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Me sacudió mucho escuchar la voz de Javier Valdez a dos días de su asesinato. Fue en una conversación que Ricardo Rocha recuperó en su programa de radio. Javier hablaba de lo común y añejo que es el cultivo de droga en su natal Sinaloa y en muchos lugares del país y de lo cercana que es la convivencia con quienes se dedican a esa actividad. “Mis hijos estudian con hijos de narcotraficantes. Esos niños reproducen en la escuela las actitudes de sus padres: compran lealtades y amenazan”.
La entrevista fue en 2015 por la presentación de su libro Huérfanos del narco. Javier Valdez tuvo en ese texto la sensibilidad para abordar el tema desde un ángulo tan doloroso como olvidado, el de los niños. Esos cuyos padres están desaparecidos o enterrados.
Casos de menores testigos de extorsiones, amenazas, asesinatos y levantones, que a su corta edad ya saben que las corporaciones policiacas si no son ineptas son corruptas. Niños que desconfían para sobrevivir y temen a buenos y malos porque no son siquiera capaces de diferenciarlos.
Historias de mujeres a las que el crimen ha separado de sus hijos y desesperadas se convierten en “rastreadoras”. Forman brigadas en las que se comparten gastos, riesgos y dolor para buscarlos, literalmente, incluso abajo de las piedras. Temen que sea en una fosa donde finalmente puedan despedirlos, pero prefieren una osamenta a la incertidumbre. Se resisten a velar un féretro vacío.
Retratos de pueblos enteros en Sinaloa que huelen a gasolina, en los que el robo de combustible venía causando muertes mucho antes de que ese delito capturara la atención nacional por los episodios de Puebla.
En Huérfanos del narco se sienten el dolor de las viudas, la frustración de los que denuncian y ven que no pasa nada, la impotencia de aquellos que ven morir a quienes a su vez investigaban un asesinato, la desesperanza. Se siente sobre todo el miedo de los niños. “Niños cuyo pedazo de existencia es una lesión profunda en sus caritas apenas sonrientes, un clavo podrido en su alma que de por sí carga un dolor perdurable. Los hijos de campesinos muertos, de choferes muertos, de obreros muertos, de madres muertas en busca de justicia porque les matan a sus hijos, de policías muertos, de militares muertos”.
Así enlistó Javier en su libro a los huérfanos. Habría que agregar a los hijos de periodistas muertos. A los suyos, Tania Penélope y Francisco Javier.
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