Para Luis Arriaga

“La causa 48206 es un ejemplo de tantas arbitrariedades que se cometen en México … (Muestra) el terrorismo de Estado.” Con estas palabras se dirigió Estela Hernández al procurador de la República, Raúl Cervantes Andrade, durante el evento de desagravio ofrecido a favor de su madre, Jacinta Francisco Marcial, y otras dos mujeres de origen ñanú, Alberta Alcántara Juan y Teresa González Cornelio.

Estela no nació Hernández. Hace treinta y pocos años le impusieron ese apellido durante una campaña emprendida por el entonces Instituto Nacional Indigenista (INI) para eliminar del registro civil nombres de origen étnico. Por esta razón es que ni Estela ni sus hermanos se apellidan como sus padres.

La hija de Jacinta Francisco es una maestra de primaria cuya tragedia familiar le enseñó que “el miedo no puede estar por encima de la vida”

El martes pasado, dentro del auditorio Torres Bodet del Museo de Antropología, ella pronunció un discurso largo en lengua ñañú frente a un público grande. Sus palabras se deslizaron con pausa ritmada sin que la concurrencia pudiera comprenderlas.

El hecho recordó cuando, hace once años, doña Jacinta ingresó al penal de San José el Alto y por no hablar la lengua de castilla, fue incapaz de comprender lo que le estaba sucediendo.

Por aquella incomunicación doña Jacinta tardó en tomar conciencia de que, junto con Teresa y Alberta, estaba siendo acusada de haber secuestrado a seis integrantes de la Agencia Federal de Investigación, la antigua AFI, encabezada entonces por un funcionario de muy triste memoria: Genaro García Luna.

“Me llevaron igual a como se hace con un animalito. Sin que pudiera opinar y con engaños … Fue después, cuando salí por televisión, que otro recluso acusado de homicidio me dijo que a mi me iría peor cuando me sentenciaran,” narró Jacinta durante el evento.

El periodista Ricardo Rocha también fue protagonista del evento. Mientras intentaba conducir la ceremonia tuvo varias veces que esconder el rostro para que la humedad involuntaria de los ojos no se le notara.

Él estuvo ahí para recordar lo que el oficio del periodista puede provocar en una sociedad como la mexicana. Antes que nadie creyó en la inocencia de estas mujeres y su texto Yo soy Jacinta, publicado en EL UNIVERSAL (05/03/2009), publicó primero la horrenda injusticia.

Cuando Estela dejó el ñañú, repitió su discurso en castellano. Fue hasta ese momento que el público comprendió la dimensión de sus palabras. No hubo condescendencia:

“Después de vivir este terrorismo de Estado, hoy nos chingamos al Estado”.

Los asistentes más conservadores se arremolinaron incómodos en sus asientos. ¿Cómo se atreve esta india otomí a hablar así frente al señor procurador?

La maestra abundó: “¿Dónde están los funcionarios que fabricaron delitos contra estas tres mujeres? … Los delincuentes de mayor poder no pisan la cárcel. No conocimos a ningún rico mientras visitábamos a mi madre”.

Cientos de personas escudriñaron el rostro de Raúl Cervantes, el funcionario que debió encarar los reclamos. Junto al procurador se hallaba sentado Mario Patrón, cabeza del Centro Miguel Agustín Pro, la organización que defiende a los familiares de los 43 y que años atrás sacó de la cárcel a estas tres mujeres. Detrás de ambos sobresalían los logos de esas dos instituciones: el Centro Pro y la PGR. Un signo alentador que cambia los términos de la conversación entre la sociedad y la autoridad.

Quizá a Estela le faltó completar la frase: “(sí) nos chingamos al Estado” … pero valió la pena porque solo así podrá construirse el futuro Estado mexicano. No habrá Fiscalía General de la República sin antes chingarse todo lo que de la vieja procuraduría ha sido abominable.

El martes pasado se exhibió una PGR que puede ser humana y no de piedra, capaz de pedir disculpas por las barbaridades previas, tolerante con el reclamo, sincera a la hora de reconocer —a nombre del Estado— que algunas de sus autoridades han abusado contra los mexicanos más vulnerables. En este caso contra tres mujeres y sus familias que, no por azar, son pobres e indígenas.

ZOOM: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”. Con esta frase Estela concluyó su discurso. Fue la frase que me traje de ese evento y es que, parafraseando a Elena Garro, acaso tiene todo para convertirse en un recuerdo del porvenir.

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@ricardomraphael

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