Pagan a jornaleros un peso por bote de tomates

Los trabajadores llegan a ganar hasta $150 al día, pero cuando es el tiempo del corte los dueños les pagan por lo que recolectan
Los jornaleros esperan a que salga un autobús que los lleve a Culiacán, Sinaloa, al corte de chile morrón, jitomate y pepino. No saben a qué campo llegarán; sin embargo, lo importante para ellos es salir a trabajar (Fotos: SALVADOR CISNEROS)
29/11/2017
03:10
Arturo de Dios Palma
Ayotzinapa, Tlapa.
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En la Montaña de Guerrero migrar significa huir. Huir de la marginación, de la pobreza, de la falta de médicos, de profesores, de caminos, de escuelas, de hospitales.

Una forma de huir es como jornalero.

En los 19 municipios de la Montaña cada año salen al norte del país unas 10 mil personas en busca de un ingreso por seis meses. No salir de la pobreza, sólo tener algo de dinero.

El Consejo de Jornaleros Agrícolas de la Montaña contabilizó hasta el 24 de noviembre la salida de unos 5 mil jornaleros, con todo e hijos. En septiembre salieron mil 311; en octubre 701 y este mes van mil 800; en total, 3 mil 812. Partieron en 79 camiones. A estos se le suman otros mil sin registro en el Consejo.

La temporada de migración comenzó en septiembre y terminará en enero.

Desde hace 11 años, el Consejo se dedica a registrar a los jornaleros y a darles ayuda: comida caliente, un lugar donde dormir, donde bañarse y algo de alimento para el camino.

Ahí se concentran la mayoría de jornaleros, pero no todos. Algunos salen directo por órdenes de las empresas o por premura. La mayoría salen de los municipios más pobres del país: Metlatonoc y Cochoapa el Grande: el Inegi dice que en estos lugares 75 por ciento de sus pobladores viven en pobreza extrema.

Con la familia, a la incertidumbre

Arnulfo Francisco tiene 30 años de edad, pero parece de 40: su rostro está demacrado, con arrugas y ojeras profundas. A las 12 de la tarde de viernes 24 de noviembre; está sentando en un rincón de la Unidad de Servicios Integrales (USI), la sede del consejo. Está con Julia su esposa y sus hijas Francisca de 8 años de edad; Maurilia de 6 y Abrelia de 4.

Arnulfo y su familia esperan a que salga un autobús que los lleve a Culiacán, Sinaloa, al corte de chile morrón, jitomate y pepino. No saben a qué campo llegaran, pero lo importante para ellos es salir a trabajar.

La noche anterior, Arnulfo llegó con su familia a la USI de Cochoapa el Grande. Los cinco lucen sucios, con la ropa percudida, gastada por el tiempo y descolorida por tanto sol. Están listos para partir: al pie tienen unos costales llenos de ropa, algunos trastes y algo de maíz.

Para Arnulfo ir a Culiacán es de las pocas opciones que tienen para obtener algo de dinero en los próximos meses. Él y su esposa trabajaran de 7 de la mañana a 4 de la tarde de lunes a sábado. Sus hijas irán a la escuela o se quedarán solas en su cuarto esperándolos, aunque está la posibilidad de que trabajen también.

Cada día ganarán 120 pesos. Ese dinero, dice Arnulfo, nadie se los dará en su pueblo, donde no hay trabajo, ni quien lo emplee por tanto tiempo.

Donde lleguen, dice, tendrán que cuidar los 240 pesos: evitarán comprar en la tienda que está dentro del campo y ahorraran lo más que puedan. Aunque saben que regresaran con poco en las bolsas.

Arnulfo es jornalero desde hace 18 años, a los 12 salió por primera vez con sus padres y desde entonces no falla ningún año.

Flores Sánchez, es coordinadores en el Consejo de Jornaleros Agrícolas de la Montaña. Flores desde septiembre pasa todos los días en la USI esperando a que lleguen los jornaleros. Él lleva el registro. Flores está considerando dejar el consejo porque la Secretaría de Asuntos Indígenas del gobierno de Guerrero le debe cinco quincenas por la beca que les da por atender a los jornaleros día y noche. Por la falta de pago, dice Flores, ya se endeudó con 4 mil pesos.

Flores también es jornalero, sabe las condiciones en las que se van, en las que viven y en las que trabajan. No olvida lo que significa a travesar el país, de sur a norte, en 36 horas de camino, ir apretado, con los hijos sobre las piernas o incluso parados.

Flores explica que los jornaleros llegan a los campos sin ninguna certeza laboral, no firman ningún contrato y las condiciones siempre son adversas. Las jornadas de trabajo son prolongadas y extenuantes. La estancia de los jornaleros varía: algunos llegan a sembrar y les pueden pagar por día de 120 hasta 150 pesos. Cuando llega la hora de corte la forma de pago cambia. Les pagan por bote. Por ejemplo, cuenta Flores, por cada bote de jitomate les pagan un peso. Cada bote lo tienen que llenar con 40 jitomates. Los más hábiles logran recolectar 120 botes al día.

Ese dinero se puede quedar en el mismo campo. Los jornaleros en sus días de trabajo salen muy poco, así que tienen que comprar en las mismas tiendas que montan los dueños, aunque esté más caro. Una Coca-cola, recuerda Flores, cuesta de 3 a 4 pesos más que su precio establecido; lo mismo pasa con una bolsa de papas fritas, que son lo que más consumen. Los demás lo gastan en comida.

—Entonces, si no les conviene, ¿por qué se van de jornaleros?

—Porque allá tiene trabajo, por lo menos tiene para ir al día; tienen la posibilidad de tener un médico cerca; en sus pueblos no tienen nada. Por eso aunque los discriminen, los traten mal, se aguantan —explica Flores.

El Consejo tiene registrado que 60 por ciento de los que migran son niños menores de 14 años. La mayoría salen a trabajar de jornaleros “enganchados” a través de engaños: les ofrecen buenos sueldos, estancias dignas y que sus hijos continuaran estudiando. Cuando llegan, no encuentran nada de eso. Les pagan 120 pesos por un día de trabajo bajo el sol inclemente; dormitorios indignos y muchos de los niños nunca pisan las escuelas y, en cambio, se convierten en jornaleros.

Niños, los más afectados

La comunidad de Ayotzinapa está a una hora y 20 minutos de Tlapa. Desde uno de los cerros más altos que la rodean se miran las decenas de casas de material. Son viviendas construidas por el trabajo que realizaron sus habitantes afuera, a miles de kilómetros.

Ayotzinapa está construida por jornaleros.

Por sus angostas calles, llenas de tierra, caminan las pocas personas que aún quedan. Las mujeres lo hacen con vestimenta de jornalera: un suéter, un pantalón debajo de una falda. Así visten, porque es más cómodo a la hora de moverse en los surcos.

Ayotzinapa se despuebla cuando comienza la temporada del corte en el norte del país. Ahora, por momentos se escucha un silencio acompañado por el viento que apacigua. En las casas en estos días se van quedando los adultos mayores y los niños.

Está la casa de Juana Domínguez que los siguientes meses los pasará acompañada de su nieta Juanita Ramírez, una niña de 7 años. Los papás se fueron a Guanajuato a trabajar de jornaleros, junto con otros tres tíos.

Juanita este año lloró cuando vio partir a sus padres, recuerda su abuela. Es la primera vez que le sucede. Juanita no conoce ningún campo, pero sabe que nació en Culiacán en uno de ellos. La mitad de los días los ha pasado en compañía de sus padres y el resto con su abuela.

Alejandro Morales es médico en la USI. Morales explica que la migración está afectando más a los niños en dos formas. Una, como el caso de Juanita: niños que se quedan solos sin la atención suficiente, porque por lo regular se quedan con las abuelas que no cuentan con el dinero suficiente para darles de comer bien y atender sus necesidades de la escuela.

Y la otra, es el desarraigo. Muchos niños, dice Morales, ya no sienten la identidad de un indígena de la Montana, ellos se identifican como jornaleros, migrantes, nómadas.

“Los niños que se fueron hace 10 años, son más desenvueltos. Son niños que cuando crecen ya no regresan, andan recorriendo el país, buscando un campo donde trabajar. Regresan a sus pueblos sólo cuando un familiar está muy enfermo o murió o en las fiestas patronales”, explica.

Otro efecto está en la salud. Morales recuerda que muchos de los jornaleros con el paso de los años tienen problemas de diabetes.

“En los campos lo que más toman es Coca-cola; las entierran donde inicia el surco y cuando regresan, lo primero que hacen es tomarle”. La mayoría de los jornaleros tienen la espalda atrofiada.

Los niños también sufren: “Se van flaquitos por no comer, luego los ves barrigones, allá se la pasan tomando refresco y comiendo Sabritas”.

En los niños hay efectos letales. En septiembre de 2013 al consultorio de Morales llegó una familia que tuvo que regresar de un campo de Zacatecas porque un camión atropelló a dos de sus hijos. El pequeño de 2 años murió y al otro, de 7, se le quebró la columna vertebral.

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