HISTORIA."Veía como nevaba, pero no había cena ni regalos"

A Armando no le gusta la Navidad porque recuerda con tristeza que de niño nunca celebró “no había para comer, mucho menos para regalos”
Foto: Hilda Fernández / EL UNIVERSAL
26/12/2017
17:47
Hilda Fernández / Corresponsal
Nueva Rosita, Coahuila
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“A mí no me gusta la Navidad”, dice Armando mientras ve a la familia trajinar para preparar la cena de Nochebuena, en la víspera de la celebración del nacimiento de Jesús de Nazareth.

“No, no soy el Grinch – aclara - pero no me agrada la Navidad, me da mucha tristeza porque me acuerdo que cuando era niño nunca festejamos el 24 de diciembre porque no había para comer, mucho menos para regalos”, relata el saltillense.

Platica que tuvo que ponerse a vender periódicos y madrugaba para ganarse un peso diario con lo que ayudaba al sostén de su familia.

“Tenía como cuatro, ya casi cinco años de edad, cuando un día de repente, mi papá Juventino me dijo: 'Tú vas a ser el hombrecito de la casa, vas a cuidar de tu madre y de tus hermanas porque yo me voy a ir a trabajar p’al otro lado', y nos prometió mandar dólares de Estados Unidos para que no faltara nada.

"Lo cierto es que sin importarle nada botó a la familia, dejó tres hijos pequeños y a su mujer embarazada, se fue 'de mojado'” y no volvieron a saber de él, aunque muchos años después sÍ les envió dinero, lo que les permitió estudiar.

Alicia, su madre, lavaba y planchaba ropa ajena para mantenerlos, pero no le alcanzaba para pagar la renta y los echaron de la casa donde vivían.

Recuerda que fueron tiempos muy duros ya que, como no tenían para el alquiler, vivieron en varios domicilios en Saltillo, de donde es originario.

Un día, andaban buscando alojamiento y encontraron a una mujer que barría la banqueta de su casa, después supieron que se llamaba Prudenciana Macías, a quien su madre le preguntó si sabía de un lugar donde alojarse, le platicó de su situación, la señora se compadeció y les prestó un cuarto donde vivir.

No había muebles, solo una cama, una mesa y una estufa de leña, con el calor de la lumbre amortiguaban el frío: “Me asomaba a la ventana y veía como nevaba, pero no había cena, regalos ni festejo”, platica a EL UNIVERSAL.

Fue entonces que un día decidió cumplir con la encomienda de su padre y se convirtió en voceador. Se levantaba de madrugada a las 4 o 5 de la mañana y sin haber probado bocado se iba en un camión y llegaba a hacer fila para que le entregaran un montón de periódicos y de ahí se iba a venderlos.

Con un peso en la bolsa

Asegura que en menos de cuatro horas terminaba y se ganaba un peso, que llevaba a su casa. Cuando entró a la escuela lo dividía: le daba “un tostón” (50 centavos) a su mamá, pagaba el pasaje del camión que eran 15 centavos y se compraba unos tacos para comer.

En la mañana, caminaba como 10 cuadras para llegar a la escuela y como se iba sin nada en el estómago su único alimento era un vaso de leche y una pieza de pan de dulce que le servían en la primaria, del programa de desayunos escolares, con eso tenía que aguantar hasta la hora de la comida que era un plato de sopa, frijoles o huevo, lo que se podía.

A sus más de 57 años, Armando revela que su mayor ilusión siempre fue tener unos zapatos o unas botas nuevas, regalo que nunca recibió.

Durante años fue voceador, después tuvo otras “chambas” que compaginaba con sus estudios, su madre se casó con el hijo de doña Prudenciana que era muy malo.

“Pero era muy malo y nos pegaba cuando andaba borracho”, relata aunque elude dar más detalles, porque se le hace un nudo en la garganta. Señala que el esfuerzo fue constante, entre carencias y con muchos sacrificios crecieron y salieron adelante.

Dice que él vendió periódicos, dulces, chicles, boleó zapatos en la plaza principal y ya de adolescente lavó carros, fue “chalán” en un taller mecánico e hizo lo que pudo para ganar dinero y se convirtió en un hombre de provecho.

“Mi vida fue muy dura, la historia es muy larga, no me gusta hablar de eso, de lo que es pasar hambre, frío, todo tipo de carencias, pero siempre le agradeceremos a “Doña Prude” que nos haya dado posada en su casa”, comenta.

Pese a todos los sufrimientos y penurias que pasaron con el apoyo de su madre Alicia lograron progresar.

Después de décadas de ausencia apareció Juventino, su padre. Entonces supieron por qué los había ignorado: se casó en Estados Unidos. De repente les empezó a mandar un poco de dinero, no era mucho pero al menos les sirvió para paliar la situación.

Eso sí, vino a la ceremonia de graduación de su hijo mayor, cuando Armando recibió su título de ingeniero agrónomo en la Universidad Autónoma Agraria “Antonio Narro” y entonces sí lo presumió y dijo: “Me siento muy orgulloso de mi hijo”.

“Mi sueño era ser piloto aviador, pero la única escuela de aviación que había en ese entonces estaba en Zapopan, Jalisco, y yo no tenía manera de ir allá, ni dinero para pagar la colegiatura y la asistencia, como jugaba futbol americano, conseguí una beca para estudiar agronomía en la “Antonio Narro”.

afcl

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