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El museo que robaron dos estudiantes de veterinaria

La madrugada de Nochebuena de hace 32 años, la del 25 de diciembre de 1985, dos jóvenes se introdujeron al Museo Nacional de Antropología e Historia y hurtaron más de 100 piezas del patrimonio arqueológico del país; el cual ha sido considerado como “el robo del siglo”. Cuatro años después, el 10 de junio de 1989, fueron recuperadas del clóset donde las ocultaron
23/06/2017
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Texto: Xochiketzalli Rosas 

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Carlos Perches Treviño y Ramón Sardina García eligieron la madrugada del 25 de diciembre para llevar a cabo el robo que planearon durante seis meses. Los jóvenes de 20 años visitaron más de 50 veces el Museo Nacional de Antropología e Historia antes de arrebatarle 140 piezas prehispánicas —cifra que se denunció en un principio— de valor incalculable, no sólo monetario. Perches y Sardina acudían al recinto cultural para identificar las ornamentas más valiosas, para realizar el croquis, fotografiar las joyas, observar la vigilancia y decidir la fecha del asalto.

Aquella madrugada que los estudiantes de veterinaria eligieron, el Paseo de la Reforma se engalanaba en un amplio tramo por los adornos y focos de colores navideños; sin embargo, hacia el poniente, donde se encontraba su objetivo, sólo el alumbrado público cotidiano era el que le estorbaba a la profunda oscuridad del bosque de Chapultepec, que indomable custodiaba al museo fundado en 1824 por Guadalupe Victoria que abrió en el antiguo edificio de la universidad en el centro de la ciudad; posteriormente, estuvo en el edificio de Moneda 13 y en 1963 pasó a su sede actual.

Por ser Nochebuena, los estrategas del robo encontraron en esa fecha el día perfecto para el ilícito. Precisamente, la crónica de las investigaciones refiere que las personas que esa noche se encontraban de guardia, encargadas de la seguridad del museo, tenían como una de sus tareas fundamentales recorrer cada dos horas los 15 mil metros cuadrados que tienen las 26 salas de exhibición para preservar el orden. Pero no cumplieron con el cometido.

La indagatoria de la Procuraduría General de la República (PGR) acreditó que los vigilantes se concentraron en un sólo lugar para festejar la Navidad. Los guardianes del recinto en sus declaraciones revelaron que estuvieron en un salón y que ingirieron bebidas alcohólicas, ahí conversaron por varias horas y algunos, incluso, durmieron hasta el vencimiento de su turno.

Perches y Sardina aprovecharon la situación. Llegaron después de la media noche. Saltaron la barda metálica del museo de dos metros de altura, ubicada en Paseo de la Reforma, y cruzaron el jardín. Después penetraron por una escalera que los condujo al sótano. Y los ductos del aire acondicionado fueron los que los llevaron a las entrañas del recinto cultural construido por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

El robo ocurrió en tres horas, de la una a las cuatro de la mañana. Desmantelaron siete vitrinas. El tamaño de los objetos hizo que su transportación pudiera pasar inadvertida y fuera empacada en maletas. Las salas afectadas fueron la Maya, Mexica y Monte Albán, Oaxaca.

Y Carlos Perches y Ramón Sardina huyeron a bordo de un Volkswagen. Recorrieron el último tramo de Reforma y se dirigieron a la casa de los padres de Perches —ubicada en Colorines #60, en la colonia Jardines de San Mateo, en Ciudad Satélite—, donde en el clóset de su recámara permanecieron las piezas en una maleta de lona.

Esa mañana del 25 de diciembre, los capitalinos sumaron una tragedia más a su fatídico 1985; tan sólo tres meses atrás el sismo del 19 de septiembre los había devastado.

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Así lucieron las vitrinas luego del robo ocurrido la madrugada del 25 de diciembre de 1985.

Las indagatorias

A las ocho de la mañana, cuatro horas después del robo, las autoridades descubrieron el ilícito y comenzaron las acciones de investigación y peritajes. En el proceso fueron detenidos ocho empleados del personal de seguridad y la PGR arrojó como primera hipótesis que había una posible complicidad: los ladrones tuvieron tiempo de saquear el museo y recursos técnicos para desmantelar siete vitrinas. También se tenía la profunda presunción de que los autores del robo habían actuado por encargo específico de traficantes internacionales de piezas de arte a cambio de una remuneración económica.

El robo se unía a la ola en otros recintos de Europa, Estados Unidos y Asia. Pero era el segundo atraco que el Museo Nacional de Antropología e Historia tenía en 160 años de su fundación. El más grande a patrimonio arqueológico mexicano y el más grande e importante que ha sufrido ningún museo de nuestro país. El primero había ocurrido en 1959, cuando la sede del museo era el inmueble localizado en Moneda 13, en el Centro Histórico; una persona robó la pieza mexica conocida como el Coyote Emplumado. Su estrategia fue sacarla del recinto envuelta en un rebozo y aparentar que llevaba cargando a un bebé. Así burló la vigilancia de los custodios. La pieza fue llevada y vendida en Estados Unidos y más tarde recuperada con la ayuda de la Interpol.

Dentro de las piezas robadas se encontraban algunas del cenote sagrado de Chichen Itza, casi la totalidad de la ofrenda original de la tumba de Palenque, objetos de oro de la sala Mixteca, la famosa máscara zapoteca del Dios Murciélago, la invaluable máscara azteca de mosaico de jade con incrustación de concha y obsidiana, una estatuilla del Dios Sol y un pectoral de oro con disco solar, entre otras más.

De los 140 objetos que se denunciaron como robados, 94 eran de oro y los demás de mosaico de turquesa, mosaico de jade, piedra verde, concha, jade, cascabeles, obsidiana y piedra.

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Imagen de algunas de las piezas robadas.

El mismo día en que se produjo el asalto, un grupo de 10 peritos se trasladó al lugar de los hechos con el propósito de realizar las pruebas y los análisis correspondientes: fotografías, dactiloscopia, criminalística, evaluación física y química.

De inmediato, también, se instaron a 10 agentes del Ministerio Público Federal, 10 secretarios, 10 peritos de distintas especialidades, miembros de la policía judicial federal, militar y del entonces Distrito Federal; incluido el cuerpo de migración y personal de la Dirección General de Aduanas y personal de aeropuertos. Y se estableció comunicación con la Interpol, que lanzó la alerta a varios países.

Por su parte, la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Antropología reunió la cantidad de 50 millones de pesos para entregarla como recompensa a la persona que proporcionara datos que condujeran directamente a la recuperación de las piezas. Pero ésta nunca fue entregada.

En mucho tiempo no se tuvo éxito en la identificación de los ladrones ni en el paradero de las piezas. De las diligencias no se estableció ninguna responsabilidad de tipo penal; las personas detenidas fueron puestas en libertad; mientras que, por su parte, el Museo Nacional de Antropología instaló un sistema de alarmas electrónicas contra robo, rehabilitó totalmente el sistema de detección de incendios y un circuito cerrado de televisión complementaba la seguridad del mismo.

Incluso un año después, el entonces presidente Miguel de la Madrid en su segundo informe de gobierno anunciaba que se destinarían 700 millones de pesos a la seguridad de los museos que dependían del INAH.

La recuperación

Faltaban seis meses para que se cumplieran cuatro años del llamado “El robo del siglo en México”, cuando el paradero de las piezas sustraídas del Museo Nacional de Antropología e Historia fue descubierto.

Fue el viernes 10 de junio de 1989 cuando Carlos Perches fue detenido y la mayoría de las piezas recuperadas. Tres días después el procurador de la República, Enrique Álvarez del Castillo, en conferencia de prensa daba los detalles de las indagatorias, la captura y el paradero de lo robado.

Álvarez del Castillo mostró las 111 piezas arqueológicas rescatadas e informó que un “pitazo” dado a la Policía Judicial Federal por un narcotraficante detenido en enero de ese año había proporcionado la pista clave para el esclarecimiento del hurto.

Después de cinco meses, la dependencia había logrado rescatar la mayoría de lo robado y detener a Carlos Perches Treviño, quien en ese momento fue declarado como autor intelectual y material del ilícito, además de seis de sus encubridores. El otro ladrón, Ramón Sardina García, se encontraba —y hasta la fecha— prófugo y en su poder permanecieron siete de las piezas.

En la conferencia, el procurador aclaró que habían sido 124 y no 140 las piezas prehispánicas que se sustrajeron del museo. Especificó que de las 124, 111 estaban en poder de la procuraduría y serían entregadas al INAH al día siguiente (miércoles 14 de junio).  De las faltantes, dijo que siete estaban con el ladrón prófugo, dos las canjeó Parches por cocaína y las cuatro restantes sin paradero.

La discrepancia en el número de piezas robadas se debió a que en el momento del atraco no se contaba con un inventario. El Ministerio Público recibió el 25 de diciembre de 1985 una denuncia por el robo de 140 piezas, aunque el catálogo que se distribuyó en todo el mundo daba cuenta de 124, cuatro de las cuales no tenían fotografía.

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Conferencia de prensa del 13 de junio de 1989, en la que la PGR dio a conocer los detalles de la recuperación y presentó las piezas.

Al momento de su detención, Carlos Perches tenía 24 años de edad y se declaró aficionado a la Arqueología. También dijo que un año después del robo realizó un viaje a Acapulco. Ahí entabló amistad con José Serrano, un narcotraficante, y con la amante de éste, la vedette Isabel Camila Masiero, mejor conocida como la “Princesa Yamal”, propietaria de un restaurante en ese puerto.

El ladrón intimó con Serrano y le confió que él había sido el autor del llamado “Robo del siglo en México” y empezó a trabajar con él en el tráfico de cocaína, droga a la cual dijo ser adicto, prolongando su estancia en Acapulco por aproximados dos años.

Serrano, a su vez, presentó a Perches con otro narcotraficante de nombre Salvador Gutiérrez, alias “El Cabo”, quien ofreció su ayuda para comercializar las piezas a las que dio un valor de mil millones de dólares.

No obstante, no fue posible realizar la operación, porque “El Cabo” fue detenido el 1 de enero de 1989 en Guadalajara, Jalisco. Fue “El Cabo” quien soltó la sopa y reveló a los federales que “tenía la clave para resolver un asunto muy grueso”. Para ese entonces, la investigación del robo multicitado ya estaba cerrada, pero con esta nueva información los detectives comenzaron a ubicar a Perches y a Serrano.

Para confirmar que él era realmente el autor del robo, Perches entregó a Serrano dos de las piezas a cambio de cocaína y al otro ladrón, Sardina, le pagó con siete de las joyas prehispánicas.

Así, el joven Perches regresó a la Ciudad de México en abril de 1989 y guardó el material arqueológico en su domicilio, ubicado en la calle de Manuel Pastrana #6, circuito Diplomáticos, Ciudad Satélite, de donde finalmente fueron rescatadas la madrugada del viernes 10 de junio. Fue investigado por 45 días.

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Imagen en la que aparecen todos los detenidos por el robo en el museo. Carlos Perche Treviño es el primero de izquierda a derecha.

Además de Perches fueron detenidos su hermano Luis Perches, la “La Princesa Yamal” y el norteamericano Gari Nathan Clevenger (en la conferencia, según refiere una nota publicada en EL UNIVERSAL, el procurador no especificó su participación ni si era el posible comprador de lo robado), Juan Castillo Carriles, Hugo Ricardo Pérez Radilla y la argentina Cristina Gloria González.

Los siete detenidos fueron consignados ante el juzgado décimo de distrito en materia penal con sede en el Reclusorio Preventivo Sur. Perches fue consignado como presunto responsable de robo y por delitos contra la salud; su hermano Luis por el mismo cargo; la “Princesa Yamal” por delitos contra la salud y encubrimiento; por los mismo ilícitos el norteamericano y Castillo Carriles, y Pérez Radilla sólo por encubrimiento.

Roberto García Moll, director en ese entonces del Instituto Nacional de Antropología e Historia, informó que las 111 piezas se encontraban en buenas condiciones y que fueron recuperadas las más importantes: la máscara de jade del Dios Murciélago y la vasija de obsidiana con forma de mono.

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Uno de los expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia restaura la máscara del “Dios Murciélago”, que se despegó por falta del mantenimiento y manejo inadecuado.

De vuelta al hogar

Carlos Salinas de Gortari tenía seis meses como presidente cuando el robo fue resuelto. De acuerdo con la información publicada en EL UNIVERSAL, al principio de su sexenio, el mandatario dio indicaciones a la Procuraduría para que pusiera todo su esfuerzo en recuperar todo lo robado. Mes con mes el mandatario era informado del curso de las investigaciones.

Por eso, cuando las piezas robadas fueron regresadas a sus vitrinas en el museo, 1629 días y noches después de su desaparición, Salinas de Gortari encabezó el solemne evento al que asistieron políticos y personajes distinguidos de la cultura, entre ellos el escritor Gabriel García Márquez, quien incluso declaró sentirse tan intrigado con todo el caso que dijo que en ese mismo momento escribiría una novela.

“Vine como novelista, atraído por el misterio, por saber qué pasó con estas joyas, cómo fue que estuvieron en un closet, con su historia, con su magia… por el empeño puesto en tal acción por los elementos del cuerpo de investigadores de la dependencia”, dijo el novelista según refiere la crónica del evento publicada el 15 de junio de 1989 en EL UNIVERSAL.

Así, a las 12:45 del miércoles 14 de junio de retorno, con su historia, su leyenda, tras el viaje misterioso, reposaron de nuevo en el museo las piezas, las huellas de nuestro pasado. Y con un aplauso estruendoso y largo se signó la restitución del tesoro de nuevo en su hogar.

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Así publicó EL UNIVERSAL la cobertura del regreso de las piezas al Museo Nacional de Antropología.

La crónica del evento relataba que más tarde, Salinas de Gortari tuvo una idea espontánea: “Vamos a comer al Prendes”. Invitó a José Córdoba y a Otto Granados; pidió que la hablasen a Manuel Camacho para que se les uniera.

Sería una inesperada forma de celebrar algo que sin duda tenía contento al mandatario. Minutos después de las tres de la tarde, el presidente y sus acompañantes llegaron al célebre restaurante. No tenían reservación, pero les encontraron una mesa junto a los murales de Castellanos y Alegre, junto a los rostros de Novo, Malraux, Usigli, Torres Bodet, Traven, Ruiz Cortines, Azcárraga —el grande— Portes Gil y Díaz Ordaz.

Fue el capitán de meseros José Nava Tavares quien tomó la orden: sopa de cola de res, huachinango a la veracruzana, pastel de manzana y refresco para el jefe del ejecutivo.

Así, mientras el jefe del ejecutivo, los miembros de su gabinete y los diversos invitados abandonaron el museo y celebraban, allá entre el mármol y el tezontle quedaron los visitantes de todos los días y en la pequeña sala en nichos rigurosamente vigilados, un tesoro y su misterio reposaron de nuevo en las sombras del museo.

Fotos antiguas: Archivo fotográfico EL UNIVERSAL.

Fuentes: Archivo hemerográfico de EL UNIVERSAL y EL GRÁFICO, y libro de “La crónica de las investigaciones del robo al Museo Nacional de Antropología”, publicado por la SEP, INAH y PGR.

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