Ninguna realidad, entre las muchas que están planteadas ahora mismo a los dirigentes de la oposición democrática venezolana, es tan desafiante como lograr una comprensión de lo que está ocurriendo en lo que queda del chavismo. No me refiero, por supuesto, a la cúpula asesina, corrupta y cada vez más comprometida con el narcotráfico, sino a los ciudadanos decentes que pusieron sus expectativas en las promesas del régimen y que hoy experimentan el que debe ser el más enrarecido de los desencantos.

Una parte de ese reducto chavista está incorporado a la lucha en contra del régimen, en todas partes del país. De forma abierta o solapada, con temor o resolución, salen de sus casas y participan en las protestas. Esto viene ocurriendo, no sólo en Caracas, sino también en Mérida, Táchira, Falcón, Bolívar, Monagas, Anzoátegui y Sucre. Jóvenes que fueron militantes del PSUV, forman parte hoy de la primera línea de marchas y protestas de calle. Este es el sector que ha concluido que Maduro y su banda, deben salir de inmediato del gobierno, para dar paso a un nuevo estado de cosas. Aunque lamentan el engaño del que fueron víctimas, predomina la determinación de no esperar más y apostar al cambio de gobierno. Como la mayoría del país están en las calles y se aprestan a celebrar el derrumbamiento del régimen.

Pero hay otro grupo, cada día más minoritario, difícil de retratar en pocas líneas. Su desencanto es, probablemente, el más profundo. Son personas que, con variantes intelectuales o sentimentales o una mezcla de ambas cosas, con mayor o menor formación, adoptaron el sueño de la revolución bolivariana. Durante años creyeron en las cosas que les decían. Asumieron las promesas. Muchos, a su vez, convencidos del mensaje que habían recibido, se dedicaron en sus comunidades a hacer proselitismo, a repetir las cosas que escuchaban. Eran los activistas que armaban grupos para ir a las concentraciones; que organizaban a los electores para conducirlos a los centros de votación; son los que se inscribieron en el PSUV, las misiones, las UBCH, los que firmaron documentos en contra del imperialismo, los que adoptaron el color rojo como vestimenta y como forma de ver el mundo. Los ilusos venezolanos, comunes a todas las revoluciones y a todos sus fracasos.

El desencanto de esos sectores de la sociedad es de una profundidad incalculable. Se manifiesta de muchas formas: han dejado de ir a votar, no asisten a reuniones, no movilizan a nadie. Son trabajadores, líderes en sus barrios, funcionarios de la administración pública, docentes, trabajadores de la salud y más.

En cierto sentido, tienen información privilegiada: son testigos de la corrupción, de la persecución, del uso de instalaciones del Estado para el narcotráfico y para el lucro de un grupo de personas y familias. Imagínese el lector, solo esto: lo que saben las personas —en su mayoría, mujeres— que se han desempeñado en tareas de asistencia y secretaría de ministros, viceministros, directores generales, presidentes de las empresas públicas y demás altos cargos: de ellas se llenaran los tribunales en calidad de testigos.

Una parte de esa minoría ha dejado de hacer silencio. Participa en debates, denuncia al régimen, expresa su desengaño, observa con horror la represión, se opone a la trampa de la Constituyente. Asombra la dureza, la fuerza y la calidad argumental con que se formulan las críticas. Tienen ese especial poderío de las denuncias que se formulan desde adentro, de los que conocen cómo se fraguó y se ejecutó, el engaño y el robo.

Algunas de esas controversias se están produciendo ahora mismo en las redes sociales. Son numerosas y los enfoques variados. Están los que no le otorgan ya ninguna posibilidad al gobierno de Maduro y proclaman que debe irse de una vez. También, la que parece una minoría dentro de la minoría, que exige un cambio: que cese la represión, se convoquen las elecciones y se castigue a los que han violado la ley y los derechos humanos. En otras palabras: todavía hay un pequeñísimo grupo que espera que el gobierno cambie, que corrija sus actuaciones.

A menudo, los críticos reconocen que los afectos al régimen son una minoría. Cada vez son menos numerosos los que culpan al imperio o a la derecha. Hay unanimidad en esto: el principal responsable de lo que está ocurriendo es Maduro y su corte de incompetentes. Nadie guarda dudas sobre cuáles son los verdaderos intereses de la cúpula: robar y permanecer en el poder al costo que sea. Es frecuente leer y escuchar palabras cargadas de desconfianza y desprecio hacia el alto gobierno.

Quien haga una revisión de lo que está ocurriendo en las redes sociales, se percatará de que predomina el mismo deseo de cambio que en la mayoría del país, que hay hartazgo hacia el actual estado de cosas, que se ha consolidado una conclusión: la revolución bolivariana no ha sido más que un terrible engaño y un fracaso de dimensiones portentosas.

Presidente editor del diario El Nacional de Venezuela

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