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La progresía malqueriente del Presidente de la República, ya sea porque lo creen creación mediática, hijo del eterno y polimorfo fraude electoral o encarnación viva de sus propias palabras en cuanto a la corrupción como consustancial a la especie humana, se ha negado a aplaudir, como debiera, su sorpresiva iniciativa de enviar al Congreso una propuesta de matrimonio igualitario que pondría a México a la vanguardia, como dicen los cursis, de las naciones más civilizadas del planeta.
Apuntalando la muy extendida creencia (porque no es una idea racional) de que todo aquello que viene del gobierno es intrínsecamente perverso, se dice que Peña Nieto actuó por “cálculo político” o para crear —mago— una “cortina de humo” capaz de ocultar nuestros gravísimos problemas. Consideran imposible que un presidente autoproclamado “conservador” durante su campaña y educado cerca del clero más rancio, “crea” correcto y moral que las parejas homosexuales se casen con los mismos derechos y obligaciones que las heterosexuales. Pues bien, si no lo “cree”, como es probable, mayor mérito tiene su iniciativa.
El difamado “cálculo político” consiste precisamente en eso: anteponer las convicciones personales a la responsabilidad pública, como el rey Balduino de Bélgica, quien abdicó por un día, contrariado en su religiosidad, para no firmar el derecho al aborto de sus súbditas. La profesionalización democrática de nuestros políticos hace necesario que su capacidad de cálculo político sea cada vez más sofisticada. Necesitan contrariarse a sí mismos más frecuentemente, como ha ido ocurriendo con los mandatarios, actuales y antiguos, que han acabado por admitir que la guerra contra las drogas ha sido un fracaso sangriento.
Y tanto más valor tiene la iniciativa del matrimonio igualitario enviada por Peña Nieto para su eventual aprobación en San Lázaro y en los Congresos locales, porque no es una causa popular. La mayoría de los mexicanos son homófobos, empezando por López Obrador, a quien no le quedó sino contrariar sus convicciones también y mandar a un propio a decir que sí, que a Morena le parecía bien la iniciativa, que incluye el derecho a la adopción para estos nuevos matrimonios, los cuales suelen ser, como lo sabe quien haya ido más allá de Cuautitlán, más civilizados que el resto de los casados, justamente porque han luchado no contra la naturaleza, sino contra la costumbre, que entre homínidos suele convertirse en una segunda naturaleza difícil de perturbar.
Es probable que los morenos y otros antipriístas, de izquierda o de derecha, digan que se trata de una “cortina de humo” que al ser invocada siempre presupone que la ciudadanía es idiota. Recuerdo que en el verano de 2006 aquellos náufragos mexicanos aparecidos milagrosamente cerca de Australia fueron presentados como una “cortina de humo” para desviar la atención del pueblo bueno defraudado por Calderón. Quienes creían en el fraude descreían de la sobrevivencia de aquellos afortunados y quienes los dábamos por una realidad, dudábamos de algo aún más inverosímil: el algoritmo antiPeje. Me gustaría terminar estas líneas repitiendo a Savater en cuanto a que todos nos hemos vuelto tan convencionales que hasta los curas y los homosexuales quieren casarse, pero contrariando mis convicciones, mejor festejo el cálculo político de Enrique Peña Nieto y lo manifiesto: “Felicidades, Presidente”.
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