Giulio Perrone tuvo una juventud agitada. Nacido hace 65 años en Gragnano, una pequeña población cerca de Nápoles en Italia, probablemente se sumó, hacia finales de los setenta, a las filas de la Camorra, la brutal mafia napolitana descrita por el periodista Roberto Saviano en Gomorra.

Para mediados de los ochenta, ya estaba involucrado en el tráfico internacional de drogas. En 1993, fue detenido por las autoridades italianas mientras intentaba contrabandear 16 kilos de cocaína, adquiridos en Alemania. Pero un año después, ya estaba en fuga, lejos del alcance de la justicia.

A partir de ese punto, la historia se vuelve confusa. Al parecer, vivió a salto de mata durante una docena de años. Finalmente, en 2006, por razones no explicadas hasta ahora, desembarcó en México bajo una identidad falsa y decidió rehacer su vida. Se casó con una mexicana, tuvo hijos mexicanos y se avecindó en Ciudad Madero, Tamaulipas, bajo el nombre de Saverio (o Xavier) García Galiero. Esto último era un guiño a su vida anterior: Galiero era el apellido de su madre.

Al paso de los años, se sintió tan seguro en su nueva piel que no le pareció extraño o riesgoso crear un perfil con fotos y datos (falsos) en Facebook. El exceso de confianza fue su perdición. La policía italiana lo rastreó hasta su refugio tamaulipeco y logró que las autoridades mexicanas lo detuvieran y procedieran a su expulsión. El sábado pasado, tras dos décadas de fuga, Giulio Perrone se reencontró con su país y con la justicia.

Esta historia tiene muchos cabos sueltos. Uno me resulta particularmente relevante: ¿cómo fue que un camorrista fugitivo acabó en Tamaulipas? ¿Recibió protección y auxilio de alguna de las bandas del narcotráfico, del Cártel del Golfo en específico? Y, de ser el caso, ¿esa ayuda sería señal de una colaboración de más largo aliento entre el crimen organizado italiano y su contraparte en México?

No es una teoría improbable. Hay varios antecedentes de cooperación entre mafiosos mexicanos e italianos. En 2008, fueron detenidos y procesados numerosos integrantes de la ‘Ndrangheta, la mafia de la región de Calabria en el sur de Italia, por presuntas operaciones de narcotráfico con el Cártel del Golfo y los Zetas.

En 2012, dos empresarios italianos, Bruno y Elio Gerardi, avecindado el primero en Monterrey, fueron acusados por las autoridades de su país de organizar, por encargo de la Cosa Nostra, la mafia siciliana, traslados masivos de cocaína de México a Europa.

En mayo de 2016, por último, un presunto narcotraficante mexicano con supuesto vínculos con el Cártel de Sinaloa, Julio César Olivas Félix, alias El Sexto, fue detenido por las autoridades italianas en el aeropuerto de Malpensa en Milán.

¿Era Perrone parte de esa red de vínculos entre mafiosos italianos y mexicanos? ¿Estaba en Tamaulipas no sólo como fugitivo, sino también como enlace entre la Camorra y los cárteles en México? ¿Organizaba desde su refugio en Ciudad Madero envíos de droga hacia el mercado europeo? ¿O simplemente estaba rehaciendo su vida, tal vez al amparo de algún grupo criminal mexicano, pero ya sin participación directa en negocios ilícitos?

Ignoro la respuesta a esas preguntas, pero tengo la intuición de que hay más en esta historia que lo que han querido revelar las autoridades. Las nuestras y las italianas.

alejandrohope@outlook.com

@ahope71

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