El edificio todavía existe, solo que ahora es una tienda de ropa. Ahí estuvo en 1913 el restaurante Gambrinus, el mismo en el que Victoriano Huerta aprehendió a Gustavo Madero el 18 de febrero de 1913, luego de invitarle un almuerzo.

El hermano del presidente salió de aquel lugar esposado. Fue conducido a la Ciudadela, en donde Cecilio Ocón —uno de los instigadores del golpe militar contra el gobierno de Francisco I. Madero—, lo entregó a una turba que lo molió a golpes, le reventó un ojo con una bayoneta, y arrastró más tarde su cadáver por la plaza hasta dejarlo desfigurado sobre un charco de lodo.

En ese mismo sitio —Madero y Motolinía— fue instalada hace un siglo la primera redacción de EL UNIVERSAL. El fundador del diario, Félix F. Palavicini, había acompañado como orador durante su campaña presidencial al propio Francisco I. Madero. Había dirigido un periódico maderista que se volvió un dolor de cabeza para la dictadura: El Antirreleccionista. Y había dirigido dos periódicos del carrancismo, El Debate y El Pueblo, en los que se apostaba por llevar al país, ensangrentado por la lucha armada, a una era de instituciones.

En 1916, Palavicini comprendió que el país necesitaba un gran periódico nacional que ocupara el sitio que había dejado vacante El Imparcial, esa leyenda del porfirismo que, sin embargo, introdujo en México el periodismo moderno. Un diario donde los cañones callaran, para que la obra de la Revolución tuviera la palabra.

El sábado 30 de septiembre de 1916, la esquina de Madero y Motolinía, donde hoy es una tienda de ropa, zumbaba como un panal. Del edificio, entraban y salían reporteros y publicistas; un grupo de empleados sudaba la gota gorda intentando armar la rotativa. Palavicini hacía llamadas, revisaba planas, dictaba notas. Los señores Cisneros y Fernández Mendoza —según un relato de Rafael Solana— corregían originales y pasaban materiales a los linotipos. Un mocito de apellido Maldonado —¡el primer hueso que hubo en el periódico!— corría en busca de pruebas y llevaba los mensajes que se recibían de los estados.

Palavicini se había rodeado de los mejores periodistas de su tiempo. Entre ellos, de uno que llegaría a convertirse en la máxima estrella de EL UNIVERSAL durante los años 20, 30 y 40 del siglo XX: Fernando Ramírez de Aguilar, mejor conocido como Jacobo Dalevuelta.

Al equipo iban a sumarse también José Pérez Moreno, periodista llamado a inaugurar un estilo en el modo de escribir nota roja: una figura a medio camino entre el detective y el escritor; y un paisano de Palavicini fogueado en El Demócrata: el impresionante Regino Hernández Llergo, autor, entre un rosario de cosas deslumbrantes, de la entrevista que sentenció a muerte a Francisco Villa.

Un día las puertas de esa redacción se abrieron para dejar pasar a una joven de 17 años que usaba faldas cortas y el cabello a la moda de “las pelonas” de entonces. Poseía una curiosidad insaciable por las ofertas del siglo: el cine, los autos, el fox-trot, el futbol y los helados. Se llamaba Antonia. Adoptó el seudónimo de Cube Bonifant y significó la irrupción de una flapper en la crónica mexicana: sus columnas Confeti y Solo para mujeres eran espacios de irreverencia que cuestionaban el rol femenino, pero también la frivolidad y el vacío que acompañaba la vida de las flappers.

Rafael Solana cuenta que aquella noche los reporteros terminaron de escribir sus notas, cubrieron sus máquinas y se pusieron el sombrero y el abrigo. Pero ninguno salió del edificio. Todos querían ver llegar el primer número.

La primera plana (con una noticia que informaba el restablecimiento en el país de los tribunales de justicia, a los que había suspendido el cañoneo de la Revolución) quedó formada a las dos y cuarto de la madrugada. Pancho Pérez se apuró con la esterotipia y veinte minutos después, la rotativa Goss —que pronto imprimiría la Constitución— fue puesta en marcha.

Dice Solana que la expectación fue indescriptible: “La rotativa seguía andando paulatinamente, pero el papel salía en blanco. Y no fue sino hasta después de 60 o 70 ejemplares, cuando comenzaron a esbozarse las primeras letras”.

Palavicini exclamó:

—Ahora sí. ¡Aquí está el primer ejemplar de EL UNIVERSAL!

Destaparon una botella de champaña para beber estrellas ahí donde apenas tres años antes Gustavo Madero había sido aprehendido, y donde ahora nacía un diario que creía que en el restablecimiento de la autoridad civil como única forma de parar el horror de la Revolución.

Todos los presentes firmaron el primer ejemplar.

¿Dónde habrá quedado?

@hdemauleon

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