La historia y el sentido común nos recuerdan que en política es posible negociar todo, menos la dignidad. Ese fue el fundamento de las innumerables voces de la sociedad y de toda la gama del espectro político, que pidieron al presidente Peña Nieto cancelar, como lo hizo ayer por la mañana, el encuentro programado con Trump para el próximo martes en Washington. No tomar esa decisión hubiera terminado por hundir a su debilitado gobierno, después de la retahíla de ofensas que nos ha recetado el emberrinchado inquilino de la Casa Blanca, en la escasa semana que lleva al frente de la que es, todavía, la nación más poderosa del planeta.

Pero más allá del aprovechamiento de su última oportunidad para retomar el liderazgo nacional y salvar su gestión, al presidente Peña Nieto lo asiste esta vez una razón de Estado que los mexicanos todos no debemos perder de vista: la defensa del interés nacional y su razón de ser como nación soberana.

Trump, nadie puede dudarlo a estas alturas, encabeza una embestida contra México. Sus planteamientos y su tono han sido hostiles y ofensivos. Si se tratara de dos países en condiciones similares de fuerza económica, política y militar, los mecanismos diplomáticos aceptados por todos en este agonizante orden internacional, hubieran llevado a que retiráramos a nuestro embajador y despidiéramos al estadounidense, hasta que la situación se normalizara. Pero no somos iguales y la relación es asimétrica Ellos son los fuertes, nosotros los débiles. Nos han invadido en innumerables ocasiones, intervenido impunemente en nuestras decisiones soberanas y robado más de la mitad de nuestro territorio. De ahí que esa asimetría en la relación fuera atemperada durante años por principios constitucionales de política exterior que nuestros últimos cinco gobiernos se ocuparon de convertir en letra muerta.

En medio de estas reflexiones, llama la atención lo comentado a este reportero por el gobernador de Campeche, Alejandro Moreno Cárdenas, en uno de los recesos de las consultas que, frente a la amenaza Trump, lleva a cabo la Conferencia Nacional de Gobernadores:

“El sometimiento no es diplomacia, el abuso no es política, la vecindad mal entendida no es colaboración y la incondicionalidad no es soberanía, mucho menos dignidad. Ésta debe hacer que 120 millones de mexicanos defendamos a nuestro país como nunca, y apoyemos la razón de Estado que hoy asiste al Presidente”, me dijo el mandatario estatal.

Con la tan ilógica como estúpida obsesión trumpiana de que México pague un muro que ni quiere ni le sirve; con su comentario de que la negativa a hacerlo, reiterada por Peña Nieto, hacía inútil su programado encuentro; con su anuncio de que aplicará un arancel de 20% a todos los productos que les vende México; y con su amenaza de expulsar a los migrantes malos, el Presidente mexicano hubiera llegado de rodillas a su cita en Washington.

Una primera enseñanza de lo ocurrido en los últimos días es que Trump es rudo, intolerante y tramposo. No nos permitamos caer en sus trampas. Son las de un estafador narcisista que por lo visto no ha podido superar el odio que guarda por su origen migrante. El abuelo, Friederich Drumpf (apellido que se americanizó y degeneró en Trump), llegó de Alemania a principios del siglo pasado y acumuló su riqueza con hoteles y posadas que en realidad eran burdeles.

Lo del muro es un mensaje para que su electorado lo vea firme, arrojado, cumplidor. Lo del muro es un distractor, pues ya existe desde hace años. Si quiere ampliarlo es su decisión, está en su territorio, aunque sea señal de hostilidad hacia sus vecinos. Pero lo del pago de la mentada pared es una amenaza inaceptable. Las deportaciones han seguido, las más en el gobierno de Obama. Se detienen, intermitentemente, cuando la economía gringa necesita oxígeno. Aun así, la asimétrica relación ha seguido y seguirá, porque es inevitable, como inevitable deberá ser la negociación, aun en el peor de los escenarios.

Ésta debe hacerse en paquete, no parte por parte, como quiere Trump. En esa línea disponemos de muchas cartas. Nosotros, la parte débil, ya resentimos en el tipo de cambio los efectos del diferendo. Ellos lo sentirán más tarde, pero lo sentirán. Poner aranceles a nuestras mercancías será el fin del TLC, pero también la salida de EU de la Organización Mundial de Comercio. Entonces se le impondrán aranceles a las mercancías que venden al mundo y que nos venden los 50 estados de ese país por más de 235 mil millones de dólares, pues somos, después de Canadá, el segundo destino de sus exportaciones. Acaso dejemos pasar sin control a los inmigrantes centroamericanos que van hacia su territorio y saquemos también a sus agentes de la DEA o de la CIA.

Esta última, al igual que las élites políticas y su diplomacia, se sienten profundamente agraviados por su hepático presidente y temen que los encamine a una catástrofe internacional. Eso ha convertido a Trump, de acuerdo con los servicios de inteligencia rusos, en un potencial blanco de atentado al interior mismo de Estados Unidos.

La situación es difícil y muy compleja. Lo que sigue, en nuestro caso, es la definición de una estrategia nacional, con un liderazgo presidencial apoyado por todos, que defina escenarios y marque el rumbo que, como nación, deberemos tomar para sobrevivir.

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