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De los cargadores en carreta a los camiones de mudanzas

Antes, los hombres rentaban sus fuerzas para trasladar muebles de una casa a otra. A través de una camilla de madera transportaban las pertenencias; después, surgieron las carretas movidas por caballos. Ahora, los camiones son los más usados
24/02/2017
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Texto: Magalli Delgadillo
Fotografías actuales:
Archivo EL UNIVERSAL
Diseño web: Miguel Ángel Garnica

Compara el antes y después deslizando la barra central (ABRIR MÁS GRANDE)

Don "Chon" era descrito como un hombre fuerte: con músculos desarrollados, conocía los horarios “pico” y los lugares complicados para circular en la caótica Ciudad de México de 1920. Además, contaba con dos características que todos los mudanceros debían tener: discreción y honradez.

Los antecesores de los cargadores fueron los mecapaleros. Estos hombres se encargaban de transportar, a distancias largas o cortas, muebles, utensilios de cocina, ropa el perico y hasta la abuelita. A los objetos e incluso, a las personas, las sujetaban con un mecapal — una faja con dos cuerdas—, de ahí el mote a quienes se dedicaban a este oficio. Cuando estos hombres trabajaban, no había caminos y tenían que ingeniárselas para llevar las cosas de un lugar a otros con un equilibrio y fuerza sorprendente. 

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Cuando surgieron los mudanceros (manuales) —realizadores del pesado y eficaz sistema— solían ser clasificados en dos tipos: “cargadores de número” y quienes no eran considerados dentro de este sector. Los primeros, de acuerdo con EL UNIVERSAL ILUSTRADO, tenían las siguientes características: a diferencia de los segundos, eran considerados lo más honorables (incluso contaban con papeles como prueba de su buena reputación), por 25 centavos llevaban cartas amorosas, ramos de flores y, de vez en cuando, algunas órdenes más delicadas. “La discreción de un cargador de número equivalía a una gema preciosa”.

Por su parte, un trabajador común cobraba dos reales y medio menos, pero ellos se limitaban a trasladar los objetos a un empeño o puesto.

En la década de los 20, existían pocos autos en la capital mexicana. En 1924, había cerca de 32 mil 537 automóviles registrados en el país; seis años después, el número se elevó a 63 mil 73, de acuerdo con Pablo Piccato, autor del libro Ciudad de sospechosos. Crimen en la Ciudad de México 1900-1931.

Por lo tanto, estos hombres tenían otras técnicas para realizar las mudanzas, gracias a las parihuelas —dos barras de madera con una tabla atravesada y herramienta con antecedentes prehispánicos ya que se empleaba para transportar a tlatoanis—. Esto funcionaba de la siguiente manera: un par de personas sujetaban las dos vigas y transportaban objetos. No era lo más cómodo para quienes ejercían esta labor. Aquí también se requería de fuerza y equilibrio.

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Imagen de los antiguos mudanceros en la Ciudad de México en 1920. Su trabajo resultaba ser pesado, pero con  la ventaja de hacer ejercicio mientras laboraban.

La crónica de EL UNIVERSAL ILUSTRADO, nombrada “De la parihuela al camión”, relata un día de trabajo con el señor “Chon”, conocido como el ingeniero del “mecate”. Ese día, tenía el cometido de cambiar de casa a las Sánchez.

¡La labor debía comenzar! El primer paso, para don “Chon”, era darle un “vistazo” a los objetos por transportar. Los estudiaba con cuidado. Quizá en su mente imaginaba una especie de “Tetris”, donde se intenta acomodar piezas de diferentes formas sin dejar espacios vacíos. 

Dos días después de realizar algunas preguntas, don “Chon” hacía una segunda visita  y volvía a observar la cantidad de objetos en la casa. Se presentaba con su placa de bronce —como identificación— para cerrar el trato. En este caso volvió con las Sánchez:

—Bueno, ¿cuánto nos va a llevar?

—Veremos — (…) Se quedó pensativo; echó sus cálculos; contó con los dedos; preguntó por los objetos pesados; se puso triste ante el piano; se informó de las calles que tenía que recorrer (…); por lo regular,  alegaba si era época de lluvia o sol.

Después de tanto ritual, dio su dictamen: “‘Pos’ voy a consultar con los compañeros y mañana le diré”.

Así, don “Chon” se dirigió a la taberna “Los cuatro soles”. Ahí intercambió opiniones con sus compañeros y les preguntó si contaría con ellos para el trabajo o si les convenía.

Por fin, habían llegado a un acuerdo: necesitaría 10 parihuelas, 15 viajes y no se harían responsables por los objetos que resultaran rotos; también la familia, integrada por mujeres, comprarían el mecate necesario. ¿El pago? 10 pesos y las “aguas” (propinas).

¡Llegó el día del trabajo! Debía aprovechar cada espacio al máximo para realizar un excelente acomodo de estos elementos de transporte. La labor de don “Chon” era dirigir y organizar a los hombres.

“Cuando el sudor perlaba sus brocíneas frentes, los cargadores (dejaban el cargamento en plena calle) se detenían en la puerta de una pulquería” y se refrescaban con algunos tragos de la fermentada bebida.

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Los hombres descansaban entre vuelta y vuelta. Tomaban un poco de pulque y seguían con el trabajo.

Los hombres colocaban en cada camilla de madera los objetos de las Sánchez. Sin embargo, eso comenzaba a convertirse en un verdadero desastre, pues durante este proceso “se rompía un espejo; se hacían pedazos algunos platos y pozuelos. Después de ocho días de terribles andanzas y de sufrimientos sin igual, las Sánchez se habían trasladados de la calle Ancha al callejón del Órgano”, de acuerdo con el texto.

El trabajo había sido concluido. Llegó la hora de la repartición de las “aguas”. Este instante solía convertirse en un momento de tremendas discusiones, pues se platica que hasta no obtener un real, los trabajadores no quedaban conformes con la distribución.

El transporte se modernizó y las parihuelas, usadas hasta la década de los 60, se sustituyeron por carros de cuatro ruedas movidas por caballos o mulas y, posteriormente, algo llegó para quedarse: el automóvil, el cual utilizaba gasolina.

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 EL UNIVERSAL ILUSTRADO anunciaba, en la década de los 20, a la agencia de mudanzas Francisco Goli y através de los anuncios se vieron los cambios en el traslado de partencias: a través de carretas movidas por mulas o caballos y después por carros.

Actualmente, de acuerdo con la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, existen cuatro tipos de compañías dedicadas a las mudanzas: las microempresas, llamados hombres-camión, quienes son propietarios de 1 a 5 vehículos; las pequeñas empresas, dueños de  entre 6 y 30 unidades; las medianas, propietarias de 31 a 100 vehículos y, finalmente, las grandes, la cuales cuentan con más de 100 unidades.

Además, en 2015, dicha secretaría tenía registrada 109 mil 890 empresas dedicadas a este servicio y 206 mil 416 vehículos dedicados a esta actividad en México.

Los precios actuales no se fijan por una lista oficial, sino depende de la oferta y demanda, además de los precios de cada empresa. De acuerdo con la publicación “Radiografía de los servicios” de Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO), los trabajos a realizar por los hombres-camión son los siguientes: desmontaje, empaquetado, carga, traslado y de nuevo, carga, desempaquetado y montaje.

Sin embargo, las empresas brindan un servicio clasificado, dependiendo de las actividades realizadas: completa, media económica y súper económica (incluye sólo al traslado). Respecto al precio, también es variable, pues en la Ciudad de México, una mudanza puede costar de 400 hasta 12 mil pesos, dependiendo de los servicios y distancia.

Incluso, se puede contratar un servicio en línea en diferentes portales. Por ejemplo, Uship o  habitissimo, entre otros, es una plataforma donde el cliente recibe cotizaciones gratuitas. Al seleccionar este servicio, se debe elegir la categoría de artículos a trasladar: “artículos de hogar”, “mudanza de hogar y oficina”, “vehículos”, “botes”, “maquinaria pesada”, “mercancías industriales”, “mascotas”, “productos alimenticios y agrícolas”.

Posteriormente, el usuario realiza una lista de los objetos con las características básicas (largo, ancho, alto y peso) para calcular el espacio y de acuerdo a ello, se calcula el precio. Si se necesita cuidado especial o envoltura con mantas, se tiene que especificar, pues el precio incrementa. Don “Chon” ya no tendría que haber visitado la casa para ver los artículos a transportar. 

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EL UNIVERSAL ILUSTRADO concluye: “Ahora, (…) esos antiestéticos barracones tirados por cuatro anémicas mulas, tenemos soberbios y flamantes camiones que en un decir “¡Jesús!” trasladan un domicilio de la colonia San Rafael a Peralvillo o de Peralvillo a la colonia Roma: todo en un suspiro”.

Es cierto, los “ingenieros del mecate”, hombres de calzoncillos, blusa y placa se han transformado en ayudantes con uniformes. Ahora, ya no tratan de equilibrar el peso de las cosas en las parihuelas, sino los objetos son transportados en sofisticados camiones. Sin embargo, a la hora de trasladar las cosas del móvil a la casa, los hombres siguen sufriendo y poniendo en práctica su fuerza y equilibrio.

Fotografías antiguas: Archivo EL UNIVERSAL y colección Carlos Villasana-Torres.
Fuentes: Archivo EL UNIVERSAL ILUSTRADO. Datos de Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO) y Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Portales de internet Uship o habitissimo.