En un episodio más de su incansable guerra contra la realidad, Donald Trump firmó la semana pasada una orden ejecutiva para, según su dicho, “romperle la columna vertebral a los cárteles criminales”.

En el decreto de marras, se lee lo siguiente: “Las organizaciones criminales transnacionales y sus organizaciones subsidiarias, incluidos los cárteles transnacionales de la droga, se han extendido por toda la nación, amenazando la seguridad de Estados Unidos y sus ciudadanos… El tráfico de sustancias controladas por parte de los cárteles ha provocado un resurgimiento del uso letal de drogas y un aumento correspondiente de los delitos violentos relacionados con las drogas”.

Para confrontar tamaña amenaza, el señor presidente Trump emplaza a las agencias gubernamentales correspondientes a “dar una alta prioridad y dedicar recursos suficientes a los esfuerzos para identificar, interceptar, interrumpir y desmantelar a las organizaciones criminales transnacionales y sus organizaciones subsidiarias”.

¿Y quienes son esas “organizaciones criminales trasnacionales” que deben ser combatidas prioritariamente? Dadas las obsesiones, preferencias y declaraciones del Agente Naranja (véase para tal efecto su más reciente entrevista concedida a la cadena Fox News), no hay más que una respuesta posible: los cárteles mexicanos del narcotráfico.

Pero eso lleva a un problema: cada vez hay menos cárteles mexicanos. De hecho, me atrevo a decir que se trata de una forma organizacional en vías de extinción. De los cárteles de Juárez y Tijuana, dominantes en los noventa, no quedan más que sombras. El Cártel del Golfo se partió en mil pedazos. Lo mismo vale para sus brutales herederos y competidores, Los Zetas. Los Caballeros Templarios han (casi) dejado de existir como organización y algo similar se puede decir de la banda de los Beltrán Leyva.

Está allí el Cártel de Jalisco Nueva Generación, el grupo en auge, la banda en expansión. Pero es, con toda probabilidad, una banda vulnerable que difícilmente sobrevivirá en su forma actual a la captura o abatimiento de sus principales líderes (particularmente Nemesio Oseguera, alias El Mencho).

Está también, por supuesto, el Cártel de Sinaloa, el paquidermo de nuestro submundo criminal, la mayor de las bandas mexicanas del narcotráfico. Pero las cosas no parecen marchar bien por esos rumbos.

Joaquín Guzmán Loera, alias El Chapo, se pudre en una prisión de máxima seguridad en Nueva York, a la espera de un arreglo o una condena. Mientras tanto, en México, sus hijos y herederos, Iván Archivaldo y Alfredo, se baten literalmente por sus vidas.

En una inusual maniobra, los jóvenes Guzmán parecen haber hecho llegar a los medios de comunicación una carta donde narran un ataque por parte de sicarios operando bajo las órdenes de Dámaso López, alias El Mini Lic, un cabecilla del propio Cártel de Sinaloa. Resulta particularmente preocupante que, según la carta, Ismael El Mayo Zambada, la figura viva más importante del narcotráfico mexicano, fue también víctima del ataque del Mini Lic.

De ser cierto, el Cártel de Sinaloa estaría ya en una guerra civil abierta y en los prolegómenos de una fragmentación como la que han experimentado organizaciones rivales.

Ello tiene potentes implicaciones que describiré en mi próxima columna. Pero hay una particularmente relevante para Estados Unidos: el gobierno de Trump decidió enfilar baterías en contra de los cárteles, justo cuando los cárteles (en su forma tradicional) van de salida del escenario criminal.

O puesto de otra manera, y en homenaje a nuestro excelentísimo canciller, decidió hacer política pública basado en fake news ¡Sad!

alejandrohope@outlook.com.

@ahope71

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