera. Me gustaba estar rodeado de ciudad. Pero con los años las viejas casas fueron demolidas para dar espacio a nuevos edificios, edificios altos que poco a poco fueron tapando mi vista. Ya no podía ver hasta bien lejos. Ahora apenas puedo ver hasta unos pocos kilómetros a la redonda. Por eso dejó de gustarme pasar el tiempo en la azotea. Para mí, ya no había mucho qué ver.

Exhalé con alivio de saber que el edificio, una vez más, estaba bien. Que había pasado la prueba de un nuevo terremoto. Exhalé y busqué con la vista lo poco que aún puedo ver de la ciudad más allá de los nuevos edificios, pero la ciudad ya no estaba ahí.

Alrededor de mi edificio todo estaba cubierto de polvo. Como si una gran tormenta de arena, venida de quién sabe dónde, se hubiera colado por las calles y cubierto las casas y los edificios con su color naranja rojizo. Si antes, con las nuevas construcciones, no podía ver más que hasta algunos pocos kilómetros a la redonda, ahora, con el polvo, no podía ver más allá de unas cuantas cuadras. Por un momento tuve la sensación de que la ciudad había sido devorada por una tormenta de arena de ladrillo y yeso.

Tuve la sensación de haber sido transportado, de pronto, a una ciudad que recién había sido bombardeada. Polvo por todas partes, columnas de humo negro, de incendios, por aquí y por allá. Y el silencio. Apenas podía creer tanto silencio.

Varios de los edificios alrededor de mi casa tienen sobre ellos anuncios espectaculares montados sobre estructuras metálicas. Anuncian desde librerías hasta seguros de vida. Por si los edificios altos que antes no estaban no fueran el suficiente obstáculo a la visión de la ciudad, para bloquear aún más la vista tuvieron que llegar los publicistas con sus excelentes ideas para tapar lo poco que quedaba.

Fue uno de esos anuncios el que llamó mi atención. Un anuncio vacío, sin ninguna imagen, sólo con un número telefónico. Un anuncio que antes estaba erguido y que ahora parecía haberse doblado sobre la calle, con su estructura pandeada hacia un lado, como una persona que se ha quedado profundamente dormida sobre el asiento del transporte público. Lo vi asomándose apenas entre el espacio que dejan dos de los nuevos edificios, y supe que algo no estaba bien.

Bajé los escalones de dos en dos. Había olvidado lo mucho que me temblaban las piernas. A cada paso que daba sentía que me iba a ir de bruces y a romper los dientes contra el barandal. Mi corazón latía con fuerza, pero seguí sin detenerme hasta volver al departamento.

—Creo que a dos calles se derrumbó un edificio —le dije con voz temblorosa a mi madre al mismo tiempo que tomaba las llaves de la casa—. No es bueno que te quedes aquí. Sal. Yo mientras iré a ver en qué puedo ayudar.

Vivo frente a una avenida importante de la ciudad. Todo el tiempo, con excepción tal vez de una o dos horas en la madrugada, pasan muchos automóviles. Siempre hay mucho tráfico y ruido y de no ser por los semáforos sería imposible cruzarla. Pero en ese momento, minutos después de la una de la tarde, se encontraba extrañamente vacía. Pude pasar de un lado a otro sin necesidad de fijarme en que el semáforo se pusiera en verde. No había autos, y los que estaban, se encontraban detenidos. La gente afuera de sus casas, con sus niños y mascotas, platicando asustadas entre ellas. La gente afuera de sus autos, preguntándose qué había sucedido. Tal vez por la altura de los edificios nadie había notado el edificio derrumbado a dos cuadras más allá. Tal vez por eso yo era el único que corría hacia esa ubicación. Crucé las calles sin ningún problema y en unos cuantos instantes estuve frente al edificio colapsado.

Creí que sería el único en llegar tan rápido. En realidad, no sé cuánto tiempo tardé en llegar, pero no fue mucho. El edificio colapsado era una enorme montaña de escombros coronada por el anuncio metálico doblado sobre sí mismo.  Los escombros cubrían incluso la mitad de las calles sobre las que se habían desparramado, como un helado de concreto que se ha derretido. El edificio había caído incluso encima de los automóviles estacionados a su lado. ¿Cómo era ese edificio antes de derrumbarse? No podía recordarlo. No podía recordar siquiera haber transitado a pie frente a él alguna vez.

Llegué y ya había sobre los escombros cientos de personas ayudando a remover las piedras. Tres o cuatro filas de hombres y mujeres que con prisa se pasaban los desechos y trozos de metales retorcidos para quitarlos de encima de lo que quedaba de la construcción, con la esperanza de rescatar a cualquier persona que aún permaneciera con vida debajo de todo ese desastre. Llegué a sumarme a una de esas filas que, sin preguntar siquiera quién era yo, me acogió como un ayudante más, poniendo de inmediato escombros sobre mis manos.

Yo aún era muy pequeño cuando sucedió el terremoto del 85. En aquel entonces no me quedó más que ver la tragedia y la solidaridad del pueblo por la televisión. En realidad, no comprendía lo que estaba pasando, no comprendía lo que era la solidaridad ni lo que representaba la ayuda de otros países ni por qué todo aquello era y seguiría siendo tan importante. En aquellos días yo estudiaba en un internado del cual sólo podía salir por un día cada quince días, así que aquel temblor sólo me tocó de pasada, cuando miraba, desde la ventana del camión que me llevaba de vuelta a casa, los restos en que se había convertido una ciudad que tampoco podía recordar.

Pero ahora estaba ahí, ayudando a quitarle de encima los escombros a quién sabe cuántas personas. Y por un segundo me sentí en el mismo instante de mi yo de hace 32 años; ahora existía en dos sitios, pero en un mismo momento de la historia. Como si este terremoto y el del 85 hubieran sucedido al mismo tiempo.

Un hombre de chaleco fosforescente y casco de rescatista nos pidió silencio a todos los presentes. El hombre estaba de pie sobre la cima de los escombros. Nos dijo que debíamos retirarnos del lugar, que todo olía a gas y que había riesgo de provocar una explosión. Que debíamos apartarnos y esperar. De mala gana, todos le hicimos caso.

Fue en ese momento, cuando me alejaba del derrumbe, que recordé llamarle a mi novia y a mis hermanos para preguntarles si estaban bien. Por fortuna a ninguno de ellos les había sucedido nada, ni a ellos ni a los sitios dentro los cuales en ese momento se encontraban laborando. Les dije que mamá y yo nos encontrábamos bien, que ahora intentaba ayudar en un edificio que se había colapsado. Por el tono de voz con el que me contestaron me di cuenta de que ellos también estaban temblando.

Junto a mí, una chica muy maquillada, con las uñas largas, decoradas, y la mano ensangrentada, intentaba hacer una llamada con su teléfono celular. Marcaba y se ponía el teléfono en la oreja, resoplaba y volvía a marcar. Alrededor de ella, un grupo de cinco chicas hablaban entre ellas atropellando sus propias ideas. Al poner atención en lo que decían supe que en la planta baja del edificio colapsado había una estética en la cual ellas trabajaban, que habían alcanzado a salir corriendo y que de no haberlo hecho ahora estarían con seguridad muertas. Preguntaban también en dónde estaban sus demás compañeras, las que por fortuna habían salido a comer. Le ofrecí mi teléfono a la chica de la mano ensangrentada. Ella, gustosa, lo aceptó.

¿Qué se sentirá saber que has escapado de las garras de la muerte? ¿Saber que por haber salido corriendo en el momento preciso aún sigues con vida? ¿Te sentirás bendecido? ¿Verás tu vida con otros ojos a partir de ahora? ¿Comenzarás a luchar por tus sueños y alcanzarás las metas que habías dejado atrás pensando que aún te quedaba mucho tiempo por delante? No sé si me gustaría saber esas respuestas de primera mano.

Por los alrededores del lugar en el que vivo, muchos edificios quedaron con daños estructurales importantes. A dos calles del derrumbe, un conjunto de edificios de departamentos se quedó sin varias de sus paredes. Era como si alguien las hubiera arrancado, dejando expuesto todo su interior; igual que si fueran casas de muñecas. Edificios que ahora son inhabitables. Otros más daban la impresión de haber sido víctimas de un bombardeo.

La chica con la mano ensangrentada me devolvió el teléfono que parecía tampoco tener señal. Nadie tenía señal. Por razones de seguridad habían cortado la energía eléctrica de muchas partes de la ciudad.

La policía nos hizo alejarnos aún más de la construcción, momentos que aproveché para tomar algunas fotografías.

Caminando por los alrededores vi ancianos sentados afuera de su casa, gente intentando rescatar algunas de sus pertenencias, sacando a sus animales que, asustados, no sabían qué había sucedido; vi rescatistas y bomberos y policías acordonando las construcciones dañadas, consolando a la gente; vi a la gente ayudando en lo que podía ayudar. Todo mundo parecía estar haciendo algo para ocuparse, intentando hacer cualquier cosa con tal de no seguir pensando en el miedo que todos aún sentíamos.

Durante los días siguientes tuvimos energía eléctrica sólo de manera intermitente. Apenas algunos chorritos de luz por pocos minutos, apenas lo suficiente para cargar la batería de los teléfonos. Hubo escases de agua y de algunos alimentos. Las calles estaban llenas de gente ayudando a rescatar a los damnificados. Ahora todo ha vuelto a la aparente normalidad. Afortunadamente.

Tardé muchos días en poder sentarme a escribir esto. Muchos seguimos sin poder dormir, incluso. Aún nos da miedo imaginar que pueda volver a temblar con la misma intensidad. Tenemos miedo, pero aun así lo enfrentamos. Si otra vez nos caemos, estoy seguro que nos volveremos a poner de pie.
 

Estas son las historias de gente común que decidió ayudar en el sismo, contadas por los protagonistas. Envíanos tu historia a [email protected]

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