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El narcomenudeo en la Condesa tiene nombre y apellido

18/05/2016
02:04
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El sitio desde el que se distribuye la droga que circula en los antros de la colonia Condesa tiene nombre y apellido. Es el edificio ubicado en Benjamín Hill número 12, a un paso de las taquerías El Califa y El Farolito.

En la azotea de ese edificio suele haber halcones armados que informan por radio de cualquier movimiento extraño. Abajo, en la puerta, unas veces una mujer y otras dos o tres sujetos de aire rudo —escoltados por feroces perros Pit bull— le pasan revista a la calle.

Una manta colgada en la fachada del inmueble indica que éste se halla protegido por la Asamblea de Barrios.

Llegaron una noche, “hará cosa de cinco años”. Esa misma noche irrumpieron en el edificio y desalojaron a golpes a los inquilinos de los 16 departamentos de que consta el edificio (y que a su vez, llevaban años pagando rentas congeladas). Una nota de La Jornada asegura que los nuevos propietarios del inmueble dejaron dicho “que cualquier cosa la vieran con René Bejarano y Dolores Padierna”.

Su presentación en sociedad ocurrió poco después: les cobraron derecho de piso a vecinos, acomodadores de autos de las taquerías cercanas y tianguistas que ocupan la calle todos los martes.

El derecho de estacionamiento a los habitantes de la calle fue vendido a 350 pesos por semana. Los automovilistas recibían a cambio un “comprobante de pago” con la fotografía de El Che. El costo por no cubrir con este requisito: rayones, cristalazos, espejos rotos, llantas ponchadas.

Y llegado el caso, el uso de la fuerza —como lo pudieron constatar acomodadores de El Califa y El Farolito.

Cuando empezaron a ser instalados los parquímetros de la zona, los habitantes del edificio exigieron 40 lugares para ellos. Una lideresa amenazó a funcionarios de ecoParq con cerrar el eje vial más cercano y espetó: “Adentro del edificio hay 50 personas que están listas para salir y si quieren un enfrentamiento lo podemos hacer”.

Dos fotógrafos de EL UNIVERSAL que tiempo después pasaron por Benjamín Hill retratando parquímetros, fueron agredidos por un grupo de individuos (un vecino dice que 15) que salieron del edificio a preguntarles qué diablos andaban fotografiando. La moto en la que iban los periodistas fue vandalizada.

Sin reparar en los parquímetros, los habitantes del edificio escogieron como estacionamiento la glorieta cercana y colocaron en sus autos una “charola” que decía: “Este vehículo es propiedad de la Asamblea de Barrios”.

Las denuncias de los vecinos arreciaron desde fines de 2014. Robo de autopartes, asaltos, agresiones a adolescentes, vehículos obstruyendo el paso, gente bebiendo y escandalizando en la vía pública, y patrullas de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina “pasando a cobrar cuota”. Lo más inquietante —según la denuncia que una vecina de la calle hace llegar a esta columna—, movimiento de camionetas y vehículos sospechosos a las altas horas de la noche.

Nadie hizo nada. Ni en la jefatura de Gobierno, ni en la delegación Cuauhtémoc. Los vecinos denunciaron, se acercaron a los medios. La respuesta oficial fue el silencio.

Llegó diciembre de 2015. Una madrugada —eran las 3:40— una balacera estalló a las puertas del edificio. Un hombre recibió un tiro en el ojo y murió minutos después en el hospital de Xoco. Agentes adscritos al sector Plateros reportaron que habían visto un convoy sospechoso —una camioneta Lobo, una Suburban y un Beetle— y lo habían perseguido hasta calles de la Condesa, donde fueron agredidos, “y repelieron la agresión”. Los integrantes del convoy habían chocado los autos y buscado refugio en el edificio.

Los peritajes y la revisión de cámaras de vigilancia demostraron que en realidad los agentes de seguridad pública iban escoltando el convoy y que probablemente habían asesinado al chofer de la Lobo para robarle 90 sobres con cocaína.

El chofer se llamaba Iván y vivía en el edificio. Los habitantes de éste salieron a enfrentar a las autoridades con cohetones, piedras y tubos. Pasada la refriega colgaron en la fachada una manta que decía: “Mancera, amarra a tus perros”.

“Y yo creo que los amarró”, concluye la vecina, porque prácticamente ha pasado medio año y todo se mantiene igual. El robo de autopartes, los asaltos, las agresiones a los adolescentes, los vehículos que obstruyen el paso… y el movimiento de camionetas y vehículos blindados a las altas horas de la noche.

“Tenga cuidado”, me dice un acomodador de autos cuando le hago preguntas sobre el edificio. “Ellos dicen que pertenecen a la banda de Los Bichos, de Los Lobos. No, todos sabemos que son de la Unión Tepito”.

Doy vuelta en la esquina y miro la manta que cuelga del edificio. No dice Unión Tepito. Dice Asamblea de Barrios.

Sobre ese misterio, alguien debe tener una respuesta.

@hdemauleon

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