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Cuando uno creía que las viejas canciones se habían quedado haciendo polvo en la memoria, descubre con gusto que ahora pueden escucharse versiones nuevas, frescas, de esas antiguallas. Y no nada más escucharse: verse, también, pues el espectáculo es multisensorial o, mejor dicho, bisensorial. Más allá de la fosa común de las fonotecas, he aquí un ejemplo a la mano de este fenómeno: la cubana Guantanamera, esmaltada con los sencillos y profundos versos de José Martí. Nada más por el gusto de recordarla, pongo aquí su doble declaración de fe, depositada en la magia de las once sílabas: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”, diarquía del corazón martiano, arraigado en la sombra fecunda y en la luz cálida, simultáneamente.
Vi y escuché la Guantanamera en la red intercomputacional planetaria (es decir: la rícop, acrónimo de mi uso personal, pero no se lo digan a nadie); estoy en imperdonable retraso: el video es de 2014. La versión en la rícop fue organizada y producida por el movimiento Playing for Change, del que lo ignoro todo aunque he visto y escuchado algunos de sus trabajos. Esta producción es magnífica y no nada más por la música; también por el vislumbre de una reconciliación de los cubanos, ahora bajo la amenaza del abominable hombre de la Casa Blanca, empeñado en borrar todo lo hecho por su antecesor. En esa lista del inmundo, figura la normalización de los vínculos entre Cuba y los Estados Unidos, echada a andar por Barack Obama. Pero no habrá tal; por lo menos, no en los próximos lustros. Aun así, en esa vieja canción de Playing for Change que he visto ahora se unieron por algunos minutos maravillosos varios músicos cubanos de La Habana y de Miami, entre otros lugares. Algo inconcebible hace unas décadas y conseguido por la fuerza de la música.
En mi niñez de rojillo, había en circulación un término infamante, “gusano”, para referirse a los cubanos del exilio anticastrista. El término fue lanzado a esos caminos de Dios por el mismísimo Comandante (“descanse en pants”, dice mi hermana Eugenia). Quiero creer que la palabreja está en franco retroceso, si no es que ese uso ya desapareció; nunca se sabe, pero hace ya muchísimo tiempo la oí por última vez. La recuerdo ahora porque los músicos de la isla nunca habrían tocado con
músicos de Miami, agraviados en su conjunto por aquel feo término; los de Playing for Change consiguieron juntarlos por medio de artilugios técnicos, y unos aparecen en Santiago, otros en Florida, y hasta hay algunos invitados de África y Europa. Se escuchan perfectamente sincronizados y no tengo idea de cómo se consiguió el ensamblaje, cosa que ya me había asombrado en otras canciones de los mismos productores. No menciono por nombre a
ninguno de los músicos: todos son muy
buenos.
Dos palabras sobre el encabezado: el arroyo de la sierra complacía a Martí más que el
mar. Lo dice la canción sin estridencias ni populismos.
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