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Cuando los policías eran respetados

¿Se imagina usted entregando regalos a los policías de tránsito? Eso se hacía en los años 50 y 60 en la Ciudad de México, como muestra de respeto y gratitud hacia los uniformados. Algunos agentes de tránsito todavía recuerdan ese reconocimiento perdido
05/03/2016
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Texto: Xochiketzalli Rosas
Foto actual: Paola Juárez 

Compara el antes y el después deslizando la barra central (ABRIR MÁS GRANDE)

Como una ola gigante e imparable la gente cruza Eje Central a la altura de la Torre Latinoamericana. En la esquina hay un agente de tránsito disfrazado de minion: una gabardina plástica de color amarillo lo cubre de pies a cabeza y lo protege de la lluvia. Con el pitillo de su silbato intenta encausar aquel torrente de gente, mientras el claxon de los automovilistas vigilantes se convierte en una sola exigencia: que la luz roja del semáforo cambié a verde. 

Ni los peatones, ni los automovilistas, ni los ciclistas de ese crucero le prestan atención a la indicación de cuidado por el carril en contraflujo del trolebús. El sonido del silbato y de sus instrucciones se pierde con el viento.  

Nada es como solía ser, dice de espaldas a la cámara de vigilancia colgada de un poste. “Ya no hay cultura cívica. La relación que tenemos con la gente en auto y a pie está viciada. No hay respeto, a veces, de ninguna parte”, sentencia a la par que orienta a un par de mujeres sobre la ubicación de una calle. 

Mira la foto que le mostramos y que data de los años 70. Está parado exactamente en la misma esquina que aparece en la imagen, donde un agente de tránsito ―con un uniforme color café, razón por la que los apodaron “tamarindos”― apenas lanza indicaciones y a sus espaldas un cúmulo de regalos lo acompañan: un lata de salsa casera Herdez, dos botellas de vidrio de Coca Cola y un refrigerador con la leyenda: “Un presente de Mabe al agente de tránsito”. 

―Todo esto ya no me tocó ―dice el agente nostálgico―. A mí compañero, que lleva mucho más tiempo que yo (él lleva nueve años siendo agente), todavía le tocó eso de los regalos de la gente y él fue quien me contó. ¡Uh, aquellos años! Él si añora eso ―dice y señala al hombre de edad avanzada en la otra esquina, que con el brazo trata de apurar a los peatones. 

Y es que aunque parezca un absurdo hubo una época en la que los automovilistas y peatones les hacían obsequios a los agentes de tránsito (quizá aún no estaba tan desarrollada la corrupción o no existían las famosas mordidas): cartones con huevo, refrescos, sidras, botellas de vino, bolsas de nylon con frutas, pequeñas despensas, calendarios, paquetes con galletas, charolas, vasos, discos musicales, cigarros, bolsas de café, azúcar, jabones, canastas navideñas, sillas de mimbre, electrodomésticos y algunos pesos. No había crucero de la ciudad que no estuviera adornado con los numerosos regalos para los servidores públicos. 

Esta tradición inició el 22 de diciembre de 1949. La idea fue lanzada por la Asociación Mexicana de Automovilística, que consideraba al agente como “un valioso guardián de la seguridad de los automovilistas y de los peatones, porque su trabajo contribuyó a que se registraran menos accidentes”, se lee en la circular publicada en aquel año. Así, esa fecha era la indicada para celebrar el Día del Agente de Tránsito y se exhortaba a la población a que se dirigiera desde su automóvil o a pie al banquillo que aquellos ocupaban para entregarles sus regalos, bien fuera dinero u objetos. No sin antes advertir a los capitalinos que tuvieran en  cuenta que los agentes trabajan en dos turnos a fin de que todos recibieran su regalo. 

Por eso, desde temprana hora camiones repartidores de las fábricas de refrescos y cervezas eran los primeros en entregar, de esquina en esquina, a los reguladores de tránsito cajas con sus productos. 

“Estoy seguro que si nos dan regalos y dinero es porque nuestra labor social vale, sino no se nos tomaría en cuenta”, se lee el testimonio de un agente fotografiado para la nota de EL UIVERSAL, publicada el 23 de diciembre de 1970. 

―¿De verdad eso pasaba? ―expresa una de las agentes de tránsito en el mismo crucero al mirar atónita la imagen―. ¡No puedo creerlo!

―Ahora la gente ya no lo hace porque dicen: “cómo le voy apremiar a alguien incompetente”. Así nos consideran. Con el nuevo reglamento de tránsito más. Y puede haber injusticia de nuestra parte como de ellos con nosotros. Lo cierto es que también nosotros tenemos un agente que vigila lo que hacemos; por eso siempre hay abuso de poder de todos lados. Trabajamos turnos de 24 horas y pues la economía sí nos ha llevado a la corrupción. La relación ya está muy viciada. La gente ya no espera nada de nosotros ni nosotros de ellos ―explica el agente de la gabardina amarilla.

Pero a todo esto, ¿sabes cuándo surgieron los primeros “tamarindos” en la ciudad? Pues fue después de Revolución, en 1918. En aquellos años no existían problemas de tránsito, o al menos ninguno que preocupara profundamente a las autoridades. Según un reportaje publicado en EL UNIVERSAL en 1928, en la capital del país había una quietud casi provinciana. Solamente circulaban solemnes y pausados los landós (carruajes) de la época porfiriana y las humildes calandrias. Apenas los automóviles empezaban a generalizarse, lo mismo que los camiones de pasajeros. Con todo eso los peatones cruzaban tranquilamente las calles más céntricas. 

Sin embargo, en 1921, por el  aumento progresivo de los vehículos y ante la necesidad de garantizar debidamente la vida de los peatones se estableció el primer servicio de agentes de tráfico en la capital. De esta manera, la seguridad para atravesar las avenidas la proporcionaban los agentes de tránsito que, inmóviles en los cruceros, dirigían con destreza las corrientes del movimiento. 

Los primeros agentes de tráfico eran muy pocos y se encontraban únicamente distribuidos en el radio central de la metrópoli, y, por excepción, en algunos cruceros de otras calles y avenidas en donde el movimiento de vehículos comenzaba a intensificarse. Los agentes no se encontraban uniformados, estaban vestidos de paisano o con un simple traje kaki, que les daba una semejanza de soldados. Para dar las señales usaban semáforos de cartulinas que, marcando el alto y el adelante, regularizaban el tráfico de aquella nuestra urbe.


Los primeros policías de tránsito con un letrero que dice: “Con señales de adelante los vehículos podrán voltear a la derecha”. Foto de EL UNIVERSAL ILUSTRADO publicada en 1928


Otro policía dirigiendo el tránsito de carretas. Foto reportaje de EL UNIVERSAL ILUSTRADO publicado el 30 de agosto de 1928

Fue en 1922 cuando el servicio comenzó a dotarlos de un uniforme que los diferenciara de la generalidad. Y en 1930 se colocaron en algunos cruceros del centro de la ciudad los primeros indicadores de señalamientos de tránsito (semáforos). Eran manuales y los operaba un agente moviendo una palanca para los letreros de alto o siga. El primero se instaló en Av. Juárez y San Juan de Letrán. Hasta 1932 fueron sustituidos por los eléctricos. 

Pero fue hasta la década de los 50 que apareció el Departamento de Tránsito y con él las calles se inundaron de los “tamarindos” controlando el tráfico bajo el sol y la lluvia. 


Instantánea de diciembre de 1963, donde una señora charla amistosamente con el policía de tránsito de un crucero capitalino, al tiempo que uno de sus hijos le entrega un regalo navideño en reconocimiento a su labor y que se sumará a los que ya tiene apilados en la base de su puesto de control. Imagen cortesía de Bob Schalkwijk

 

Foto antigua en Bellas Artes: Archivo fotográfico de EL UNIVERSAL. Antiguas de otros cruceros: Colección Carlos Villasana-Torres.

 

Fuentes: Policías de tránsito del crucero Bellas Artes. EL UNIVERSAL ILUSTRADO, 30 de agosto de 1928 y Hemeroteca de EL UNIVERSAL.

 

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