Así le tocó vivir a Cristina Pacheco

Un día en la vida de la conductora Cristina Pacheco, quien cumple 40 años con su programa "Aquí nos tocó vivir" en Canal Once
Cristina Pacheco celebra los 49 años de "Aquí nos tocó vivir" FOTO: IRVIN OLIVARES / EL UNIVERSAL
05/06/2018
00:47
Janet Mérida
Ciudad de México
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Cristina Pacheco se levanta todos los días a las cinco de la mañana. Baja a la cocina y en el camino toma un libro que hojea con curiosidad mientras prepara su primera taza de café. Siempre, siempre encuentra un guiño de José Emilio: una pequeña marca en la hoja, un doblez o incluso, la ceniza de sus cigarros.

“Está completamente presente en todo lo que hago porque mi casa está llena de él, tal y como te lo estoy diciendo, es una presencia que me ayuda en todo, están sus libros, sus manuscritos, la mesa donde comíamos; yo cuido esa casa como un tesoro, la adoro”, dice la periodista y escritora desde la silla en la que cada viernes entrevista a alguna personalidad del mundo del arte con su programa Conversando con Cristina Pacheco.  La única diferencia es que esta tarde, poco antes de hacer su entrevista habitual, es ella la entrevistada.

Sosteniendo con el dedo índice su eterno bolígrafo negro cuenta que ya con café en mano revisa los periódicos, echa ojo a sus flores, juega un poco con Lola, la cachorra que acaba de adoptar y recibe a las personas que trabajan con ella en casa, gente que se ha vuelto su familia y fieles seguidores de su programa “Aquí nos tocó vivir”.
 

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El formato acaba de cumplir 40 años de transmisiones por Canal Once, convirtiéndose en uno de los más longevos de la televisión mexicana. Chabelo, por ejemplo, duró 48 años al aire entreteniendo a los niños; "Siempre en Domingo" más de dos décadas con sus variedades y "Ventaneando" lleva 21 años haciendo espectáculos, pero como el formato de Cristina, ninguno.

En este tiempo no sólo se ha llevado las más gratas experiencias conociendo gente, hoy también puede decir con tristeza cuáles son las deformaciones de esta capital a la que llegó a vivir cuando tenía alrededor de cinco años proveniente de Guanajuato y, como todos, en busca de un mejor futuro.

“Veo la violencia, el desorden y la falta de respeto a lo que significa un faro en la ciudad, muchas cosas por ‘remodelarlas’ las echaron a perder. Se han perdido muchas formas de organización, de vida, ahora las casas no son de piedra, son de materiales muy frágiles. La fealdad está en su auge”.

En su opinión, los postes que han puesto en esta ciudad contribuyen a afearla, al igual que los macetones de eje central e Insurgentes hoy está llena de anuncios.

“La voz del ciudadano cuenta muy relativamente y la autoridad tiene un vicio -y lo digo con todo respeto-, nunca se equivoca, ellos dicen que nunca se equivocan, que siempre hacen todo por el bien del ciudadano y de la ciudad y no es cierto, ve en lo que se ha convertido. Está muy sucia, caótica y deteriorada, mira el transporte público, ves a la gente en un lío por encontrar transporte y cuando lo encuentra es asfixiante”. A esto, dice, se le suma la inseguridad y la violencia que se hace evidente hasta en el lenguaje.

“Últimamente las mujeres -con todo respeto y no es nada en contra de nadie-, es muy violento, yo las oigo por la ubicación de mi lugar de trabajo, el lenguaje de los jóvenes es muy limitado y muy violento”.

A veces, después del café sale a la calle para observar a la gente. Los ve angustiados, corriendo, fumando y con la vista en el celular. Nadie se detiene, nadie se hace a un lado y esa, para ella, es también otra forma de violencia que se revuelve con el ruido, con la publicidad, con todo.
 

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“En una cuadra ves una escuela, cuatro cantinas, un cabaret y una funeraria, lo acabo de ver hace unos días. Dicen que es la necesidad de la gente la que la lleva a vender en la calle y es cierto, pero también creo que se les deberían presentar otra alternativas. Yo no hablo ni de política ni de partidos pero sí escucho a las personas muy desencantadas de todo, están o estamos cansados de un discurso que no ofrece un futuro real. Todo mundo está buscando, todos quisiéramos lo mejor, este es un país maravilloso, la gente por sus riquezas naturales y merece respeto”.

Además de su enorme gusto por leer, escribir y por conversar delante y detrás de las cámaras, a Cristina le gusta mantener constante correspondencia con sus amigos. A muchos de ellos, dice, los conoció por su esposo, así que todos los días, tomando una segunda taza de café, les escribe largo  tendido por correo electrónico, aunque preferiría que fuera en cartas de papel que un cartero lleve al domicilio. Desafortunadamente enviar cartas es lento y a veces cruel porque o no llegan, o llegan demasiado tarde.

“Me impresiona que a veces una carta llega mucho tiempo después, cuando el destinatario ya no vive y esa experiencia la viví con mi esposo, comenzaron a llegarle cartas a él que unos amigos le habían mandado antes de que muriera y fue terrible. Es una jugada muy fea, muy cruel. Las personas suelen ser muy crueles, tuve una experiencia muy desagradable con una persona que quería vendernos algo, insistía en que quería hablar con mi esposo y  yo no me atrevía, estaba recién ocurrido su deceso y yo le decía: es que mi esposo no está, me preguntaba a qué hora llega y al final le dije que falleció. La persona insistió con que no importaba, preguntaba a qué hora llegaba, no lo entendía y escribí un cuento sobre eso que debe estar en El Eterno viajero, mi último publicado”.

Ser cartero, dice, es uno de los tantos oficios que están en vías de extinción. En seguida suelta varios que están en la misma situación: El afilador, el maestro remendón de zapatos, el planchador de rebozos…

“Me da mucha tristeza y pienso que hay una pequeña compensación, que muchos de esos oficios se han quedado guardados en el programa Aquí nos tocó vivir, he dedicado muchísimos programas a esos oficios deliberadamente porque sabía que estaban desapareciendo”. A la extinción, dice, contribuyen las nuevas generaciones que ya no quieren ese trabajo heredado de sus padres porque no les interesa.

Poco antes de terminar esta entrevista para empezar el programa recuerda que hace cuarenta años la gente decía que cómo era posible que Cristina Pacheco entrevistara a esa gente de mandil, hoy, muchos años después eso ha cambiado, y aunque afirma que México fue, es y será también un país clasista “Ya no se burlan o dudan de que pueda ser interesante que entreviste a una persona que vende agua para hacer café o sopa instantánea, agua caliente”. Ella, por su lado, piensa constantemente en qué será de sus entrevistados, de ese niño migrante que se subió a la bestia en busca de un futuro mejor, en la niña del ya popular grito de “Se compran, colchones, refrigeradores” a la que pudo contactar gracias a un burrero. Normalmente no los vuelve a ver pero desea que estén felices, contentos. Si José Emilio Pacheco estuviera vivo, hubiera hecho una gran fiesta con ella por estos cuarenta años, ya que además de su gran amor y compañero de vida, era su público.

“Él era mi mejor espectador, inclusive la noche que murió, murió después de ver el programa dedicado a los poetas cardenches un viernes. Ese día decayó completamente; además se enojaba si yo no lo llamaba para que viera el programa, decía que este le gustaba y este no, es una persona que me dio todo y me sigue dando su compañía”.

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