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Crónica del saqueo

10/01/2017
02:03
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Desde 1915 no ocurría en la Ciudad de México una ola de saqueos como la que acompañó el llamado “gasolinazo”. Ese año, el peor de la Revolución, los ferrocarriles que se habían destinado al transporte exclusivo de las armas y las tropas dejaron de traer alimentos a la capital.

La gente lo iba a recordar como el año del hambre. El año en que todo colapsó.

Las cosas, como siempre, llegaron en cascada. La caída de Victoriano Huerta a mediados de 1914, y la posterior entrada y salida de tropas obregonistas, carrancistas, zapatistas y villistas, definieron en la Ciudad de México un clima de incertidumbre que comerciantes y abarroteros no tardaron en aprovechar.

A la escasez de artículos que la Revolución había generado se fueron sumando el acaparamiento, el ocultamiento, el alza de precios y la voracidad.

Los pocos diarios que sobrevivieron a aquellos días infaustos dan cuenta de la desesperación de la gente que con una canasta y algunas monedas en la mano recorría los almacenes en busca de productos codiciados: el maíz y el frijol, que costaban un ojo de la cara y que pronto fueron imposibles de hallar.

Avisos de ocasión publicados en diarios de la época permiten imaginar los días de horror. Alguien ofrecía un piano de cola a cambio de algunas cargas de maíz; un ciudadano acomodado ponía en suerte un Cadillac flamante por dos o tres sacos de frijol.

Aunque varios inspectores recorrían los establecimientos intentando fijar el precio de los artículos de primera necesidad, les resultaba imposible supervisar todos los comercios. En todos los rumbos de la capital se daban los abusos, la adulteración de precios, la falsificación de pesas y medidas.

Los abarroteros llegaron a vender en 3.50 el azúcar y el harina (antes de la crisis ambos productos costaban menos de un peso). El precio de la manteca se cuadruplicó; un kilo de café pasó de 1.50 a cinco pesos.

Los resultados no se hicieron esperar. Un cronista de aquellos días, Francisco Ramírez Plancarte, relata que la escasez de víveres llegó a tal extremo “que muchísimas personas al andar por las calles, súbitamente azotaban contra el suelo en medio de horribles convulsiones a causa del hambre”, mientras otras “caminaban macilentamente apoyándose en la pared”.

En un reunión celebrada en el Teatro Hidalgo, Álvaro Obregón le había dicho a los comerciantes que exigían la protección del Ejército que “el hambre no se mitiga a balazos” y que el pueblo “acabaría echándose sobre los acaparadores”.

Sucedió exactamente como lo dijo el caudillo. Una turba enardecida, “como impulsada por una fuerza incontrastable”, irrumpió en el Mercado de La Lagunilla y saqueó “todo a su sabor”.

Aquel asalto fue el botafuego para quienes andaban por la calle enloquecidos, en busca de alimentos.

La multitud cargó contra cuatro mercados, los Soriana, los Coppel de entonces, y los vació por completo. Esos mercados eran San Cosme, la Merced, San Juan y Martínez de la Torre.

El saqueo continuó en las tiendas y en los almacenes de los alrededores. Las cosas nunca cambian: giran siempre sobre sí mismas, mordiéndose la cola. Los soldados encargados de cuidar el orden “entraron en el volado”, relata Ramírez Plancarte, y huyeron al lado de la multitud con los brazos cargados de productos.

Un día se anunció que en el Palacio de Minería el gobierno vendería maíz a bajo precio. Miles de compradores se agolparon frente a las puertas de hierro del edificio. La fila se extendió a lo largo de seis cuadras. Varias mujeres se desmayaron bajo el calor. Otras intentaron huir, presas de un repentino pánico colectivo. Aquello se volvió un hervidero que solo se resolvió cuando la tropa cargó sobre la masa y más de 500 personas, muertas o desmayadas, quedaron sobre el pavimento.

El año del hambre hizo que en la Ciudad de México se acabaran los perros, los gatos y los árboles. A unos se los comieron; a otros, los hicieron leña para llevarla a las cocinas.

Es el antecedente más cercano de los días que vivimos. Pero allá eran el hambre y la revolución. Y acá, de momento, el encono político, una mano negra que dispuso los disturbios a través de las redes y de misteriosas hordas de encapuchados (a los que de manera vergonzante siguieron los vecinos), y también un gobierno torpe, débil, sin oficio, sin legitimidad y sin tacto.

Un gobierno que, como haya sido, empedró el camino para que sucediera lo que ocurrió.

@hdemauleon

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