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'El Chapo' y el espectáculo de la sospecha

11/01/2016
02:06
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El tiroteo en Los Mochis duró 45 minutos. Hubo cinco muertos. Los medios entrevistaron a vecinos del fraccionamiento Las Palmas, entre ellos, el boxeador Fernando Kochulito Montiel, a cuyo domicilio se coló, brincando una barda, uno de los cómplices de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo.

Medios diversos afirmaron que hubo vecinos que vieron salir al Chapo de la vivienda en donde se resguardaba, e introducirse en los túneles del sistema pluvial.

Pero a pesar de los tiros, los muertos, el testimonio de los vecinos y las fotografías de un Chapo lleno de arañazos y con la camiseta sucia de lodo, hubo quienes se mostraron dispuestos a creer que se había tratado de “una entrega pactada”.

A quienes decían tal cosa no les era necesario presentar prueba alguna. En esos casos basta que alguien crea de sí mismo que no se chupa el dedo —y luego suelte una frase del tipo “en política no hay coincidencias”.

Esa noche, la procuradora general de la República, Arely Gómez, informó que la intención de filmar una película autobiográfica fue lo que permitió la captura de Guzmán Loera; El Chapo había entrado en contacto con actores y productores, y gracias a eso se desataron las tareas de seguimiento que permitieron documentar las reuniones que éstos sostuvieron con sus abogados. En las redes volví a encontrar gente que tronaba contra “esa patraña”: “A ver quién les cree”.

Al día siguiente Rolling Stone publicó el artículo (no sé si sea propiamente una entrevista) que probó que hubo reuniones secretas entre El Chapo, Sean Penn y la actriz Kate del Castillo: las llamadas que los actores realizaron habían sido grabadas y permitieron a la Marina y el Cisen determinar dónde estaba el capo.

En las redes había sin embargo un espectáculo de la incredulidad. Comenzó a circular el artículo de Rolling Stone, y ahora el grito fue que era una vergüenza para el Estado que dos actores hubieran llegado primero a la morada del hombre más buscado.

No critico a los compatriotas que cada que pasa algo dicen que ellos no se chupan el dedo. Octavio Paz escribió que desde la llegada de los españoles los habitantes de este país estamos corroídos por la sospecha, a consecuencia de una tradición en la que los gobernantes mienten, roban, engañan y estafan. Esa tradición va de 1521 a los escándalos de la casa blanca.

Creo simplemente que El Chapo emblematiza todo lo peor de México, y en eso peor está también la enfermedad de la sospecha sistemática, sin razón ni pruebas.

Desde su primera aparición pública en el aeropuerto donde mataron al cardenal Posadas en 1993, ocasión en que el país oyó por primera vez su nombre y se enteró que policías, Ministerios Públicos, jueces, procuradores, militares y políticos de toda laya se encontraban en su nómina, El Chapo se convirtió en una especie de personaje público que pobló la vida oculta de México.

Entró a una cárcel de máxima seguridad y la compró. Escapó durante una década, corrompiendo todo lo que lo tocaba —y casi nadie está en la cárcel por ello. Hoy sabemos, sin embargo, que por donde pasó hubo un policía, un militar, un funcionario, un político dispuesto a solaparlo. Así forjó uno de los cárteles más poderosos, y adquirió los submarinos, los barcos, los aviones que le presumió a Sean Penn.

Escapó de nuevo el año pasado e ignoramos aún a qué nivel de encumbramiento llegan los funcionarios que colaboraron en su fuga. Las guerras que El Chapo ha emprendido representan acaso la mitad de las 120 mil muertes ocurridas desde que empezó la guerra contra el narco. Su cártel ha matado y mutilado personas.

El Chapo es posible por todo lo malo que hay en México. El Chapo que vemos hasta en la sopa representa la corrupción, la ineficacia, la podredumbre que envuelve al negocio de la política. Es la prueba más fehaciente de por qué no hay qué confiar en el Estado.

No critico pues a los compatriotas que el día de su detención no se chuparon el dedo. Sin embargo, tengo ganas de rebelarme ante la sospecha zonza, sistemática, envenenada, a la que Paz atribuyó el odio, y la destrucción del razonamiento.

@hdemauleon

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