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Un tirador solitario ataca a legisladores republicanos en una práctica de béisbol y deja gravemente herido a uno de ellos. Se podría afirmar que es un hecho aislado, perpetrado por un hombre muy probablemente con problemas mentales y de adaptación.
Pero el contexto importa: los ánimos exaltados y el discurso de odio que han prevalecido en la política de Estados Unidos no pueden dejarse de lado en este caso: el atacante, identificado como James T. Hodgkinson, de 66 años de edad, fue voluntario en la campaña presidencial del senador demócrata Bernie Sanders en 2016. En sus redes sociales había criticado con amargura al presidente Trump: traidor a la patria, destructor de la democracia, benefactor de los súper ricos.
Sería injusto responsabilizar a Sanders por lo que hizo Hodgkinson. Tampoco a Trump. Pero sin duda es necesario revisar el tono que los principales protagonistas políticos de la Unión Americana han usado en los últimos dos años.
No es el primer acto de violencia política en aquel país. Sobra recordar históricos expedientes famosos. Pero en lo que va del siglo XXI la polarización ha roto récords.
Con Hillary Clinton y Donald Trump prevaleció el esquema de la mitad de los estadounidenses contra la otra mitad, pero destacó algo nuevo: el discurso como nunca agresivo, descalificatorio, insultante. Sobre todo de parte del candidato republicano en contra de todos aquellos que se le opusieran o simplemente le contradijeran.
En el bando demócrata, la campaña de Bernie Sanders, que disputó la candidatura presidencial a Clinton, también fue radical, descalificatoria del adversario. No tan procaz como la de Trump, pero sí instalada en el terreno de los buenos contra los malos, los pobres contra los ricos, los honestos contra los corruptos.
Al llegar Trump a la Presidencia, rompió con una larga tradición de tender la mano a los adversarios una vez terminada la competencia electoral y abrazar un discurso para toda la población. Él decidió no sólo continuar con su discurso de campaña, sino radicalizarlo. Y desde su cuenta de Twitter lo mismo que desde el estrado oficial como presidente del país más poderoso del mundo, se ha dedicado a lanzar improperios a todos aquellos, políticos o simples ciudadanos, periodistas, cómicos y hasta estrellas de cine, que han osado criticarlo o mostrar oposición a sus políticas o simplemente a sus planes o ideas. Algo nunca visto en un ocupante de la Casa Blanca.
¿Mandó Sanders al tirador? ¿Trump causó directamente el ataque? No. Pero sería una enorme irresponsabilidad fingir como que la forma actual de hacer política en Washington no tiene nada que ver con esto.
SACIAMORBOS. ¿Cómo andamos en México en cuanto a discursos de odio, descalificaciones, divisiones entre buenos y malos, ricos y pobres, puros e impuros, peligrosos que van a destruir el país contra quienes pueden mantenerlo a flote, quienes deben ser contenidos por un interés superior contra quienes pueden tener las cosas bajo control? ¿Cuándo entenderemos que a las palabras NO se las lleva el viento?
historiasreportero@gmail.com
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