Tres hombres unidos por la desgracia tras “Lidia”

Tres hombres en el albergue de la Escuela Primaria Héroes de 1847 cuentan su historia de como perdieron todo con el paso de la tormenta Lidia
(FOTO: Gladys Navarro)
05/09/2017
03:30
Gladys Rodríguez Navarro/ corresponsal
La Paz, Baja California Sur
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Son tres hombres, tres historias, tres tragedias en el albergue de la Escuela Primaria Héroes de 1847. Su lucha por sobrevivir en la noche que azotaba la tormenta “Lidia” en el puerto de Cabo San Lucas o quzá una sola, la de recuperarse y empezar de nuevo, de cero. Porque lo perdieron todo.

Enrique Chairez Avilés, tiene 35 años y nunca había visto una corriente como la que le tocó atravesar para salvar su vida la noche del jueves y hasta la madrugada del viernes pasado, cuando por fin llegó a un albergue en la colonia Lomas del Sol.
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Decidió quedarse en la colonia Real Unidad porque unos vecinos le encargaron su vivienda. Con apenas un mes y medio de haber llegado a Cabo San Lucas, después de andar en los campos agrícolas del noroeste, le tocó enfrentar una experiencia aterradora e imborrable.

“Se sentía muy fuerte el agua y traía de todo, hasta una pipa andaba ahí. Otro compañero y yo salimos cuando vimos cómo se puso feo, por ahí de las diez de la noche. Pero el agua nos separó y no lo volví a ver”,cuenta.

Su plática es interrumpida por un pequeño de 10 años, Jesús, que con un semblante relajado recuerda esa noche y lanza “se sentía bien chilo”. Enrique suelta una carcajada y dice: “lo que es ser niño”.

Jesús no espera una pregunta, avienta su relato, así, de sopetón, pero con ya con más seriedad: “A una tía se la llevó el agua. Se ahogó. Y otro tío que se quedó más tiempo en su casa, también. No pudieron pasar”. Luego continúa con lo que estaba haciendo: la cola de un papalote improvisado con bolsas de color negro y verde que encontraron por ahí.

A su lado se encuentra un señor alto y fuerte, de tez morena y con vendas en las piernas. Callado. Solo acomodando las bolsas para lograr el papalote, y le hace de señas a Jesús.
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Enrique los observa y continúa relatando todo lo que recuerda, la lucha para salir del agua que le llegaba al pecho y cómo debía caminar para no ser arrastrado. Y platica que lo único que pensaba era en sus hijos Fernando, Ángel y Marlene, de 4, 5 y 6 años que viven en Rosarito; en sus padres que dejó en Sinaloa y en que no quería morir.

En el camino una familia le ayudó a subir a la azotea de una casa y esperar a que bajara la corriente. Después pudo llegar al albergue cerca de la colonia y luego lo trasladaron a este último.

Jesús vuelve a interrumpir la plática: “Nos llevó todo, oiga. Todito. Mi mamá dijo el viernes que fuimos a ver: ‘Ahhh, voy a llegar a recostarme en la cama, y mi abuelo dijo: ‘y yo en mi camastro’. Pero nada. No hallamos nada. La corriente todo destruyó. Ni mis juguetes dejó. Nada más se salvó mi perro pitbull porque se quedó atorado debajo de un carro”.
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Y Enrique agrega: “son muy duros esos momentos. Ahí es cuando conoces a los verdaderos amigos, cuando estás en la cama o en la cárcel, dicen. Ahora le agrego, cuando te anda llevando el arroyo. No cualquiera te tiende la mano”.

El señor de pocas palabras sólo asiente con la cabeza. Su mirada luce triste. Y apenas alcanza a decir: “yo no tengo nada. Aquí me voy a quedar hasta que me digan que me vaya”. Y es que perdió a su esposa Ofelia. La corriente los separó y luego la encontró enterrada. Y su casa desapareció.

Enrique rompe el silencio incómodo refiriendo que la tendrán difícil. Perdieron documentos, perdieron identificaciones, casa y todo. Y si pudiera se regresaba a su Badiraguato pero ya.

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